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Rey de Cañaveralejo

El matador Sebastián Castella, que cortó seis orejas en dos tardes en Cali, reconoce su evolución y está feliz por la respuesta de la afición vallecaucana.

Rodrigo Urrego Bautista / Especial de Colprensa para El Espectador
03 de enero de 2009 - 10:00 p. m.

La Feria de Cali tuvo nombre propio. De principio a fin, el torero francés Sebastián Castella fue el amo y señor en el ruedo de Cañaveralejo. Sus números son aplastantes, seis orejas en dos tardes. El público, entregado a sus pies, o mejor a su toreo, que este año ha rayado a un altísimo nivel, propio de quienes son máximas figuras de la fiesta.

Tras una temporada en España, donde las expectativas no fueron del todo superadas, Castella encontró “en su plaza talismán” el escenario para recuperar el toreo profundo. Habrá motivos para explicarlo. Sólo lo sabrá el torero.

Pero lo cierto es que el matador de Beziers se lució. En sus manos, no sólo dos toros de Ernesto González pudieron sacar sus condiciones, sino que uno de Juan Bernardo Caicedo encontró el camino para recibir el mayor premio, la vida.

Aunque Sebastián prefiere hablar con capote y muleta, aceptó dialogar de toros y de su feria con El Espectador, porque hay sensaciones que a veces es mejor compartirlas que guardarlas.

¿Cuál es la clave de su excepcional momento?

Cuando un hombre está preparado y mentalizado, y tiene la fortuna que le salgan algunos toros buenos, los aprovecha bien y los torea bien. Estoy en un auge de evolución artística. Lo que entreno me está saliendo. He podido torear despacio, con mucho ritmo. Al mismo tiempo arrimándome y quedándome en el sitio.

La tarde del 30 de diciembre fue histórica, ¿qué le vio a ‘Fulero’ para llegar a indultarlo?

Creo que nadie apostaba por el indulto, incluso yo. Cuando le baje la mano, sobre todo con la izquierda, el toro se entregó y pareció decir ahora voy a embestir bien, y así lo hizo. No fue fácil.

¿Qué sensaciones le dejó este triunfo, sobre todo en una tarde en la cual tres activistas antitaurinos intentaron sabotear la corrida?


Fue la respuesta de la verdad del toreo. Los toros no estaban embistiendo y saltaron esos señores al ruedo, que hay que respetarlos igual. Pero a mí ni me molestó ni nada, porque yo estaba metido en lo mío. Después la tarde empezó a ir a más, hubo dos indultos y todo terminó muy bien.

Y la afición caleña se le entregó por completo...

Para mí Cali es  muy especial. Y como le dijo una aficionada a mi apoderado: “Hemos visto a Sebastián de joven y ahora lo vemos hecho un torero, haciendo las mismas cosas, pero con una evolución artística muy grande”. La gente acá sabe de toros, aunque digan lo contrario, y responde bien cuando hay toreo bueno.

¿Usted quería indultar el toro o que el triunfo fuera sólo suyo?

Tan pronto me perfilé para entrar a matar la gente empezó a pedir el indulto y yo quería que el toro triunfara, se lo merecía.

¿Se siente el dueño absoluto de esta afición?

Aquí no hay ningún dueño. Hay consentidos, unos porque se lo ganan en el ruedo y otros por su origen. En Cali, desde el primer día que vine, cuando un novillo me cogió como tres veces y yo seguí dando la cara, la gente me entregó un cariño muy especial.

Por Rodrigo Urrego Bautista / Especial de Colprensa para El Espectador

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