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Del “no seas tímida” al “no entiendes”: De la Espriella y el machismo en campaña electoral

Los comentarios y respuestas de Abelardo de la Espriella a dos mujeres periodistas en distintos espacios abrieron el debate sobre machismo, violencia simbólica, acoso y deslegitimación de las mujeres en medio de la contienda por la presidencia de Colombia.

Alejandra Ortiz Molano

13 de mayo de 2026 - 08:00 p. m.
Los comentarios de Abelardo de la Espriella a mujeres periodistas reactivaron las alertas sobre machismo y violencia simbólica en la campaña presidencial colombiana.
Foto: EFE - Mauricio Dueñas Castañeda
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A pocos días de que Colombia vaya a las urnas para la primera vuelta presidencial, la atención pública se concentra en quienes buscan llegar a la Casa de Nariño. Esta semana, el foco cayó sobre el candidato de derecha Abelardo de la Espriella, quien, en medio de la disputa con Paloma Valencia por el segundo lugar en las encuestas, protagonizó dos entrevistas atravesadas por comentarios y actitudes machistas. Más allá de la polémica en redes sociales, expertas consultadas explican que estos episodios evidencian formas de violencia simbólica y de género, y muestran cómo las discusiones sobre machismo atraviesan también las campañas electorales.

El primer caso se dio durante una transmisión en vivo de Piso 8 FM. En medio de la entrevista, Abelardo de la Espriella aseguró que había sumado votos “del electorado femenino” por el tamaño de sus genitales. Después, le pidió a la periodista Laura Rodríguez que hiciera zoom a una fotografía en la que, según él, eso podía verse con claridad. La escena estuvo acompañada de expresiones como “mi amor”, “cariño”, “no seas tímida” y “¿qué más ves?”. El momento se viralizó rápidamente en redes sociales, algunas personas calificaron lo ocurrido como acoso sexual, otras defendieron que se trataba de “humor”.

Frente a lo ocurrido, la periodista Laura Rodríguez dijo que se sintió irrespetada y vulnerada. “No fue un simple comentario desafortunado. Fue un irrespeto total hacia mí y hacia mi trabajo. Me sentí vulnerada, acosada y asqueada”, escribió en sus redes sociales.

Horas después, el candidato publicó un mensaje en el que aseguró que todo ocurrió en un “contexto humorístico y como parte del juego que se estaba dando en un programa de humor sobre mis partes íntimas”, publicó en su cuenta de X (antes Twitter). Además, insistió en que se trató de una “broma” y ofreció disculpas.

(Le podría interesar: El fantasma de la “ideología de género” reaparece en las campañas presidenciales: ¿por qué?)

¿Es “humor” o violencia de género?

Todo esto ocurre en un momento especialmente sensible para el periodismo colombiano, atravesado por las denuncias de acoso sexual y laboral que se han conocido en los últimos meses bajo el movimiento “Yo Te Creo Colega”, identificado como una segunda ola del ‘Me Too colombiano’. El movimiento recopiló cerca de 260 testimonios sobre violencias dentro del ejercicio periodístico. A eso se suman 200 relatos recogidos por el Ministerio del Trabajo durante inspecciones realizadas a medios de comunicación. Los casos hablan de acoso, abuso de poder y ambientes laborales hostiles que durante años permanecieron en silencio.

(Lea aquí: ‘Me Too Colombia’: informe reúne más 260 testimonios de acoso sexual y laboral en medios)

Aunque buena parte de esas denuncias apuntan a dinámicas dentro de las redacciones, las periodistas también enfrentan violencia por parte de las fuentes que cubren. En 2021, un informe elaborado por la Fundación Karisma, la Red de Periodistas con Visión de Género y Colnodo reportó que el 67 % de las mujeres periodistas en Colombia ha sufrido acoso sexual en el ejercicio de su trabajo. En la mayoría de los casos, los agresores son colegas hombres, con un 38 % correspondiente a jefes y un 27.2 % a fuentes.

