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Tarde inolvidable de toros en Manizales

Una faena para guardar en lo más profundo de la afición y volver a contarla un día.

Víctor Diusabá Rojas
07 de enero de 2011 - 10:58 p. m.

 Sí, fue en Manizales un 7 de enero.Hubo que tomar los apuntes sin perderle la cara al toro. Los fotógrafos terminaron con el visor tatuado en sus rostros.
Nunca pareció suficiente. Como espuma, la tarde creció casi que desde la salida del primero hasta desbordarse cuando todavía quedaba buen trecho para el final. El colofón no pudo ser otro: con el río de bravura como telón de fondo, la terna se fue a hombros, mientras el autor del guión, el ganadero Miguel Gutiérrez Botero, se tapaba con discreción, luego de saludar desde los medios.

Una corrida inolvidable. Más allá de las nueve orejas (dos simbólicas), un indulto, otros dos toros de vuelta al ruedo. En fin. Una tarde inolvidable por muchas más razones, pero en especial por una: la emoción. De ella anduvimos de toro en toro y de turno en turno. Hubo que tomar los apuntes sin perderle la cara al toro y los fotógrafos terminaron con el visor tatuado en sus rostros.

¿Y los toreros? Los toreros felices, porque con un encierro como éste se olvidan tantas penas de aquellos que no embisten y cada muletazo vale en oro lo que pesa la plaza.

Oro en polvo, como esos que dio El Cid al quinto de la tarde, a un toro con presencia de señor. En el capote ya había dado muestras de que el pitón izquierdo era para quedarse ahí. Y apenas se dejó ver en el trapo rojo, el ejemplar de Ernesto Gutiérrez Arango ya había roto a más. Era un Zapatero, ese su nombre, bravo y encastado, con el que se trazaron viajes interminables, siempre a las órdenes de un brazo cada vez más largo. Los naturales fueron cuajados, ligados, de postín. Y la estocada no menos. Dos orejas indiscutibles. Vuelta al ruedo en al arrastre.

El otro de Manuel Jesús, segundo de la tarde, fue muy diferente, porque la corrida también tuvo esa virtud: cada animal dejó ver diversas cualidades. La fundamental de éste: el son, el ritmo, la lentitud para embestir, hasta poner su propia música en el ruedo. Cuando El Cid atinó a seguirla, hubo un ballet. Cuando no, se hicieron visible los pasos en falso. Dos orejas, una de ellas empujada por la petición popular. Vuelta al ruedo al toro, no tan lenta como lo merecía.

Oro en lingotes, el que cotizó Luis Bolívar en sus dos toros. Ese par de lidias, torero colombiano, tienen un significado especial para usted: hablan de un hombre que tiene capacidad para resolver problemas. Eso, en la tauromaquia como en la vida, representa el progresivo paso a la madurez. El tercero de la corrida tenía ganas de comerse los engaños por el pitón derecho, mientras por el izquierdo no admitía nada, y dos veces se lo recordó con dolor. Entonces, Luis se puso firme para aguantar, primero, y para torear, a la vez. Corrió la mano y mandó. Hubo temple y poder. Una oreja para guardar en la sala de trofeos.

El sexto venía con otros líos. Ocurre que al momento de salir del toril a la arena, se echó la puerta a los lomos y terminó en los corrales. Hubo allí una faena inédita en la que pegó arrancones y dio pelea a los funcionarios de la plaza. Cuando por fin apareció en el albero, se vio flojo en sus extremidades y digno de los mayores temores sobre cuánto duraría. Incluso, se echó en dos oportunidades.

Fue ahí, en medio de lo que parecía una batalla perdida, que Luis hizo lo suyo: administrar los recursos. Le dio tiempo, distancia y cuidados. Con esa receta, el animal, a imagen y semejanza de la tarde, creció, hasta poner a hervir la plaza. La gente vio salir entonces vapor de su pelaje negro. En realidad, era la bravura que se tomaba la noche de Manizales.

Y hubo más oro. Sí, el de Juan Mora, que no se cotiza en bolsa, porque hay cosas que no tienen precio. Podríamos buscarlo, y hallarlo, en esos quince muletazos del primero de la corrida, en especial la serie de naturales que abrochó con un espadazo. Pero lo mejor estuvo en el cuarto, con el desparpajo, el desmayo, el desdén, la trinchera, el recorte, el pellizco, todo eso que, junto, traduce la belleza y que, si se mira más allá, lleva un rótulo que no venden en las esquinas, la torería. Su torería, maestro Juan.

Hay que guardar esta tarde en lo más profundo de la afición. Para volver a contarla un día: Sí, fue en Manizales era viernes, 7 de enero, ese día...

Por Víctor Diusabá Rojas

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