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¿Alguna vez dudó en involucrarse afectivamente por miedo a sufrir? La idea de que “amar siempre implica sufrir” está tan instalada que muchas personas entran a una relación esperando que el daño sea parte del vínculo. Desde la psicología se reconoce que ningún vínculo está libre de conflictos, diferencias o tensiones, porque todas las personas tienen historias, deseos y autonomía. Sin embargo, aceptar la existencia del conflicto no significa normalizar el daño, ni justificar prácticas que vulneran la autonomía, el bienestar o los derechos dentro de una relación.
Una distinción que a decir verdad, puede volverse más borrosa en personas LGBTIQ+ o en vínculos no normativos, es decir, relaciones que no se ajustan exclusivamente al modelo monógamol. En parte, esto ocurre porque la mayoría de los referentes sobre relaciones sexo-afectivas se construyen desde modelos tradicionalmente heterosexuales, lo que deja a muchas personas sin marcos claros para identificar las señales de relaciones saludables o los patrones que cuausan daño.
Para Alba Centauri, psicóloga social, sexóloga y creadora de Poli Activismo, un espacio virtual donde informa sobre educación sentimental, otro de los terrenos arenosos tiene que ver con la idealización de las relaciones diversas. Según explica, “por todo el estigma y la discriminación que implica pertenecer a estas diversidades, aparece una aspiración a hacerlo todo muy bien”.
Esto ocurre en un contexto social que todavía estigmatiza a las relaciones LGBTIQ+, presentándolas como “problemáticas” o “inestables”. Esa mirada prejuiciosa genera en muchas personas la presión de demostrar que sus vínculos “funcionan mejor”, incluso a costa de minimizar conflictos o nombrar las violencias.
En este contexto, Centauri explica cuáles son algunas buenas prácticas en las relaciones amorosas, cómo identificar factores conflictivos y qué papel puede tener la educación emocional en estos vínculos.
Cómo reconocer una relación sana: señales de bienestar emocional
Si bien el bienestar en una relación afectiva no se vive de la misma manera para todas las personas, sí existen algunas señales compartidas que permiten reconocerlo. Estas son algunas de las que compartió la experta:
- Regulación emocional: Se refiere a la capacidad de identificar lo que se siente y reconocer cuándo aparece una emoción. No se trata de controlarla ni de ignorarla, sino de entender qué emoción es y qué información aporta. En las relaciones afectivas, las emociones están presentes todo el tiempo, por lo que saber interpretarlas facilita una comunicación más clara y decisiones menos impulsivas.
- Comunicación: Implica poder expresar las emociones y la información que contienen. Muchas veces esa información habla de necesidades, límites, deseos o expectativas. Cuando una persona identifica una emoción de malestar y comprende lo que señala, puede comunicarla de forma más comprensible. Esto incluye hablar desde lo que se necesita y hacer solicitudes concretas a la otra persona, en lugar de acumular silencios, reproches o resentimientos.
- Responsabilidades: Se refiere al cuidado mutuo y a comprender qué compromisos existen en cada etapa del vínculo. Las responsabilidades no son las mismas al inicio de una relación que cuando existen acuerdos explícitos, tiempo compartido o proyectos en común. Surgen de lo que se promete y de lo que se reconoce que no se puede ofrecer. Entrar en un vínculo implica asumir un grado de responsabilidad sobre el propio bienestar y considerar el impacto de las acciones en la otra persona.
De los conflictos al daño: cómo identificar dinámicas perjudiciales en la relación
Así como existen conductas que aportan al bienestar dentro en una relación, también hay dinámicas en las que se repiten acciones dañinas o “tóxicas”, y que se manifiestan a través de transgresiones. Estas últimas se entienden como intromisiones en la autonomía de la otra persona, de acuerdo con Centauri.
Para explicarlo con un ejemplo sencillo, la especialista plantea un caso hipotético: “Si yo le digo a alguien ‘¿quieres comer un chocolate?’ y me dice que sí, y se lo come, no hay una transgresión. Pero si le digo ‘¿quieres comer un chocolate?’ y me dice que no, ahí entra el límite. Si aun así le meto el chocolate a la boca por la fuerza y hago que se lo trague, estoy transgrediendo la autonomía del otro. Entonces, toda transgresión de la autonomía del otro es un acto de violencia”, explica.
Este tipo de situaciones no se limita a ejemplos extremos. Acciones que si bien suelen asociarse de manera más evidente con los gritos, insultos y agresiones físicas, pero también pueden manifestarse en conductas menos visibles, como daños emocionales o psicológicos, que no siempre resultan fáciles de identificar.
Entre los ejemplos que menciona la experta se encuentran el hecho de no aceptar responsabilidades, como cuando se niega el daño, se culpabiliza al otro, se distorsiona lo ocurrido o se traslada la carga emocional para evitar asumir la responsabilidad. Como señala, “las transgresiones sistemáticas que pueden llamarse abuso están directamente relacionadas con no asumir responsabilidad y desplazar la culpa”.
Educación emocional y otras claves para relaciones amorosas funcionales
Aunque muchas veces la respuesta para tener relaciones amorosas estables suelen asociarse de inmediato con la ayuda de búsqueda psicológica, esta no siempre es accesible, ya que los costos pueden convertirse en una barrera y en una razón adicional de frustración..
Por eso, la psicóloga plantea que una alternativa es fortalecer la educación emocional que, de hecho, se debería trabajar desde la infancia. “En el formato tradicional de la violencia basada en género, con el hombre agresor, suele aparecer la dificultad para gestionar la ira, manejar la rabia o afrontar los celos. Si a las personas se les enseña desde pequeñas a atender sus emociones, será menos probable que recurran a la violencia o a la transgresión de los límites del otro como forma de expresión, y que además se sientan legitimadas para hacerlo”, comenta.
Frente a esto, propone que es válido adquirir estas habilidades mediante aprendizajes accesibles y graduales, lo que ella denomina “mordisquitos sencillos”, es decir, recursos que fortalecen la regulación emocional, la identificación de emociones y la comunicación. Estas herramientas ayudan a entender mejor las relaciones actuales y también aportan a otros ámbitos de la vida y a los vínculos en general. Como ejemplo, menciona espacios como talleres de inteligencia emocional o libros.
Pero también alerta sobre el uso de inteligencias artificiales y ciertos contenidos en redes sociales, que tienden a simplificar en exceso temas complejos como las relaciones humanas.
“Es importante no dejar que una inteligencia desencarnada nos diga qué es una emoción. Ahí está una de las principales barreras de la inteligencia artificial. Las emociones suceden en el cuerpo y, sin cuerpo ni sistema nervioso, estos modelos de lenguaje predictivo —que al final funcionan como una especie de autocompletado— no pueden saber cómo se siente algo. Pueden reunir conocimiento de muchas fuentes, y eso es interesante, pero no pueden sentir. Por eso, una habilidad clave para entender las propias emociones es la conciencia corporal, la atención plena a lo que está ocurriendo en el cuerpo. Ninguna inteligencia artificial puede hacer eso por mí”, comenta.
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