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Un país de magnicidios

Del crimen del mariscal Sucre al de Jaime Garzón mucha sangre ha corrido bajo el puente de esta Colombia de magnicidios impunes. País de asesinatos con alevosía, enajenado por la violencia política que corroyó todo cuanto pudo en el nombre de la patria y de la fe.

Redacción Judicial
28 de marzo de 2012 - 03:38 p. m.

Periódicos enteros se llenarían con las líneas de los caídos en esta nación de mártires olvidados. Sucre, por ejemplo, ejecutado en las Montañas de Berruecos, muy cerca de Pasto, en junio de 1830; o el general Rafael Uribe Uribe, apaleado a hachazos por dos carpinteros en las escalinatas del Congreso en 1914; o Jorge Eliécer Gaitán, el caudillo liberal que a la 1:05 de la tarde del 9 de abril de 1948 fue baleado por un desconocido de 26 años llamado Juan Roa Sierra.

Hasta entonces los magnicidios en Colombia eran un asunto escaso. Pero el narcotráfico de los años 80 volvió lo insólito costumbre. Desde la parrilla de sus motos en movimiento los sicarios del cartel de Medellín desenfundaron sus revólveres imponiendo la ley de la bala. Cayeron Rodrigo Lara, Guillermo Cano, Jaime Pardo Leal, Luis Carlos Galán, Carlos Pizarro, Bernardo Jaramillo, Enrique Low Murtra, Álvaro Gómez Hurtado y otro largo etcétera de víctimas que no tuvieron la fortuna de ser recordados por la historia. El paramilitarismo, uno a uno, cobró las vidas de más de tres mil integrantes de la Unión Patriótica, el partido político que se gestó en tiempos de los acuerdos de Belisario Betancur con las Farc. Todos fueron borrados por la mano criminal de los Castaño y sus secuaces. Esos que fueron entrenados por Yair Klein.

Colombia es el único país del hemisferio occidental que no ha podido superar la resaca de la Guerra Fría. La criminalidad creció al amparo de un Estado huérfano de justicia. Un territorio curtido por los fantasmas de un pasado irresoluto que ha termidado por reciclar la violencia de los expedientes cuyo mayor avance ha sido acumular el sueño de los justos. Tantos procesos impunes que no pudieron levantar la cabeza para identificar con nombres y apellidos a los responsables de tanta sangre vista. La barbarie ha sido la constante en esta Colombia virulenta, incapaz de escarbar en sus orígenes, amedrentada por el fusil de las guerrillas y el patrocinio de ejércitos privados sin ley. Son tantas las deudas del Estado. Los magnicidios aquí van y vienen. La impronta del exceso está ahí, esperando que la balanza de la justicia opere.

BERNICE A. KING

Tenía cinco años cuando su padre, Martin Luther King Jr., fue asesinado en abril de 1968. Es una férrea defensora de la filosofía que él promulgó: la no violencia como el camino para eliminar la violencia, la pobreza y el racismo. Es la directora ejecutiva del King Center, entidad que trabaja porque las ideas del doctor King Jr., gran defensor de los derechos civiles en EE.UU., se preserven.

SALOMÓN LERNER F.

Durante dos años, Salomón Lerner presidió la Comisión de la Verdad que investigó y documentó las atrocidades del conflicto que por 20 años vivió el Perú. Gracias a ella, los peruanos conocieron a fondo la violencia que por décadas los marcó. Lerner, exrector de la Universidad Católica de su país, es un limeño de 67 años, la mayoría de ellos dedicados a la filosofía y la docencia.

1. Hallar el problema mayor

Es recomendable empezar por reunir toda la información posible sobre los asesinatos políticos ocurridos. ¿Cuándo comenzaron? ¿Por qué? ¿Se ha intentado detenerlos? ¿En qué zonas han ocurrido? Es importante hablar con gente de todas las esferas: funcionarios, empresarios, integrantes de grupos ilegales, ONG y periodistas, entre otros, para saber dónde radica el problema. El doctor King Jr. creía que la violencia es el síntoma de un problema mayor y esa información puede ayudar a identificarlo.

2. Seis pasos hacia la paz

La doctrina King de la no violencia se basa en seis pasos para alcanzar cambios sociales. Uno, reunir información. Dos, educar a los futuros líderes de la comunidad. Tres, comprometerse personalmente en la campaña de la no violencia. Cuatro, hallar punto intermedio entre la visión personal y la del oponente. Cinco, tomar acciones directas si las negociaciones con los oponentes se rompen. Y seis, el precepto obligatorio: reconciliarse para que los bandos opuestos puedan impulsar cambios.

3. Difundan la filosofía

Seleccionen líderes de diferentes sectores de la sociedad y capacítenlos como formadores de cursos de no violencia. Que éstos, a su vez, propaguen los conocimientos adquiridos entre la comunidad. No excluyan a los grupos ilegales ni a los partidos políticos. La idea es construir el consenso de que es posible una situación beneficiosa para todos. Como decía el doctor King Jr.: “Podemos aprender, crecer y beneficiarnos de la sabiduría de esos hermanos a quienes llamamos oposición”.

4. Tomando conciencia

No se puede luchar por la libertad de los hombres matándolos. Hay que tomar conciencia de cómo estamos y hacer un diagnóstico, de modo tal que las generaciones que vienen tengan la comprensión suficiente de la realidad, la capacidad de mirar caminos distintos. Nuestros niños y jóvenes deben ser educados en relación con su propia historia. Donde predomina la pobreza, la discriminación y la ausencia de Estado, la agenda para el futuro se torna bastante compleja.

5. Democracia

Se deben fortalecer las instituciones intermedias de la sociedad civil, academias, universidades y federaciones, que puedan ejercer esta labor de vigilancia del poder y ser una voz de alarma e interlocución. Una democracia debe usarse. Hay que reconocer que el único que tiene el poder y la legitimidad en el uso de la fuerza es el Estado, pero el Estado debe hacer buen uso de esa capacidad que le fue conferida. Es que somos medio amnésicos. Olvidamos y nos olvidamos de que olvidamos.

Por Redacción Judicial

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