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Tres tardes de la Feria de Cali

La feria taurina de la 'Sultana del Valle' narrada por Alfredo Molano Bravo.

Alfredo Molano Bravo / Especial para El Espectador
30 de diciembre de 2011 - 07:46 p. m.

Primera de abono

Y salieron los toreros: Uceda Leal, Abellán y Paco Perlaza, el joven. El reemplazo de Manzanares por Abellán pesaba en el ánimo de la afición. Pero el público esperaba que se repitieran la casta, la nobleza y la bravura que la ganadería de Santiago Uribe había mostrado el año pasado.

Uceda Leal, con ganas, recibió a su primero —Farruco, 536 kilos— de rodillas. No se dejaba meter en el capote; pensaba, miraba y se iba. Tampoco quiso saber del caballo, y al entrar a la pica, se durmió en el peto. Un buen par de banderillas de Jeringa a nadie alegró. A la muleta, echada por delante y templada de Uceda, Farruco le tardeaba. Castigado con doblones, se vio un natural limpio en medio de la abulia. Mató como suele matar Uceda, de rayo. Su segundo —Hilandero, 474 kilos, veleto— le salió también garbanzo: caminador, cabeceador, cobarde. Uceda lo llevó al centro con paciencia, pero más tardó en llevarlo, que el bicho en volver a la querencia. Se repetía con peligro, pero se arrepentía y se quedaba. Hasta que se quedó del todo, huido. Tan perdido en sus miedos, que la espada del mejor estoqueador, Uceda, falló. El toro fue pitado al arrastre.

La suerte estuvo a favor de Abellán cuando su apoderado sacó la papeleta con el nombre de Zorrito, de 504 kilos, un negro galopón, alegre, uno de esos toros a los que se les coge cariño desde que pisan la arena. Abellán lo jaló al centro, donde abundan los miedos de toro y torero: tres derechazos templados y un remate de pecho. Ovación y música. Abellán sonrió agradecido. Se paró firme en los centímetros que lo separaban del toro —y de la muerte—. Desdeñoso, cambió de mano y toreó —¡toreó!— al natural en redondo, metiendo la pierna, ligando y envolviéndose toro y trapo en la cintura. Entró con el acero al contrario y debió descabellar. Perdió una oreja, pero no podían negarle la otra. Ovación para el matador y para el toro. Una gota de tristeza asoma siempre cuando arrastran un buen toro al desolladero.

El segundo de Abellán —Hilandero, 474 kilos—, veleto, caminador, dubitativo. Embestía a medias. Nada podía hacer Abellán. Bregó . Lo jaló al centro y a regañadientes Hilandero fue a cumplir la cita. Por delantales lo llevó al caballo, pero el toro se frenaba y Abellán le trazó el camino por donde debía ir a tomar la vara. El toro se decidió, pero al tocar el hierro, rebrincó y huyó. Tampoco las banderillas fueron afortunadas. El torero trató de sacar agua del arenal, pero el toro no estaba para fiestas. Dos o tres pases sin liga, bien intencionados y rematados a pecho abierto. Pero se sintió el asco que Abellán le había cogido. Mató de cualquier manera.

Paquito Perlaza, en quien sólo la afición de Cañaveralejo confiaba, toreó sin buenos modales a Prestamista, su primero, un trotón suelto de 506 kilos que no le permitió hacer nada. Con la muleta no logró sacarlo de las tablas. Paco pinchó una y dos y tres veces. Mató guiado por el azar. Pitos al arrastre.

En su segundo, Perlaza toreó. Toreó como torean los toreros, echando el pecho por delante, levantando la frente, metiendo la barbilla en el nicho del sentimiento. Logró con su segundo, Altanero, de 536 kilos, lo que el primero le negó. Sometió a su propio ritmo y modo al toro con la derecha, y ligó y templó con la izquierda. Remató con una tanda de bernardinas a la manera de José Tomás, que tanta falta hace. Se adornó con abanicos. Entró a matar, pero el toro le hizo un extraño y Perlaza aterrizó en la arena. Tres intentos con la espada, dos con el verduguillo y oreja merecida.


Segunda de abono

Si hay toros, toros como los del hierro de Ernesto Gutiérrez, y toreros como Bolívar y Mora, la fiesta está a salvo. No importaron los pitos estridentes de un combito de enemigos de los toros.