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Es desde ahí que Viviana Vargas, abogada feminista y defensora de derechos humanos, señala que esta situación con no puede leerse como “humor”. Explica que la conducta estuvo dirigida específicamente hacia la periodista presente en la entrevista y que eso configura una forma de violencia de género. Para ella, De la Espriella “está regresándonos a un lugar no solamente de normalización del acoso sexual, sino de normalización de la humillación pública hacia las mujeres, porque la realidad es que lo que ocurrió con la periodista Laura Rodríguez fue acoso sexual en el espacio público”, dice a El Espectador.

Y es que el acoso sexual no se define por cómo lo interpreta quien lo ejerce, sino por lo que produce en la persona que lo recibe. Se trata de una forma de violencia y discriminación atravesada por relaciones desiguales de poder y de género. En este caso, entre una periodista y un candidato presidencial, en un medio de comunicación y frente a una audiencia.

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Según ONU Mujeres, el acoso sexual puede aparecer de distintas maneras: comentarios sexuales no deseados, insinuaciones, mensajes, gestos, miradas, tocamientos o presiones. Conductas que generan incomodidad, intimidación, humillación o un escenario hostil. Identificarlo no depende de la intención de quien las realiza ni del tono en que se dicen, sino de la ausencia de consentimiento y del impacto que tienen sobre quien las vive.

(Le puede interesar: ¿Cómo identificar el acoso sexual cuando parece “inofensivo”?)

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Para la abogada, no se puede perder de vista quién lo dice en este caso, pues allí hay una relación de poder y, además, un mensaje directo a la sociedad. “Que quien aspira a ocupar el máximo poder público, el máximo poder del Estado, valide y legitime directamente una violencia que estamos tratado de desnormalizar, puede empezar a generar la lectura de que esta violencia es normal y volver a generar validación y legitimidad social, lo que implica que se exacerbe y aumente”, agrega.

Por su parte, Gabriela Galeano, abogada especializada en temas de género, explica que el “humor” no elimina las relaciones de poder ni los efectos simbólicos de lo que se dice. Cuando un candidato o figura pública hace comentarios sexualizados hacia una periodista, no está interactuando en igualdad de condiciones.

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“Ese argumento de que “es solo humor” funciona como mecanismo de minimización y evita discutir el impacto real de los comentarios. Además, traslada la responsabilidad a quien se sintió afectada, como si el problema fuera ‘no entender el humor’ o ‘ser demasiado sensible’. Sin embargo, este tipo de expresiones tienen consecuencias concretas porque deterioran la legitimidad profesional de las periodistas, generan entornos hostiles y envían el mensaje de que las mujeres en el espacio público pueden ser sexualizadas incluso mientras ejercen su trabajo”, afirma, en conversación con este diario.

Foto: Mauricio Alvarado Lozada

Cuando la respuesta apunta a la periodista y no a la pregunta

Pero los cuestionamientos sobre las conductas machistas del candidato Abelardo de la Espriella no terminaron con ese episodio. Días después, durante una entrevista con la periodista María Lucía Fernández en Noticias Caracol, volvió a protagonizar otro momento que encendió alertas. Fernández le preguntó por una frase que él mismo había pronunciado años atrás: “La ética no tiene nada que ver con el derecho”. A partir de eso, le planteó si en un eventual gobierno suyo podría ejercer el poder sin ética.

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La reacción del candidato fue inmediata, tomó un tono confrontativo y buscó minimizar a la periodista. “Eso fue mal interpretado, entiendo que mucha gente no lo entienda. [...] La pregunta viene con su veneno, tú no entiendes la diferencia porque tú no tienes formación en derecho y tampoco en filosofía del derecho. [...] Yo no dije que el abogado no debía tener ética, pero como tu pregunta tiene veneno y al parecer tú estás aquí para eso. [...] Si hubieras investigado un poco sabrías que uno es en la ética y otro es el derecho”, respondió.

