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Un cosechador de sueños

Con 14 años de edad, Alonso Orjuela arrancó su negocio de frutas en un espacio de 1,50 metros cuadrados, en el supermercado de su tío, en el municipio de Chía, Cundinamarca. Hoy tiene 16 tiendas de Surtifruver de la sabana y este año espera abrir dos más.

Jairo Chacón González
31 de marzo de 2014 - 07:33 p. m.
 / Liz Durán
/ Liz Durán
Foto: Liz Duran

Hoy, después de muchos años, los recuerdos de Alonso Orjuela, un empresario levantado a pulso que aún siendo un niño se vio obligado a salir del lado de sus padres para evitar terminar alimentando las filas de la guerrilla, siguen tan frescos como las frutas y verduras que a diario vende en sus 16 puntos surtidores de alimentos en el país.

Es el dueño de Surtifruver de la Sabana, un cosechador de sueños que, aún siendo un niño que no cumplía los 15 años, convenció a su tío para que le arrendara un espacio de 1,50 metros cuadrados de su supermecado en Chía para colocar un ‘chucito’ para vender frutas.

Y es que la violencia lo arrancó de los dos pedazos de tierra —como él llama a las fincas de sus padre en Acevedo (Huila)— donde era feliz, para llevarlo al pueblo, de donde también tuvo que salir a resguardarse con su tío en Chía (Cundinamarca).

“Allí, sin cumplir los 13 años, a este niño campesino, acostumbrado a echar machete, a coger café, a desyerbar plátano, al sol y al agua, lo ponen a surtir un supermercado, donde no te mojas, donde no te asoleas, eso era el paseo más grande para mí. Lo que hacía un pelao en un día, yo lo hacía en una hora y así trabajé un par de años”, relata sin quitar los ojos de la vía que conduce al municipio de Subachoque, donde visita a uno de sus 120 proveedores que alimentan a diario sus 16 fábricas de sueños con más de 400 toneladas de alimentos.

A medida que avanza su camioneta, los recuerdos siguen saliendo y señala que antes de cumplir los 15 años la cosa se puso fea en el campo y a su papá le tocó vender su tierrita y escapar con esposa e hijos a Bogotá. “¿A dónde? A los cerros, donde llegan los pobres. Y allí me fui a vivir con ellos”.
“Un día fuimos con mi mamá donde mi tío y vi que estaba remodelando el supermercado y que había un pedacito desocupado y le pedí que me lo arrendara para vender frutas. Mi tío me cuestionó y me dijo que con qué plata”, cuenta con una sonrisa como si fuera ayer.

Alonso, como un relator de guerra, sigue describiendo al detalle cómo convenció a su tío: “Cuando uno es chino y pobre, lo primero que hace es comprar algo de oro, porque con eso llama la atención de las niñas, y lo otro es comprarse una monareta, y eso fue lo que hice cuando trabajé con mi tío”.
Cuando él accedió, recuerda, “ yo en mi cabeza echaba números y luego de recibir el pollo congelado que nos regalaba el tío siempre que lo visitábamos, resolví la ecuación, porque era muy bueno para las matemáticas, y al día siguiente vendí la bicicleta y la cadena en 12 mil pesos”.

Con la plata en el bolsillo, luego de cumplir las exigencias del tío, trajo una vitrina de panadería que él reformó y la llenó de frutas, pero finas, porque eso era lo que quería su tío, y se fue a Corabastos y puso en práctica las clases de la profesora que alguna vez llevó su padre a la finca, para evitar que sus hijos fueran a la escuela y aprendieran mañas. “En esos seis meses aprendí más que en la escuela del pueblo y el colegio de Chía”, contó.
Pero para resumir su desbordada prosa, este jovencito, quien hoy tiene como lema que un emprendimiento que no tenga un toque de sacrificio no llega a ningún lado, el primer día vendió entre $7.000 y $8.000 y así todos los días incrementaba la mercancía. El 24 y el 31 de diciembre las ventas fueron enormes, y así la plata empezó a abundar y su familia a progresar.

Fue en ese momento cuando decidió abrir un local más grande en un garaje en el parque Ospina de Chía, de donde salía a veces para respirar y pensar un poco sobre lo que le estaba pasando. Y así, luego de tanta petición de que abriera algo en Bogotá, se lanzó, con el miedo que lleva un campesino cuando va a la ciudad, y abrió Suba; luego vinieron otros hasta completar los 16 Surtifruver que alguna vez intentó comprarle Carulla.

En sus salidas al campo pensó que como la balanza de Dios era justa, él debía tener una electrónica para que nadie le diera ni le quitara en el momento de vender. Así logró cumplir con un sueño, al que le hacen falta muchos capítulos. En los que seguirá trabajando para honrar a su padre, que le enseñó el respeto a Dios, el amor por el trabajo y la honradez, que son los pilares que quiere transmitir a sus 1.600 colaboradores.


jchacon@elespectador.com

Por Jairo Chacón González

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