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Paula Moreno: La diversidad

Su prioridad desde el Ministerio de Cultura es mostrar todo lo que somos.

Rocío Arias Hofman / Especial para El Espectador
20 de diciembre de 2007 - 08:25 a. m.

Mientras espero que Paula Marcela Moreno culmine una reunión con los congresistas de la bancada afrocolombiana, me entretengo mirando el pesebre tristón ubicado en la antesala de su despacho. Me llama la atención porque es tradicional en exceso dada la proclama de diversidad permanente que enarbola la Ministra, como quedó claro en el discurso inaugural de la FIL de Guadalajara, en la que Colombia fue el país invitado de honor en noviembre. No hay figuras negras ni indígenas, hasta el rey Baltasar luce una blancura preocupante, contrario a la leyenda, y las mujeres lavan ropa en los ríos imaginarios mientras las piezas masculinas pastan ovejas. Fabio Valencia Cossio y familia, la senadora Dilian Francisca Toro y el embajador chino han enviado las primeras tarjetas navideñas.

Cuando la Ministra abre la puerta para recibirme y ofrece su mano suave, me encuentro con una mujer alta y fornida que me hace pasar hasta una silla muy cerca de la puerta. Al fondo de esta oficina alargada y luminosa ha estado siempre situada majestuosamente la mesa y la zona de trabajo, pero es en los primeros metros donde Moreno ha decidido improvisar la sala de reuniones. Parece una decisión práctica para evitar que los visitantes se demoren más de la cuenta. “Soy muy sistemática. Me gusta la organización, eficiencia y puntualidad”, enfatizará minutos más tarde.

Tiene la voz gruesa y ojos que parecen no parpadear jamás. Viste camisa blanca de manga larga, falda verde ácido, zapatos negros de tacón y un pañuelo indómito se enreda en su pelo alisado. El aplomo y la autoestima de los que me habían hablado personas cercanas a ella son evidentes. No he hecho la primera pregunta y comienza a hablar motu proprio sobre su programa de gobierno. Y de lo que no sabe, cuentan quienes trabajan con ella, pregunta.

Nacida en una familia de Santander de Quilichao, la Ministra se convirtió en ingeniera industrial obsesionada por los procesos. “Empecé trabajando en el tema social y acabé derivando en lo económico. En ese trayecto fui definiendo mis sueños, lo que quería hacer, cómo motivarlo, por qué hacer algo que es mucho más que un trabajo. Ese ha sido el espíritu de mi labor”. A la Ministra le gusta insistir en su condición profesional. En tres ocasiones se refiere a su título universitario como si fuera característica fundamental de su personalidad y, por ende, de su visión del mundo:

1. “Desde mi perspectiva de ingeniera industrial, los bienes culturales son una necesidad básica. Sin oferta cultural que te sensibilice es muy complicado vivir. No es casual, la cultura es todo un proceso social que incorpora proyectos de vida”.

2. “El tema de la competitividad es fundamental y Estados Unidos lo hace claramente a través de la identidad cultural. Colombia está en el proceso de crear identidad cultural. Tenemos que demostrar todo lo que somos y no solamente unas pocas manifestaciones”.

3. “La ingeniería me permite ver las cosas claras. Tengo una visión sistemática estimando procesos y resultados”.

El tono vital de Paula Marcela Moreno es de una calidez inmensa y contrasta con la confesión que hace de ser extremadamente psicorrígida. La Ministra es como una pieza de hierro sometida al calor de su propio fuego. Quizá por eso en el Ministerio causó extremo nerviosismo que llegara dispuesta a revisar los métodos de trabajo para buscar mayor eficacia en los resultados. Salieron varios funcionarios y se reorganizaron las tareas internas a pesar del escozor que causaron sus decisiones. Como le achacaban su juventud (29 años), anonimato social y poca cercanía con los temas culturales de alto perfil, la Ministra resolvió de nuevo con mano práctica la manera de enfrentarse a las críticas. Evitó las trampas emocionales y se concentró en las aristas frías de su misión, que resume así: “La cultura es para todos y el aporte debe ser visible”. Le pregunto entonces si consideraría solicitar que el acceso a los bienes culturales fuera incluido en la canasta familiar, y no demora en contestar con un fervoroso sí y añade: “Necesitamos seres humanos solidarios, comprometidos, con una dimensión espiritual que permita trascender. En material social es importante que la autoestima de las personas sea fuerte, porque esa es la base de la capacidad de superación. La cultura ofrece esto”.

Me intriga conocer el mundo particular de la Ministra en términos culturales, cómo es ese territorio comanche donde no caben los programas de gobierno sino el goce elemental y profundo que provoca el arte. Aquí están sus respuestas: disfruta la lectura académica y la poesía. Un libro: El isolario, de Alfredo Banín.

Palabra favorita: listo y —una que le critican mucho— la intersectorialidad. Palabra que detesta: mejor, en el sentido de juzgar a las personas y las cosas. Géneros culturales que la identifican: la música, especialmente la del Pacífico, jazz y el hip-hop. Adora bailar, siente “que se va aflojando”, y le gusta el cine italiano de Nani Moretti.

Manifestación cultural que se le resiste: el diseño en general (arquitectura, decoración y la moda), “pues no alcanzo a percibir sus dimensiones”. Prioridad: “Saber amar. Hay gente a la que no cuesta querer, pero con otra, establecer un vínculo de amor es mucho más difícil”.

La ministra Moreno Zapata dice de sí misma que es perfeccionista. Hace yoga para relajarse y al tiempo que cree en Dios observa con curiosidad las creencias del mundo indígena. No ha dejado de hacer tres cosas mientras conversamos: hablar, apretar el celular con su mano derecha como para no ver la pantalla que se ilumina cada quince segundos y mantener estoicamente las piernas cruzadas en una posición incómoda. De repente, como si echara en falta algo en la conversación, alude a Jean Paul Sartre en una cita que habla de seguir los caminos que marcan las estrellas. Un toque literario y existencial de último minuto para el ministerio que le ha tocado manejar.

Por Rocío Arias Hofman / Especial para El Espectador

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