La escena volvió a mover una discusión que va más allá de la tensión entre periodistas y figuras políticas en escenarios electorales. Para las analistas, este tipo de respuestas son una forma de deslegitimar públicamente a las mujeres cuando preguntan, cuestionan o interpelan el poder. Además de desacreditar la pregunta, también pone en duda la capacidad intelectual y profesional de quien la formula.

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“Es un aleccionamiento público del lugar donde muchos hombres quieren seguir viendo a las mujeres y del costo que piensan que merecemos pagar por habitar espacios que consideran reservados para los hombres. Es la exhibición, la humillación, la interpelación permanente, la duda constante sobre sus capacidades, sobre su conocimiento y sobre su mérito”, asegura Vargas.

(Le podría interesar: “La violencia se ha normalizado en los medios”: Fabiola Calvo sobre denuncias de acoso)

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En contextos de violencias basadas en género, esto es lo que se conoce como violencia simbólica. “Es una forma de violencia encubierta, indirecta y masiva que se manifiesta a través de representaciones culturales, estereotipos, lenguajes, normas y actitudes que refuerzan y perpetúan la subordinación y discriminación hacia las mujeres”, plantea ONU Mujeres. En esa categoría también se ubica el concepto de mansplaining, una práctica que no necesariamente implica insultos explícitos, pero sí formas de minimizar, desautorizar o invalidar el conocimiento de las mujeres a partir de estereotipos de género.

La escritora Rebecca Solnit, quien popularizó el término, señaló en su momento que el problema no radica únicamente en que un hombre explique algo, sino la estructura cultural que lleva a que muchas mujeres sean interrumpidas, puestas en duda o tratadas como menos expertas de forma sistemática. La lógica detrás del mansplaining es que el hombre asume una posición automática de autoridad y coloca a la mujer en un lugar de inferioridad o desconocimiento.

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En el caso de María Lucía Fernández, el candidato utilizó expresiones como “tú no entiendes la diferencia”, “tú no tienes formación”, “tu pregunta tiene veneno” y “si hubieras investigado”. Sobre ese punto, las expertas coinciden en que se trata de una forma de violencia simbólica contra la periodista y de allí surgen las críticas hacia sus comportamientos machistas.

Gabriela Galeano subraya que sí se trata de violencia simbólica “por el mensaje que envía, especialmente en un escenario como la televisión, donde ocurrió el intercambio con María Lucía Fernández. Allí se minimiza su autoridad profesional y se reproducen estereotipos de género, sobre todo en la política, porque el mensaje implícito es que las mujeres ‘no sabemos de política’. En últimas, esto afecta la participación de las mujeres en el espacio público”.

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Para Vargas, esto se traduce en humillación, exigencias desmedidas y presión constante sobre mujeres como Fernández, quienes, aunque hoy ocupan lugares visibles y de reconocimiento, han tenido que enfrentar estándares más altos que los de muchos de sus colegas hombres. Y añade que esa carga también recae sobre otras mujeres que, para siquiera aspirar a esos espacios, deben demostrar repetidamente sus capacidades, habilidades y compromiso profesional.

Frente a los comentarios a ambas periodistas, las reacciones llegaron desde distintos sectores políticos que hoy disputan la presidencia de Colombia. Sergio Fajardo, Claudia López, Paloma Valencia e Iván Cepeda cuestionaron públicamente sus comentarios y calificaron su comportamiento como “arrogante”, “misógino”, “intolerable” y “denigrante”.

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El candidato respondió que se trataba de una “cortina de humo”. “Los de siempre y el régimen están en la misma narrativa. Aquí, el único que ha defendido a las mujeres he sido yo, y no con discursos inanes”, escribió en sus redes sociales. Para respaldar su argumento, apeló a su trayectoria como abogado y mencionó su participación en iniciativas legislativas relacionadas con violencias contra las mujeres, entre ellas la Ley Natalia Ponce y la Ley Rosa Elvira Cely.