Bolívar, de verde esmeralda, recibió a Olivante —468 kilos, negro, chorreado— con un par de verónicas ajustadas y lo llevó por chicuelinas al caballo. Vara justa, toro ahormado. Una nueva serie de chicuelinas danzantes en el centro de la plaza y unas banderillas de Geiner Gómez, puestas desde el balcón. Bolívar venía a reclamar el sitio que había perdido como sucesor de César Rincón. Un cambiado por la espalda, más espectacular que peligroso, puso la plaza a tono. Con la derecha metió al toro en su jurisdicción y, desdeñoso, cambió de mano para citar con la izquierda. El toro embestía con dulzura. Bolívar lo consintió. Trató de cargarse las dos orejas recibiendo, pero no coronó. Una oreja y vuelta. Por la radio declaró: “respetamos al toro y los gustos de quienes no gustan de la Fiesta; pedimos y exigimos respeto”.

El cuarto de la tarde, segundo de Bolívar, llamado Colillero, fue un toro negro, lustroso, cornidelantero con 496 kilos. Dio dos vueltas al ruedo galopando y acudió a la capa. Se revolvía con nobleza, dando tiempo a ver lo que traía. Un par de verónicas, más técnicas que bellas, dejaron a Colillero frente al caballo. El toro lo pensó y, como sabiendo que después del embroque tenía que salir a jugarse el todo por el todo, arremetió con fuerza. Volvimos a ver las banderillas a las que Monaguillo nos ha acostumbrado, levantando los brazos, abriendo el pecho y saliendo sin afán. Bolívar, de rodillas, lo provocó desde lejos. No aguantó el torero y de pie citó con la derecha. Colillero humillaba, mostraba su casta. Bolívar la suya. Acoplaron sus ritmos. En mi libreta de apuntes quedó un blanco. Derechazos, molinetes, forzados de pecho, naturales puros, ligados, uno tras otro. Muchos, no hubo tiempo de escribir. Toro y torero cada vez van a más y más. Se ven los primeros pañuelos pidiendo indulto y después sale la plaza entera a pedirlo. La presidencia convino. Bolívar le acarició el morrillo con la palma de la mano. Un beso. Colillero salió con solemnidad y sin cabestros por donde había entrado. Dos orejas simbólicas y ovación sostenida. Sabor a gloria.

David Mora, de grosella y oro, quería mostrar quién es y por qué está en la cúspide del toreo. La plaza entera quería saber lo mismo. Le salió un cornidelantero, rápido, con ganas, pero sobre todo avispado, de nombre Jardinero —508 kilos—. Entró al caballo sin duda, derecho, sin remilgues de flojo. Mora lo probó en quites con una chicuelina ajustadísima y un par de lances a una mano para darle espacio y tiempo. James Peña, un par de banderillas que dejaron desconcertado al toro. Jardinero era un toro que se volteaba al pasar sin dar tiempo a nada. Mora lo estudiaba; Jardinero medía a Mora. Por naturales logró ajustarlo a la cintura y con ella toreó. Peligroso. Mora trató de distraerle los malos pensamientos con el engaño, con lo que no hacía nada más que excitar la codicia del animal. Jardinero pasaba, miraba y estudiaba. Mora le ganaba espacio y le sacó un par de derechazos soberbios. En naturales sucedió lo anunciado: Jardinero lo cazó, lo tiró al suelo, lo atropelló y le dio un manotazo en la cabeza. Exangüe sacaron a Mora a la enfermería. Bolívar entró con la espada y mató con limpieza. Un silencio de cinco en punto de la tarde recorrió los tendidos.

Regresó a su hora de la enfermería. Recorrió sin alardes el callejón y salió al ruedo resuelto a recibir de puerta a gayola a Enamorado, de 480 kilos. Los aplausos lo acompañaron hasta que se arrodilló y acomodó la capa. Con un gesto ordenó abrir la puerta de los sustos, y sin ellos dio una revolera valiente y pura. Enamorado salió suelto. Mora lanceó por verónicas mirando a los tendidos. Brindó a todos, cayó la montera boca arriba, agüerista, la volteó . A pie junto, sin parpadear, hizo una primera tanda con la derecha. Luego probó con la izquierda. Se arrimó templando al toro. Parecería como si esa intimidad le ayudara a vencer el miedo. Insistió en torear al natural con suavidad y temple y alcanzó ese tiempo mágico tan esquivo llamado lentitud. Volvió a la derecha, toreaba en redondo mirando a los tendidos. Mató con dificultad. Torero valiente, pulcro, honrado. Dejó huella.

En su primero, Solanilla se topó con otro buen toro, Urdidor, 520 kilos: rápido y alegre. Lo recibió con una capa relajada que no se le había visto. Pidió poca pica para su toro, y poca pica le dieron. Quites por gaoneras a lo Talavante. Santana, cuarteó en banderillas y falló. Solanilla brindó al público. Urdidor tenía fijeza. Solanilla las tenía todas, incluida la música, que sonó después de una tanda con la derecha. Por naturales no logró el temple que mostró con la derecha. Entró a matar “a toro distraído” y pinchó. Falló también con el verduguillo. Oyó un aviso. Perdió la oreja. En su segundo nadie vio nada.


