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Optimista que es uno…

El insigne director de El Espectador y una de sus recordadas columnas sobre por qué ser “optimistas realistas” en un país pesimista.

Guillermo Cano Isaza*
30 de mayo de 2021 - 09:00 a. m.
face on Colombia flag protest concept
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Foto: Getty Images/iStockphoto - djvstock

Un día de la semana que ya pasó me dije: ¿y por qué no puedo ser optimista? Y decidí ser optimista ese día. Abrí las cortinas y me encontré con un cielo azul limpio, limpísimo, a la bogotana, como tal vez no exista ni tan azul, ni tan limpio en el mundo entero. “Acerté”, me dije para mis adentros. “Es un día para el optimismo. De esta manera las admoniciones de lo alto y de lo menos alto que nos censuran por ser pesimistas se quedaran sin argumentos para censurarnos. ¡Arriba el optimismo!”. Y me levanté ese día, desgraciadamente no recuerdo si con la pierna izquierda por delante o con la derecha, como tampoco estoy seguro con cuál de las dos piernas debe uno levantarse cualquier día en este país para que desde el principio hasta el fin de la jornada todo responda al optimismo inicial.

Lo cierto es que mientras me afeitaba pensé: “El tanque del gas ya debió llegar. Lo pagué religiosamente hace dos meses a la tarifa reajustada. Luego el agua debe estar caliente”. Optimista que es uno… Cuando abrí la ducha, el agua estaba helada. El gas no llegaba, pero no me iba a dejar llevar del pesimismo por tan poca cosa. Los malos servicios bien pagados, en este país, en esta ciudad, existen. Pero aun siendo verdad que existen, me negaba a permitir, ese día, que los censores volvieran a decir: “Pesimista que es el tipo”.

Y desayuné con té frío y huevos pasados por agua fría porque se había suspendido precisamente ese día, como en otros anteriores y exactamente cuando llegaba muy cumplido el recibo de cobro, carísimo, por una energía prestada intermitentemente debido a “ampliaciones en las redes urbanas”. Pero como me negaba a ser pesimista, abordé el automóvil seguro de que, a pesar de la gasolina aguada y sucia que venden en las bombas, tendría la suerte de arrancar sin problemas hacia la “Avenida de los Trancones”. El “automóvil popular”, que logré adquirir por más de tres centenares de miles de pesos, no prendió. Hubo que hacer toda clase de maniobras hasta cuando logramos que arrancara, tosiendo más que un fumador intoxicado. ¿Podía ser optimista o debía ser pesimista? Comenzaba a ser menos de lo primero, pero aún me resistía a ser más de lo segundo.

Fue entonces cuando conduje el semiahogado carricoche hacia la dizque avenida 68, la gran vía rápida del occidente, y me dije para fortalecer mi optimismo, porque el ambiente y los síntomas meteorológicos eran los mejores, que en la “Vía de los Trancones” no habría un solo trancón, los semáforos estarían funcionando y en los cruces de arterias arteriosclerosadas habría motos o motas o policía militar o policía de tránsito o patrulleros y que llegar al trabajo sería como ir por entre un tubo…

Optimista que es uno… Al primero, al segundo, al tercero, al cuarto cruce entre la arteria y las venas, todo era infartos circulatorios sin Clínica Shaio ni cardiólogos que los resolvieran. Hora y cuarenta y cinco minutos, cronometrada, para recorrer menos de siete kilómetros. Tiempo suficiente para llegar por carretera a Fusagasugá o a San Antonio de Tena. Obviamente descontando esa misma hora cuarenta y cinco minutos invertidos en superar trancones de la calle 100 al aeropuerto El Dorado, por ejemplo. Y el optimismo iba cayéndoseme a los pies, pero insistía en ser optimista…

Y mientras en uno de esos interminables trancones pensaba y me decía: “Bueno, gracias al Estatuto de Seguridad, obra maestra de este Gobierno, hoy no habrá raponazos, ni asaltos a bancos, ni mucho menos incursiones del M-19, ni del MAO, ni del FLN, porque el general Camacho Leyva ya acabó con todos”, prendí la radio: “M-19 acaba de asaltar el Museo de Duitama y ha atropellado y ofendido a monseñor Franco”. “Las Farc ocuparon el pueblito de…”, “FLN emboscó a una patrulla de las Fuerzas Armadas con saldo de cuatro muertos subversivos y doce uniformados”. Y apagué la radio, autocensurando mi pesimismo para abrirle paso al optimismo.

Cuando logré pasar los trancones me dije: “El ministro de Hacienda, García Parra, dice que todo funciona normalmente en el Ministerio. Necesito un paz y salvo urgente para diligencias notariales. Es el momento de pedirlo”. Y me fui a pedirlo, optimista que es uno, y encontré que las largas colas, desorganizadas y rodeadas de malos tratos, eran peores que antes del paro. Regresé frustrado, pero todavía optimista, a mi sede de trabajo… Se había perdido toda una mañana, pero todavía no todo el optimismo…

Cuando comenzó a llegar la tarde, los limpios cielos azules se fueron cubriendo de grises bogotanos amenazantes y llegó la tormenta… Y cuando llegaron las lluvias, los rayos y las centellas, se cubrieron de agua todas las vías de comunicación, mientras se reinundaban los barrios pobres y crecían los niveles de la desesperación y la miseria. Y las noticias telefónicas, hasta cuando hubo teléfonos funcionando —porque de un momento a otro se quedaron silenciosos— provenían de un optimismo oficial y oficialista que en nada coinciden con la realidad de lo que estaba pasando. En lo personal y en lo nacional.

Y fue entonces cuando me di cuenta de que ese día tampoco había por qué ser optimistas sino que, en caso de no ocurrir de alguna manera un cambio que nos permitiera ser optimistas realistas y no realistas pesimistas, era imposible encontrar entre la luz azul de un amanecer y un negro atardecer bogotano un cierto color de rosa para el mejor vivir de los colombianos. Por más que queremos ser optimistas, acabamos, agobiados por la realidad, siendo pesimistas…

Pesimista que es uno…

* (1925-1986) Texto publicado en este diario el 25 noviembre de 1979.

Por Guillermo Cano Isaza*

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