(Lea más aquí: Cepeda, Valencia y otros reprochan declaraciones de De la Espriella contra periodistas)

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Foto: Óscar Pérez

“Abelardo de la Espriella encarna la masculinidad hegemónica”: el machismo como estrategia electoral

No es la primera vez que el candidato es cuestionado por comentarios machistas. En otros escenarios también ha reforzado ciertas ideas sobre cómo entiende las relaciones entre hombres y mujeres en la política. Por ejemplo, durante un encuentro con medios en la Universidad Sergio Arboleda, explicó por qué rechazó una invitación de Paloma Valencia a debatir. “Yo soy bueno pa’ la pelea y si voy a algún debate puede salir alguno de los dos con un coñazo. Yo prefiero cuidar esa relación con ella como una tacita de té”, dijo.

De acuerdo con las expertas, lo que aparece de fondo es la idea de que las mujeres no terminan de ser reconocidas como interlocutoras en un debate político. Sus argumentos quedan desplazados hacia un lugar en el que ellas aparecen como figuras que el hombre debe “proteger”, evitar confrontar o contener, mientras el liderazgo masculino sigue asociado a la dureza y a la exhibición de la virilidad. “En este tipo de discursos, la virilidad es una herramienta política que busca transmitir autoridad, fuerza y capacidad de imponerse, vencer y dominar”, apunta Galeano.

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A su vez, Vargas considera que “Abelardo de la Espriella encarna la masculinidad hegemónica, que es mayoritaria en este mundo y también en nuestra sociedad. El error está en pensar que Abelardo es un extraño en esta contienda”.

Otro de esos episodios que se le cuestionan se dio durante la gira de campaña a finales de abril. Abelardo de la Espriella visitaba un taller de cerámica cuando una artesana empezó a explicarle cómo funcionaba su trabajo. “Cuando no es pedido de rapidez, es terapéutico. Pero cuando lo cogen a uno que para ya…”, expresó ella. Él la interrumpió con un comentario en doble sentido: “Depende. Hay rapiditos buenos, generala”. A lo que ella respondió incómoda: “No, yo no sé”.

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Ese comentario se suma a otras intervenciones públicas en las que el candidato construye una imagen de masculinidad asociada a la fuerza y la potencia sexual como atributos de liderazgo. En distintos eventos ha repetido variaciones del mismo chiste: “En estos días me dijo un señor: ‘Yo pensé que usted era más alto’, y yo le dije: ‘Hermano, los cojones no me dejaron crecer’”.

Sin embargo, las analistas coinciden en que es una imagen pública calculada. Para Galeano, los comentarios del candidato “dejan ver que aún hay una parte del espectro político en la que el poder está profundamente asociado a la masculinidad hegemónica y a la forma en que se ha ejercido históricamente”. En su análisis encuentra que la masculinidad, desafiante y sexualizada también funciona como una estrategia de conexión emocional con ciertos sectores del electorado. En redes sociales, podcasts y canales dirigidos principalmente a hombres jóvenes, se ha consolidado una narrativa donde el feminismo, la igualdad de género o la llamada “corrección política” son presentados como amenazas. Por lo que esta imagen “puede generar conexión con sectores del electorado que sienten incomodidad frente a los cambios culturales relacionados con género, diversidad o igualdad”, agrega.

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“Existe un cálculo político detrás de sus comentarios, porque estamos viendo un incremento del discurso antifeminista, no solamente entre hombres. Esta hipermasculinidad, abiertamente violenta y amenazante, es un discurso que a nivel global está permeando a nuevas generaciones de hombres y mujeres”, concluye Vargas.

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Por Alejandra Ortiz Molano

Antropóloga, periodista y realizadora audiovisual, con una maestría en Salud Pública.@aleja_ortizmaortiz@elespectador.com
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