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Villanueva murió y su esposa volvió a España con su tradición culinaria. El yerno quedó con el restaurante y supuestamente los meseros y quienes trabajaban en la cocina continuaron. De la buena cocina española sólo queda el recuerdo y del restaurante sólo el nombre.
Las tapas eran fuerte de La Barra. Ahora se ofrecen diez tapas frías y ocho calientes con precios por platillo que están entre $8.000 y $44.000 cuando se pide jabugo. Pedimos langostinos apanados, que resultaron regularmente apanados y acompañados de una salsa dulzona que no le cuadraba. Pedimos “Queso manchego frito”. No lo había comido en la vieja Barra y, para ser justos, fue el platillo agradable entre muchos fiascos. El “Jamón serrano reserva” fue un verdadero desastre, eran 40 gramos de jamón seco. Parecía cortado y dejado en la nevera con anticipación. A la protesta el mesero respondió que estaba bien preservado en la nevera.
Fuimos a los platos fuertes y pedimos “Cochinillo Segoviano”. Este delicioso plato exige un cochinillo lechal de no más de 21 días de nacido. Se asa entero con una técnica que resulta en un cuero delgado y crocante y un interior suave y jugoso. En vez de esta famosa delicia recibimos trozos de un cochino al horno, que hacia tiempo había dejado de ser lechal, tieso hasta lo incomible. No le entraba el cuchillo. Y pensar que pagamos $45.000 por esto.
Otro fiasco. Nuestro tercer plato fue “Pollo a la Riojana”, en vez del conocido y rico pollo que se sofríe y se termina de cocinar en su salsa con pimentones, chorizo y otras cositas, presentándose blando y jugoso, éste era un pedazo de pollo refrito y duro con una salsa de pimentones servida aparte, realmente una afrenta culinaria.
Para rematar la atención a la mesa no pudo ser peor. Conseguir la carta de vino se logró al final de las entradas y el arroz de los “Callos” tuve que irlos a buscarlos a la cocina. Triste decirlo. Su tiempo le pasó y ahora se come mal en La Barra.
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