El ilustrador Fabián Rivas vuelve para conectar con una generación que transita entre la nostalgia y la aceptación gracias a su más reciente libro Estoy viejoso, una obra que, desde el humor y la observación cotidiana, logra generar una conversación íntima sobre el paso del tiempo, la identidad y la forma en que las personas se reconocen a sí mismas.
El libro propone un recorrido visual protagonizado por un oso que, viñeta tras viñeta, transmite las contradicciones de quienes han cruzado el umbral de los treinta y comienzan a mirar la vida con otros ojos.
No se trata solo de cansancio físico o de preferir quedarse en casa un viernes por la noche, sino de una sensibilidad compartida, la sensación de que algo ha cambiado, incluso cuando no siempre se puede nombrar con claridad.
El poder de la ilustración
En ese sentido, Estoy viejoso no es únicamente un recorrido de ilustraciones humorísticas. Es, como han señalado diversos usuariosen redes sociales, un espejo emocional. La identificación ocurre de manera inmediata, la espalda que duele al agacharse, la dificultad de trasnochar sin consecuencias, el placer inesperado de cancelar planes. Cada escena, aparentemente trivial, activa una memoria conjunta que toma fuerza.
La clave de este fenómeno también radica en el poder de la ilustración como lenguaje. Tal como lo expresa la ilustradora Carmen Martínez en un artículo para la escuela de diseño de Barcelona “la ilustración no es solo dibujar, es transmitir un mensaje”. En el caso de Rivas, ese mensaje no necesita largas explicaciones, ya que el gesto mínimo en la composición de una escena, condensa emociones complejas.
Las imágenes simplifican lo que a veces resulta difícil de verbalizar, agrega la ilustradora, y en ese proceso generan una conexión inmediata. No es casual que miles de seguidores compartan las viñetas, ya que en ellas encuentran una forma de decir “esto también me pasa”.
Es así que el libro propone una narrativa distinta invitando a observar el paso del tiempo con humor, con ternura y con honestidad. El oso protagonista no lucha contra su “viejoso” interior, lo reconoce y lo celebra.
Entre crisis y transición
Sin embargo, detrás de esa ligereza aparente se asoma una dimensión más compleja, la llamada crisis de la mediana edad. Este concepto, acuñado por el psicoanalista Elliott Jacques en la década de 1960, describe un periodo de cuestionamiento que suele aparecer entre los 35 y 60 años, aunque muchas de sus señales pueden anticiparse antes.
No obstante, la evidencia actual afirma que solo entre el 10% y el 20% de los adultos reportan haber vivido una crisis de este tipo de manera intensa. Para muchos, más que una crisis, se trata de una transición, de un momento de ajuste en el que conviven la incertidumbre y la posibilidad de crecimiento.
En ese contexto, obras como la de Rivas funcionan como dispositivos de acompañamiento, que aunque no ofrecen respuestas, pueden brindar la sensación de no estar solo.
Ahora bien, cuando esa incomodidad se intensifica o se prolonga en el tiempo, puede dejar de ser una etapa pasajera para convertirse en un problema de salud mental. Desde la perspectiva clínica sistémica, autores como Carter y McGoldrick advierten que es necesario intervenir si los síntomas interfieren significativamente en la vida cotidiana.
Entre las señales de alerta se encuentran la tristeza persistente, la ansiedad intensa, la pérdida de motivación o los cambios significativos en el sueño y el apetito. Pedir ayuda en estos casos, abre la posibilidad de reconstruir sentidos de vida más allá de las expectativas sociales.
Otro de los puntos más importantes del libro es la desaparición de referentes culturales. A medida que cambian las tecnologías, los hábitos y las formas de relacionarse, muchas personas experimentan una sensación de desajuste.
Lo que antes era familiar deja de serlo, y en ese proceso aparece la percepción de estar “quedándose atrás”. Las ilustraciones de Rivas capturan ese momento desde la observación de lo que implica estar en un mundo en constante transformación.
Es así que cada lector puede reconocerse en las escenas, pero también descubrir que esa experiencia es compartida pues Estoy viejoso es eso, una pausa a mirar el paso del tiempo sin miedo.
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