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Óscar Tulio Lizcano

Sus hijos se graduaron, su esposa se enfermó, varios sobrinos se casaron, nacieron seis sobrinos nietos y su amigo del alma murió asesinado. Fueron muchos los acontecimientos que se vivieron en la familia lizcano sin la presencia de Óscar tulio. Hoy, cuando celebramos su libertad, recordamos lo que ellos vivieron mientras él sufría el cautiverio.

Gloria Castrillón
31 de octubre de 2008 - 07:01 p. m.

Una esposa, dos hijos, seis hermanos y veinte sobrinos (seis sobrinos nietos que aún no lo conocen) han estado en vilo durante los últimos ocho años. Les costó mucho comprender que a pesar de la ausencia de su querido Óscar Tulio Lizcano, la vida seguía. No fue fácil volver a celebrar navidades, cumpleaños, grados, matrimonios, nacimientos y todos aquellos eventos que para las familias suelen significar abrazos, besos y sonrisas. Pero algunos lo hicieron.

Liliana Lizcano, hermana del político secuestrado, no pudo dejar de celebrar hace tres años el grado de su único hijo, Sebastián, un joven apuesto y brillante que cada año trae a casa menciones de honor como estudiante de Medicina del CES en Medellín. Tampoco dejó de participar en las marchas y misas al lado de las esposas de los 11 diputados del Valle secuestrados en 2002. En un rincón de su casa en Cali llevaba un desesperado recuento: sobre un gran recorte de prensa con las fotos de los civiles, militares y policías en poder de las Farc, iba “chuleando” los que quedaban en libertad. El “chulo” más grande, en color rojo, está sobre la foto de su hermano.

Elena, la hermana mayor, no pudo contener la alegría y la nostalgia el día en que su hija María Isabel se casó hace cinco años. Todos sus hermanos y sobrinos se hicieron presentes y aunque nunca fue una celebración completa, brindaron. Hoy Elena tiene una alegría mayor a su lado, su nieta Antonia de cuatro años, y se muere de ganas por presentársela a su hermano liberado.

Atrás quedaron los mensajes con música vieja y líricos boleros que cada día le enviaba por Caracol Manizales. Tal vez por ser la mayor, Elena se dedicó a poner al tanto a su hermano de los pormenores de las historias familiares. A través de ella se enteró de que su sobrino César Augusto se fue a Venezuela a buscar horizontes laborales como ingeniero industrial; que Yaneth, la hermana de Óscar Tulio y quien vive en Londres, celebró el matrimonio su hija Dayana, el nacimiento de sus cuatro nietos y el ingreso a la universidad de Álex, el menor de esa familia.

Luz Amparo, otra de las hermanas Lizcano, por fin podrá dejar en casa los audífonos con los que salía a la calle y seguramente se deshará de los radios que puso en cada rincón de la casa para no despegarse de las noticias. Lo que no hará todavía será descolgar las dos pancartas de bienvenida que tenía listas tres meses antes, cuando los rumores anunciaban la marcha de Óscar Tulio hacia la libertad.

Ella también tuvo que celebrar con un nudo en la garganta los grados de sus hijos: el de ingeniero industrial de Santiago, el de Catalina en Salud Ocupacional y el de Diseño de Modas de Ludiana. También el nacimiento de los tres nietos que le dieron sus hijos Paula Andrea y Juan David. A pesar de eso nunca dejó de ser una activista por la libertad de su hermano a través de los medios locales en Medellín.

Los hijos

Óscar Mauricio Lizcano tenía 24 años, era un alumno aplicado de la Universidad del Rosario y estaba a punto de graduarse de abogado cuando su padre fue secuestrado por las Farc, en agosto de 2000. Durante año y medio dilató su grado esperando a que su papá recobrara la libertad, pero la institución no le dio más plazo y tuvo que hacerlo en 2002. Ese mismo año Juan Carlos, su hermano menor, se graduó como bachiller. No hubo invitados, brindis ni comida. No celebraron.

A decir verdad, en su casa nunca volvieron a celebrar. Ni los cumpleaños ni los días del Padre o de la Madre. Mucho menos hubo navidades o año nuevos. La vida seguía pero de otra forma.

Se acostumbraron a tomar decisiones trascendentales para su vida sin contar con la opinión de su papá. Mauricio hizo una especialización y una maestría y se embarcó en la política al lado del presidente Álvaro Uribe: ganó una curul en la Cámara de Representantes, la misma corporación a la que perteneció su padre durante cuatro años.

“Óscar lo vislumbró y mucho tiempo antes de que ocurriera nos dijo en una carta que como veía las cosas, Mauricio terminaría aspirando a la Cámara. Eso vale una plata y ustedes no la tienen. Pidan un préstamo y que tu mamá te sirva de fiadora. Y así lo hicimos”, recuerda Martha de Lizcano.

Juan Carlos se decidió por administración de empresas agropecuarias. “Yo le alcancé a mandar una carta en la que le contaba qué iba a estudiar y él me dijo en una prueba de supervivencia que esa carrera tenía mucho futuro por lo del TLC”. Ya está en séptimo semestre a pesar de que perdió año y medio por el secuestro del que él también fue víctima y de un breve autoexilio en Londres.

Martha Arango de Lizcano, una paisa muy templada, reconoce que lo más duro de los ocho años sin su esposo fue el secuestro de su hijo menor. “La vida queda como suspendida, uno trata de sobrevivir pero la soledad es muy dura. Ser papá y mamá al mismo tiempo es muy difícil. En este tiempo vivimos con lo que podíamos vivir, tuvimos problemas económicos como todas las familias de secuestrados, pero un embargo es una cosa secundaria frente al secuestro”.

Las enfermedades y las muertes tampoco faltaron. Mauricio se contagió de hepatitis en el Caguán, en enero de 2002, y estuvo mes y medio en cama por culpa de un mal diagnóstico. Su mamá se tuvo que operar de las cuerdas vocales y estuvo sin voz varias semanas. Pero tal vez lo más duro fue la muerte, a manos de sicarios, del periodista Orlando Sierra, gran amigo de Óscar Tulio.

Ahora tendrá tiempo para enterarse de estas y otras noticias familiares y para pagar dos promesas inaplazables: una, al Señor de los Milagros de Buga; y otra, a la Virgen de Guadalupe.

Por Gloria Castrillón

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