20 Jul 2021 - 2:04 p. m.

Nuestra comida ajena

Aunque los ciudadanos de a pie no podemos escoger el contenido de asuntos como el Estatuto Tributario o el Código Nacional de Tránsito Terrestre, sí tenemos todo el poder sobre uno de los actos más políticos de todos: lo que comemos.

María José París

Ir a un supermercado, a una plaza o pedir a través de una app mercado es tan cotidiano, que no somos conscientes del poder político de los alimentos que compramos. ¿Por qué? Porque solo pedimos y pagamos sin preguntarnos de dónde vienen, cómo se producen, quién los produce y cómo se transportan. En cada uno de esos escenarios, en la trazabilidad, hay un entramado de asuntos políticos, sociales, ambientales y económicos tan importantes que llegan a definir las relaciones internacionales del país.

Colombia es una nación con una localización tan privilegiada en el planeta, que le permite tener un autoabastecimiento de comida todo el año, además está rodeada por dos océanos y en su interior hay más de 50 ríos.

Su geomorfología está conformada por cinco pisos térmicos y dentro de sus fronteras se puede cultivar una variedad increíble de productos. En un mismo día se pueden cosechar palmitos en Putumayo y plátano en Saravena, piña en Monterrey, plátano en Fresno, aguacate en Guaduas, espinaca en Madrid, duraznos en Nuevo Colón, arveja en Subachoque y cacao en Caquetá. Esta situación nos define como una despensa agrícola.

Entonces, ¿por qué es importado el 90 % del trigo, el 90 % de la soya, el 70 % del maíz y el 100 % de los garbanzos y de las lentejas? ¿Por qué todas las lentejas que comemos son importadas?

Una de las razones es por los tratados de libre de comercio, aunque la historia es más vieja. Se remonta a los años 60, al “zar de los granos”, cuando el señor Juan Jesús Piraquive construyó una fortuna enorme gracias a la importación de 150.000 toneladas anuales de lentejas, garbanzos, arveja seca y alpiste; luego, en los años 90, la apertura económica terminó de rematar la producción nacional de las leguminosas nacionales.

Tibaná, en Boyacá, fue famoso por ser un municipio productor de lentejas, pero la poscosecha se hacía sobre plásticos secando los granos al sol, pero muchos granos se manchaban y otros quedaban blanditos, se vendían mal en el mercado y el esfuerzo se perdía. Para lograr un buen precio se necesita buena poscosecha, con maquinaria costosa de millones de dólares, pero que seca bien. Competir contra las lentejas limpias y económicas que llegan de Canadá y Estados Unidos es una pelea que los agricultores boyacenses no están dispuestos ni pueden dar.

Las políticas agrícolas enfocan la mayoría de sus esfuerzos en la exportación. Este año la atención ha estado en convertir al país en una potencia exportadora de aguacate hass, y mientras tanto las panaderías trabajan con harina de trigo canadiense, comemos manzanas verdes de Chile y el pescado blanco más común es el filete de basa de Vietnam que se adoba con ajo de China.

El campo colombiano para el consumo nacional no ha sido una prioridad durante muchos gobiernos, pero si se apoyara, se estaría trabajando para mejorar los ingresos de los campesinos y no para los exportadores, además se trabajaría para la seguridad alimentaria de la población. Colombia necesita productores empoderados, con maquinaria, bilingües, con tractor y con conocimiento en contabilidad y Excel.

El Gobierno no es el único responsable, también es un tema cultural. Las ciencias agropecuarias tienen que dejar de ser consideradas como disciplinas de segunda categoría y ser tan prestigiosas como las ingenierías, economía y medicina. Por ejemplo, MIT, Oxford, Cornell y la Universidad Hebrea de Israel tienen departamentos de agricultura que apoyan y acompañan la investigación y el desarrollo de sus países para convertirlos en potencias agrícolas, hasta el punto de inundar los mercados del mundo con sus cosechas y Bill Gates se convirtió en el mayor agricultor de Estados Unidos, pero en Colombia las universidades privadas más prestigiosas no tienen departamentos de agronomía. La Universidad Nacional, sí.

¿Pero qué podemos hacer? Cuestionar y escoger qué vamos a comprar. Mirar la trazabilidad. Comprar un producto nacional activa la industria colombiana y elimina kilómetros de huella de carbono, es un tema ambiental. Aunque no parece, no hay acto más político que la inocente comida.

Directora ejecutiva de Biótico SAS. *

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