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Por un momento, intente hacer el ejercicio de leer los siguientes comentarios que han surgido en el marco de las elecciones presidenciales y trate de ponerle cuerpo y nombre a quien cree que los recibió: “Ningún chaleco antibalas le sirve a ese desproporcionado cuerpo”, “falsa líder sin gestión propia”, “lo único que ha hecho es gritar”. O estos: “por su condición de arepera y machorra no puede tener hijos, y por lo tanto no sabe lo que es parir”, “del partido de la gritona”, “es machorra verdulera”. Y también: “a duras penas sabe leer y escribir y quiere salir de pobre con el dinero público”, “su único logro es ser indígena”, “mal hablada”. O estos otros: “ni idea quién es esa señora”, “es irrelevante”, “esta cucha tan cucha”.
Todos estos comentarios fueron publicados en redes sociales contra las mujeres que el 31 de mayo estarán en el tarjetón, compitiendo por la Presidencia y Vicepresidencia del país. Figuras con ideologías, propuestas, trayectorias y orígenes distintos, pero cuestionadas por la misma vara: los estereotipos de género.
Se trata de Paloma Valencia, senadora y candidata presidencial por la Gran Consulta por Colombia, juzgada por su apariencia física y señalada como ficha estratégica del expresidente Álvaro Uribe. De Claudia López, candidata que compite con su partido independiente y quien ha sido atacada por ser una mujer abiertamente lesbiana. También de Aida Quilcué, fórmula vicepresidencial de Iván Cepeda por el Pacto Histórico, senadora y lideresa indígena del Cauca, que ha enfrentado comentarios racistas por su identidad étnica. Y de Edna Bonilla, candidata por Dignidad y Compromiso en fórmula con Sergio Fajardo, exfuncionaria de la Alcaldía de Bogotá y profesora de la Universidad Nacional, cuestionada incluso por su baja visibilidad en el debate público.
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Organismos como ONU Mujeres han señalado que este tipo de ataques pueden ser considerados una forma de violencia de género que no se presenta solo a través de amenazas explícitas, sino también mediante prácticas sutiles y normalizadas, como comentarios sexistas o estereotipos de género. A esto se le conoce como violencia simbólica: una forma encubierta e indirecta de discriminación que busca menoscabar la credibilidad de las mujeres o anular su participación en la vida pública.
Para entender por qué opera de esta manera, Luisa Salazar Escalante, abogada, investigadora y estudiante de doctorado de ciencia política en la Universidad de los Andes, propone mirar la historia. Durante décadas, la exclusión de las mujeres de la política fue una restricción explícita impuesta por el Estado, que no las consideraba ciudadanas, no les permitía votar y las relegaba al ámbito privado y al hogar. Esa exclusión fue sedimentando la idea de que las mujeres “no son para la política” y ese prejuicio, dice Salazar, es el suelo sobre el que crecen todas las demás discriminaciones.
Estos comentarios se inscriben en un contexto histórico de baja representación. “Desde que las mujeres obtuvieron el derecho al voto y pudieron ejercerlo, en 1957, encontramos muy pocos registros para la presidencia. Básicamente solo han sido diez candidatas”, señala Salazar en conversación con El Espectador. En un país que nunca ha tenido una presidenta y donde las mujeres ocuparon apenas el 29 % de las curules del Congreso en las últimas elecciones legislativas, la baja presencia hace que quienes alcanzan visibilidad se conviertan en blanco de ataques constantes. Tal como ocurre con las cuatro mujeres que conforman las fórmulas con mayores intenciones de voto en este momento.
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No obstante, no son situaciones que se limiten únicamente al hecho de ser mujeres. La experta, quien también es coautora de la primera encuesta que midió experiencias de violencia en la campaña al Congreso de 2022, realizada con la MOE, la Universidad de Uppsala y los Andes, identificó que las violencias aumentan más por razones identitarias que por el espectro político. “Encontramos que la identidad es más relevante como motivación para las violencias. Cuando les preguntábamos a los políticos que describieran las motivaciones de los comentarios violentos que recibían, las mujeres reconocían que muchas eran por ser mujer, los afro por ser afro, los indígenas por ser indígenas, o por el prejuicio hacia personas LGBT”, dice.
