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¿Qué es lo que mueve Heated Rivalry en las mujeres sáficas? (Opinión)

En esta columna de opinión, Gabriela Villamil analiza cómo Heated Rivalry desafía la heterosexualidad obligatoria y propone una narrativa poco frecuente en las historias queer: la posibilidad de un amor que no esté condenado a la tragedia.

Gabriela Villamil Yara | Especial para El Espectador

14 de abril de 2026 - 06:00 p. m.
Foto: La Disidencia
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Cuando se nace dentro de la heterosexualidad normativa, romper las reglas sexuales y románticas puede convertirse en una elección: una decisión consciente frente a mandatos familiares, sociales o religiosos. Muchas de estas normas operan en el plano de lo íntimo y pueden transgredirse por ideales, revelación o incluso por capricho. En cambio, cuando se nace fuera de la heterosexualidad obligatoria, la ruptura no siempre es una elección; muchas veces es simplemente una condición de existencia. No se pertenece del todo al mandato impuesto por lo externo y, aun sin proponérselo, termina desafiándolo.

Esto no significa que haya una decisión clara que explique por qué se rompe la norma. Se puede intentar permanecer en silencio, no salir del clóset, como ocurre inicialmente con Scott Hunter en la serie Heated Rivalry, y, aun así, transgredir el mandato a través del deseo. También puede manifestarse en la incapacidad de reprimir lo que se siente, como le ocurre a Shane Hollander, quien no logra sostener vínculos heterosexuales ni olvidar a Ilya Rozanov, su rival de hockey con quien ha estado manteniendo encuentros sexuales desde el comienzo de sus carreras. La ruptura no siempre es pública; muchas veces es interna, íntima e inevitable.

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En Heated Rivalry se presentan personajes que, incluso antes de actuar, ya están quebrando la norma. Al comienzo no se eligen a sí mismos ni su felicidad; más bien descubren que el mandato social es más grande que ellos y que vivir implica negociar constantemente con esa presión.

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Pensar que la serie representa de forma exacta la vida de la población queer sería idealista. Sin embargo, afirmar que encarna una valentía -deportiva, afectiva y familiar- largamente anhelada por muchas personas con orientaciones sexuales e identidades de género diversas no es exagerado. Durante años, gran parte de las representaciones audiovisuales han condenado a los personajes queer al dolor, la tragedia o la soledad. Frente a ello, muchas mujeres sáficas, es decir, mujeres que sienten atracción afectiva y/o sexual por otras mujeres (como lesbianas, bisexuales o queer), han insistido históricamente en otra narrativa: la del amor posible.

Quizás eso es lo que mueve Heated Rivalry dentro de las mujeres que aman y desean a otras mujeres: la posibilidad de un final que no esté marcado por la pérdida. Se entiende el miedo de los protagonistas al saberse fuera del mandato, el peso del silencio y la tensión del secreto, pero también se reconoce en su historia la esperanza de que incluso dentro de estructuras rígidas pueda existir un amor que sobreviva.

La serie también evita representar a la mujer heterosexual como enemiga del hombre gay o bisexual, alejándose de discursos misóginos que durante años aparecieron en ciertas narrativas queer. Por el contrario, se presenta como una figura capaz de acompañar, comprender y apoyar, proponiendo una red de afectos más compleja y solidaria.

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Tampoco se romantiza el poder dentro de la relación. Los dos protagonistas se encuentran en condiciones económicas, laborales y etarias similares, sin una jerarquía clara que incline la balanza. Son hombres fuertes en el sentido tradicional, pero también hombres que dudan, sienten y finalmente comunican lo que les ocurre, algo que durante décadas el cine y la televisión evitaron mostrar.

La serie rompe, además, con varios estereotipos: abandona la idea caricaturesca de la población LGBTIQ, cuestiona los patrones físicos asociados a los roles sexuales y deja de tratar la bisexualidad como un supuesto estado de confusión para mostrarla como lo que es: una orientación que simplemente existe.

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Finalmente, el sexo se representa como un acto construido desde el consentimiento mutuo y no desde la imposición de roles tradicionales. Más que una innovación, es una normalización tardía de algo que siempre debió ser evidente: el consentimiento como base del deseo.

Heated Rivalry permite imaginar un futuro. Permite pensar en un final feliz. Y, para muchas personas que han crecido fuera de la norma, muchas de ellas sin elegirlo, esa posibilidad sigue teniendo un enorme poder.

*Gabriela Villamil Yara, estudiante de Antropología en la Universidad del Rosario y mujer sáfica. Con intereses centrados en las relaciones de género, las identidades y la antropología de la sexualidad.

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Por Gabriela Villamil Yara | Especial para El Espectador

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