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Nueve orejas, un indulto

Triunfo total de la ganadería de Ernesto Gutiérrez en la Plaza Pepe Cáceres de Manizales.

Alfredo Molano Bravo / Enviado especial a Manizales
08 de enero de 2011 - 10:00 p. m.

Se rompió la regla: la expectativa era grande y no fue defraudada. El hierro de Ernesto Gutiérrez y los matadores cumplieron a ley con la afición: indultado el sexto, Rabalenguas, de 538 kilos; vuelta al ruedo a Cortesano, de 492 kilos; dos orejas para Juan Mora, quien reaparecía en Manizales después de una década de ausencia; cuatro orejas para El Cid, tres para Luis Bolívar. Y para completar, ni amagos de lluvia. Una tarde redonda, sin duda, histórica para la afición de una de las plazas más entendidas de América.

Juan Mora fue contratado para la Feria de Manizales cuando ya casi nadie hablaba del gran torero de Plasencia y antes de las tres orejas ganadas en la Plaza de Las Ventas de Madrid el pasado otoño. Juan Carlos Gómez, el empresario de la Plaza Pepe Cáceres, tuvo el acierto —o la intuición—. Juan, como le dicen sus seguidores, es un hombre sencillo que reaparece después de 28 años de alternativa y con 48 de edad. En la rueda de prensa antes de la corrida había dicho con timidez: yo hablo con la muleta y escribo en la arena. Fue lo que hizo el viernes pasado. Si el toreo es lentitud, Juan Mora toreó y toreó a fondo y desde el fondo. Tacañito, su primero, no lo fue en embestidas. Salió a pelear. Fue bravo y noble. Se repetía. Verónicas eternas y suaves a pie junto con una docilidad maravillosa. Juan lo llevaba donde era y el torito volvía al capote llevado por un hilo de plata. Con la muleta lo toreó por lo bajo, abandonado, como regándose sobre el animal. Vivan los toreros valientes, gritaron desde sol. Juan no oía. Estaba en su sitio, dentro de sí. Citó de largo al natural porque Tacañito era codicioso por su cuerno izquierdo y pasaba en redondo sintiéndose retado con la pierna izquierda de Juan, que no movía para volver a provocar otra embestida. Fue una faena justa y por lo justa, corta. Había salido con la espada de verdad, como ya no se hace. No acertó. Un ay lacónico y triste recorrió la plaza. Tuvo que descabellar. Perdió las dos orejas porque tampoco con el verduguillo mató en el primer intento. Gracias, Juan, se leyó en una sabana que extendieron en un tendido. Se aplaudió a Tacañito en el arrastre.

En su segundo, Quimbaya, con 456 kilos, un poco andariego, Juan Mora hizo lo mismo: verónicas de mano baja y pies inmóviles. Tres, cuatro, o cien. Con una sola hubiera bastado por lo esencial, por lo sencilla, por lo fina. Quimbaya no era igual a su hermano, era algo brusco y le costó al torero más trabajo acompasarlo y cuando rompió pudo citarlo de lejos para embarcarlo por naturales y naturales que terminaban donde comenzaban. También lo hizo con la derecha, peinando la arena con la muleta. Mató con una bien colocada de tres cuartos y la plaza —su plaza— pidió las dos orejas y aplaudió de nuevo en el arrastre al toro de don Miguel. Desde la barrera alguien le dijo así como conversando: Juan, vuelve cuando quieras.

El Cid no había tenido suerte en Cali pese a que hizo lo imposible con los toros de César Rincón, a quien en Manizales dedicó su segundo, tras haberle cortado dos orejas a su primero. Cortesano, un toro de media tonelada que remató en los burladeros y entró con fuerza al caballo. Citó en los medios con la muleta a distancia y toreó con parsimonia y hondura. Miraba al público de vez en cuando, dedicándole pases y pases como si estuviera toreando de salón. Con la derecha para rematar con el de pecho, ceñidísimo. Citó de frente al natural bajando la mano y cargando la suerte mientras miraba a las graderías. Lo hizo varias veces, agradecido y temerario, casi con desfachatez porque el toro fue noble y bravo. La estocada parecía definitiva, pero Cortesano se mantenía en pie. El Cid le saco la espada desarmado, lo consintió, le acaricio el testuz, una larga ceremonia de adioses. Dos orejas. La plaza premia a Cortesano con vuelta al ruedo.

Zapatero fue el segundo de El Cid. Todos los apoderados le habían echado el ojo en el sorteo. Bello, grande, fuerte, con 526 kilos y cinco años. Verónicas rematadas con una media sublime. Después de banderillas se queda, y permite a El Cid mostrar su lidiador. Va levantándole el ánimo y sacándole la casta hasta ponerlo a comer en la mano. Le da el tiempo que el toro necesita para sacarle pases largos, claros, “líquidos”, llaman los entendidos. Apuesta la femoral como la cosa más natural. Espadazo fulminante, dos orejas.

Difícil se la dejaron a un Bolívar recuperado en Cali del mal momento de sus últimos tiempos —sufría de una especie de abulia torera—. Alegre salió Soplador. De rodillas con una larga lo recibió Bolívar. El torito se paró y lo enganchó por chaquetilla. Sin amilanarse ni ceder al miedo el torero logró lances limpios. En un quite por chicuelinas lo volvió a levantar y le destrozó la taleguilla. Nada, Bolívar no cedía y pese al peligro le robó una gran faena de muleta. Petición de oreja, que la presidencia concedió.

Luis Bolívar se desquita en su segundo con dos largas de rodillas. Lo cita en los medios con una invertida por detrás muy torera que pone de pie la plaza y los oles se repiten en los derechazos y en los naturales. El toro se prenda de la muleta suave y acompasada de Bolívar que lo lleva, lo trae, lo para, lo llama, lo cita, lo torea. Y los oles rompen una y otra vez. Y otra vez. Trabalenguas se repetía como un ovejo. Bolívar clavó la espada en la arena pidiendo indulto. La afición lo exigía. La presidencia la otorgó. El matador, que no lo fue en esta faena, llevó su toro hasta la puerta por donde Rabalenguas había salido. Atronador aplauso.

Apoteosis a los matadores. Y a don Miguel, el ganadero de Ernesto Gutiérrez que en un rasgo de honradez no quiso ser sacado en hombros por la puerta grande. Su oficio es criar toros bravos y nobles. Nada más ni nada menos.

Por Alfredo Molano Bravo / Enviado especial a Manizales

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