Salazar comparte que este hallazgo puede entenderse desde la interseccionalidad, un concepto de los estudios de género que analiza cómo distintas capas de discriminación se cruzan sobre una misma persona. En política, esto implica que las mujeres no son atacadas de manera homogénea, sino que cada una, además de ser mujer, enfrenta formas particulares de discriminación.
Aunque las trayectorias, las posturas políticas y los perfiles de las candidatas son distintos, muchos de los ataques coinciden en convertir su cuerpo, su orientación sexual, su edad o su identidad étnica en motivos de descalificación pública.
Detrás de todas esas capas, en el caso de las mujeres, aparece un denominador común: los estereotipos de género. Virginia García Beaudoux, doctora en psicología, investigadora y experta en comunicación, explica que ellas enfrentan imaginarios construidos sobre sus capacidades que no necesariamente corresponden con la realidad. “Estereotipos que no tienen nada que ver con la posibilidad de desempeñarse, pero que derivan en formas de violencia que hacen que las mujeres jueguen con la cancha inclinada en contra de sus campañas”, dice a este diario.
El ejemplo más común tiene que ver con el liderazgo. “El estereotipo de lo masculino es fortaleza, asertividad, racionalidad. Cuando la gente piensa en liderazgo, piensa en esas características. Sin embargo, cuando se piensa en lo femenino, las características que se adjudican de manera automática son sensibilidad, emocionalidad e irracionalidad. Las mujeres, por el hecho de haber nacido mujeres, tienen que estar rindiendo examen de liderazgo político todos los días”, comenta. Así lo confirmó el Índice de Normas Sociales y de Género de la ONU en 2023, que reveló que la mitad de la población mundial aún cree que los hombres son mejores líderes políticos que las mujeres.
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Pero este no es el único estereotipo que se esconde bajo el tapete de los mandatos de género. García señala que, una vez instaladas en la política, enfrentan mediciones adicionales que sus colegas hombres raramente conocen. La maternidad, por ejemplo. “Si una mujer tiene hijos, cómo va a compatibilizar su rol de madre con la política. Y si no tiene hijos, qué ambiciosa, le dedicó mucho tiempo a la carrera”. También aparecen cuestionamientos sobre su preparación y experiencia; el tildado de “histéricas” cuando demuestran tenacidad y cuando tienen respaldo político, sus logros se atribuyen a un “padrino” antes que a su propia trayectoria.
Todo ello acompañado del escrutinio sobre sus cuerpos, ya sea desde la sexualización o desde la crítica a su apariencia física. “El cuerpo de las mujeres es siempre un territorio de violencia política. A los hombres se les cuestionan sus ideas o posturas. A las mujeres simplemente se las descalifica por su edad, su apariencia, su manera de vestirse, por si son muy femeninas o muy masculinas”, menciona.
Finalmente, Salazar considera que las violencias psicológicas, simbólicas y políticas terminan alejando a las mujeres de estos espacios. “Encontramos diferencias de género. Las mujeres son menos propensas, en entornos donde hay múltiples formas de violencia, a querer volver a lanzarse. Muchas dicen que es incompatible la política con la vida personal, o que el costo es muy alto para que una mujer decida”. Y agrega que, por lo menos en el caso colombiano, esas violencias no vienen necesariamente de grandes estructuras: sus principales perpetradores son otros votantes, simpatizantes, políticos rivales o integrantes del propio partido, que encuentran en las redes sociales, los debates públicos y los medios de comunicación el escenario perfecto para ejercerlas.
García advierte que es importante empezar a reconocer cuándo un ataque está atravesado por estereotipos de género y, para ello, propone hacer el ejercicio de “darle la vuelta a la silla”. Es decir, que “cada vez que estés pensando algo de una candidata, da vuelta a la silla y pensá si se vería absurdo o ridículo pensar lo mismo acerca de un candidato hombre. Si se ve absurdo o ridículo, quiere decir que es un sesgo, es un estereotipo o es un prejuicio”, concluye.
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