Tercera de abono

Lleno completo y cartel insuperable: Pablo Hermoso de Mendoza, Daniel Luque y el manizaleño Sergio Naranjo.

Luque, de nazareno y oro, regresó a Cañaveralejo para torear en su primero a Tigre, un fiero de la ganadería de Juan Bernardo Caicedo, castaño, chorreado, ojo de perdiz, con 454 kilos. Bellísimo. Derrotó en verónicas, pero arrancó perpendicular al caballo y tumbó al picador. La segunda entrada fue más fuerte aún. Un toro con la fuerza de su hierro. Tigre tenía una cabeza altanera y una cornamenta peligrosa.

Luque, gran lidiador, planchó por lo bajo la muleta y la entregó adelantada. Como debe ser. El toro no aceptó. A fuerza de valor el torero lo metió en su espacio con la derecha para rematar con un forzado de pecho que fue mermándole juego a Tigre. Sin solución de continuidad: naturales puros, lentos, templados. Aguantando. Se metió entre los cuernos porque Luque había venido a llevar gloria y se la cargó desafiando el par de puñales que tenía ese Tigre bronco y violento. Dejó la sensación de que poco le importaban las orejas con tal de matar a ley. Lo hizo. “Ese toro —dijo— no se lo deseo a nadie”.

El segundo, Barbero, no fue menos difícil. Negro, enmorrillado, con 468 kilos. Estático, Luque lo toreó por delantales siguiendo una partitura secreta. El toro no se avino a reglas y fue con toda su fuerza a pelear con el caballo que guarda la puerta. Con la muleta, Luque le enseñó a Barbero quién mandaba. Redondos, molinetes, adelantó el engaño, atrajo al toro, lo sedujo y, por fin, lo metió donde podía gozarlo. No ahorró la izquierda, pero terminó renunciando a los naturales. Abaniqueaba, le bailaba en la cara. Dejó una espada trasera pero fulminante. Pitaron a Barbero.

Sergio Naranjo es un torero con futuro. Valiente, echa el sentimiento por delante. Y torea, pero no mata. Le correspondió en su primero un jabonero sucio, de cabeza alta, que salió suelto y tiraba las manos por delante. Naranjo bregó por donde pudo, pero poco pudo a pesar de su voluntad. Su segundo, Espía, con 510 kilos, era negro y rápido, el mejor toro de los de a pie. Lo estrenó con chicuelinas ceñidas y aseadas. Rodilla en tierra buscó poner la plaza a sus pies y se lo agradeció el público. Logró un par de circulares y un forzado de pecho memorable. Quizá también un molinete. Le costó matar porque Espía tenía unos cuernos altos, una muralla de filos para un torero de estatura mediana. Se le aplaudió.

Toda la atención de la plaza se centraba en Hermoso de Mendoza y en sus caballos: Garibaldi, Ticiano, Picasso, Stella, Ícaro, Manolete. Todos bellos, ágiles, educados toreros. Unos tordos, otros moros, otros alazanes quemados. Es difícil ver el toro cuando el caballo —y el jinete— se roba la atención. Pero el primero que le tocó a Hermoso fue un jabonero veloz que persiguió con celo a las cabalgaduras. Hermoso mostró cómo se templa con el estribo y cómo se anima al toro con la cola. Con los rejones fue insuperable: en el sitio, a la distancia y con la agilidad de un jinete que parece hecho de viento y sombra. Con las banderillas cortas una tras otra, sin pausas, enloqueció a las graderías.

Los quiebros de Ticiano quedaron en el ruedo como un eco. Torear con la barriga del caballo a un toro encastado equivale jugarse la vida de la cabalgadura —sucedió con Patanegra— y del jinete. Hacerle cabriolas en el hocico es más que temerario, casi una irresponsabilidad. Y bailar, como el caballo Manolete, en la cuna de los cuernos, una osadía que pocos entienden por ser simplemente bella. Vimos —todos lo vimos— quebrar la carrera perseguido por el toro y devolverse por los adentros. Así, sin más. O, más claro aún: besar al toro en el testuz, habida cuenta de la embestida, del peligro de los cuernos y del gran reto que significa acompasar las velocidades de toro, caballo y jinete. Sobraría decir que Hermoso también mata y esta vez, a los toros que le correspondieron, los mató en seco.

Por Alfredo Molano Bravo / Especial para El Espectador

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