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"Vale la pena ir hasta cualquier lugar del país para salvar a un niño"

A la enfermera María Cuesta Mosquera no le importó poner en riesgo su vida. Se enfrentó a una travesía de 14 días por el Medio Atrato, en el Chocó, para llevarle vacunas a varios de los pueblos más apartados del departamento.

Angélica María Cuevas Guarnizo
02 de abril de 2014 - 09:59 a. m.
 / Óscar Pérez
/ Óscar Pérez

El sueño cumplido de María Cuesta Mosquera constituyó un acto de heroísmo. Para inmunizar a 300 indígenas emberas, esta enfermera de 30 años caminó durante catorce días por los bosques espesos del Chocó, entre Chagadó, Pava, Chequenendó, Pitales y Bracito y otros lugares a donde nunca antes había llegado una comisión del Ministerio de Salud. Sabía que atravesar ríos, agarrarse de los árboles, espantar bichos y lidiar con pantanos la llevaría a salvar muchas vidas. Su obsesión fue llegar hasta el último niño del último pueblo apartado.

“Los vacunadores debemos tener berraquera, llegar hasta el último rincón del país, cumplir nuestra misión, porque una vacuna puede salvar una vida”, dice la tímida mujer.

El médico que acompañaba María y a otra enfermera en esta misión, renunció el primer día alegando otras responsabilidades. Era diciembre de 2013, las dos vacunadoras y una auxiliar de enfermería continuaron acompañadas de dos guías indígenas.

Si no fuera por ellos, no hubieran logrado cruzar el río Bebará, ese que visto desde un mapa cualquiera aparece como una línea delgada en medio de kilómetros de bosque tupido, pero que realmente es un monstruo caudaloso al que María se enfrentó sin miedo. “Teníamos que atravesarlo nadando, así como otros diez ríos, pero éste era tan grande como el Atrato. Nosotros ni podíamos con las maletas; habíamos caminado dos días. Los guías indígenas se encargaron de las vacunas, nosotras nos tiramos a nadar”.

María sonríe después de terminar cada anécdota y contar cómo viajaron durante siete horas por el Atrato para llegar hasta La Peña, y caminaron tres días seguidos hacia Porrondó. El mismo lugar del que, meses antes, había salido un grupo de indígenas enfermos que llegó a Quibdó pidiendo asistencia médica para ellos y sus familias. Venían débiles y afectados por la influenza y sus caseríos ni siquiera aparecían en los mapas de la Secretaría de Salud.
María asumió junto a siete enfermeras el compromiso de llegar a zonas como esta para aplicar esquemas de vacunación a niños y adultos. En la nevera que llevaba al hombro cargaba dosis contra la poliomielitis, tuberculosis, hepatitis, difteria, tétanos, sarampión y rubéola; también había vacunas contra la fiebre amarilla, y para las mujeres en gestación y sus hijos recién nacidos tenía inyecciones contra la tos ferina y el tétanos.

Luego de caminatas de 12 horas, las enfermas dormían en tambos donde las cogiera la noche. Cuando llegaron al caserío de Porrondó, los indígenas las recibieron con fiesta y racimos de plátano.

“Sólo había rostros de alegría. Me convencí de que vale la pena ir hasta cualquier lugar del país para salvar a un niño”, dice emocionada mientras describe las casas de pueblo que duerme sobre pisos de arena, no tienen energía y tampoco agua potable. María les habló sobre la importancia de la lactancia y la vacunación. Junto a su compañera vacunó a 58 menores de 6 años, 9 niñas , 49 adultos. Descansaron poco, regresaron por el río en una balsa que les construyó la comunidad.

En cuatro horas acortaron el camino que les había tomado un día entero, pero más adelante el río sacudió las balsas y las mujeres terminaron en el agua. “Fue un susto grande, pero los indígenas nos ayudaron a regresar cargándonos parte de las maletas. Sé que volvería a repetir este viaje si hay niños y comunidades enteras que necesitan ser atendidas”, dice María.

En enero de este año el ministro de Salud, Alejandro Gaviria, recibió a la chocoana en Bogotá. Al escuchar su travesía reconoció que “gracias al compromiso y tenacidad de vacunadores como María Idalides, hoy Colombia puede contar con la certificación internacional de ser un país libre de circulación autóctona de los virus del sarampión y la rubéola”.

acuevas@elespectador.com

Por Angélica María Cuevas Guarnizo

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