Lenyn Lima Rodríguez es una mujer indígena del pueblo ñamepaco, en el corazón de la Amazonía colombiana, y madre de dos hijos. Cuando recuerda el nacimiento de su hija, lo primero que vuelve es la sensación de no haber podido decidir. Tenía apenas 20 años y estaba en el tercer trimestre de embarazo cuando la remitieron al Hospital San Antonio de Mitú por presentar presión arterial baja. Allí entró en trabajo de parto y tuvo que enfrentarse sola a términos clínicos que intentaba comprender desde su lengua materna.
Lo que le indicaban poco tenía que ver con lo que su mamá le había enseñado, desde la medicina tradicional de su pueblo, sobre cuándo y en qué posición recibir a un bebé. Al final, con poco margen para tomar decisiones, el parto terminó en cesárea. No fue un caso fortuito, pues con su segundo hijo corrió una suerte similar.
Lima es la actual secretaria general del Consejo Indígena del TIURIS, sigla del Territorio Indígena Unido de los ríos Isana y Suburí. Durante años, ella y otras mujeres vieron cómo las instituciones de salud desconocían sus prácticas ancestrales relacionadas con el parto y, muchas veces, tampoco les explicaban por qué tomaban ciertas decisiones sobre sus cuerpos. De ahí nació el proceso que hoy lideran alrededor de la “soberanía reproductiva” y que reúne a más de un centenar de mujeres para hablar de las barreras que enfrentan en el ejercicio de sus derechos sexuales y reproductivos.
Pero para entender cómo llegaron hasta ese punto hay que devolverse más de dos décadas, cuando empezó a consolidarse el TIURIS, una Entidad Territorial Indígena (ETI) que reúne a 15 comunidades, en su mayoría del pueblo ñamepaco, ubicadas entre Vaupés y Guainía, en la frontera con Brasil. Aunque por un largo tiempo, esta forma de gobierno estuvo liderada principalmente por hombres, ellas reclamaron un lugar propio bajo el principio ñamepaco “pakuakatsa wadenika inauru-Aatsia”, que significa “todos juntos”. Esta idea reconoce que mujeres y hombres sostienen la vida del territorio desde saberes distintos, pero complementarios.
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Una de las primeras preocupaciones de estas lideresas fue entender por qué estaban desapareciendo variedades de yuca cultivadas durante generaciones y cómo enfrentar las plagas. Después comenzaron a trabajar en la transmisión de conocimientos y a intercambiar experiencias con mujeres de otras comunidades indígenas. En esas conversaciones comprendieron que cuidar su cuerpo y su salud también era una forma de cuidar el territorio. De ahí tomó forma lo que llamaron la “soberanía reproductiva”.
Según explica Lima, el término, que vienen trabajando desde 2023, no se refiere “solo a tener hijos, sino también decidir en qué momento tenerlos, cómo, cuántos y dónde. Es esa autonomía que queremos tener al momento de tomar decisiones”, afirma. También implica que a sus saberes se les reconozca el mismo valor que la medicina occidental.
Ese choque entre ambas culturas se hace especialmente visible durante los embarazos. La lideresa cuenta que muchas gestantes son remitidas a hospitales de Mitú o Inírida, un viaje que desde el territorio solo puede hacerse en avioneta o después de dos días de camino. A pesar de la distancia, suelen salir de sus comunidades luego de recibir explicaciones llenas de términos médicos en español, difíciles de entender, que les generan miedo y les hacen sentir que no tienen otra opción.
Para ellas, el problema no es solo que no puedan decidir, sino que esa atención desconoce la forma en que históricamente han cuidado los embarazos y acompañado los partos en sus comunidades. “Acá, cuando hay gestantes, se les hace control con medicina tradicional, se les cuida y se está pendiente hasta que nazca el bebé. También se puede parir como uno quiera, sentada o medio acostada, pero allá tiene que ser como dicen los médicos”, narra.
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Y, aun cuando aceptan dejar de lado sus cosmovisiones para seguir las indicaciones de los hospitales, tampoco encuentran condiciones dignas. Muchas deben viajar solas, con poco dinero y sin intérpretes, pese a que en la Amazonía colombiana se hablan 66 lenguas indígenas. “La mujer necesita a su esposo como apoyo en el momento del parto, pero hay veces que la sacan y no la dejan acompañarla. Ella queda solita y sin hablar español. Eso es de lo más complicado”, dice.
Lenyn Lima, quien habla en nombre de las mujeres de estas comunidades, explica que esas conversaciones nacieron de sus propias experiencias y les permitieron elaborar un diagnóstico de las barreras de acceso, atención y tratamiento en salud, tanto dentro como fuera del territorio. Ese trabajo se consolidó en el Instrumento Normativo Propio para la Protección de la Salud y la Soberanía Reproductiva de las Mujeres, impulsado desde su autoridad territorial.
Ese proceso les permitió afirmar que mantener vivas sus prácticas de parto también implicaba decidir sin miedo y recibir información clara sobre si querían tener a sus bebés en el territorio o desplazarse a un hospital. A partir de ese trabajo, plantearon que cualquiera de esas decisiones debía contar con garantías. Si una mujer elegía parir en su comunidad, tenía que poder hacerlo en condiciones mínimas de seguridad y con respeto por su cosmovisión. Si, por el contrario, existía una situación de riesgo o prefería salir del territorio, debía contar con un plan de parto intercultural, evitar procedimientos innecesarios y estar acompañada.
Todo lo que lograron identificar las llevó a formular una serie de exigencias y a reunirse, el pasado 17 de julio, con delegados de las Secretarías departamentales de salud de Vaupés y Guinía, de los hospitales municipales de Mitú e Inírida y de la Procuraduría delegada para asuntos étnicos. Allí expusieron las problemáticas recogidas durante su proceso organizativo y buscaron acordar con las instituciones prestadoras de salud las adecuaciones socioculturales necesarias.
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Entre las dificultades dentro del territorio señalaron que los niños y niñas que nacen allí pueden quedar sin registro civil y que el trámite ante la Registraduría no siempre es sencillo. También mencionaron la falta de mecanismos para transmitir conocimientos tradicionales, el aumento de embarazos en niñas y adolescentes y la necesidad de impulsar procesos de apropiación social del conocimiento para parteras territoriales.
Sobre la atención fuera del territorio, pidieron que las mujeres remitidas puedan viajar con intérpretes o acompañantes comunitarios que les traduzcan del español al ñamepaco y viceversa, que se permita el ingreso de medicina tradicional a los hospitales y que reciban información clara sobre cada procedimiento. También exigieron acceso a educación integral en sexualidad, kits de aseo con enfoque diferencial, atención prioritaria, exámenes diagnósticos oportunos y afiliación efectiva al sistema de salud. Además, plantearon que las mujeres puedan contar con un parto respetado que les permita mantener prácticas propias de su cultura y que sus acompañantes tengan condiciones dignas. Básicamente, que puedan recibir una atención médica que no las obligue a renunciar a su cosmovisión.
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