María sintió ese pequeño calor que le sube por el vientre. Cerró los labios, respiró bajito y se levantó de su puesto en un movimiento lento y calculado. Se puso detrás de su silla y abrió la maleta con cuidado, como quien no quiere llamar la atención de nadie.
Metió la mano y empezó a buscar entre sus cosas: la chaqueta, los cuadernos, su botilito. Hasta que sus dedos tocaron un plástico. Lo tomó rápido y lo escondió en su puño. Desde atrás, entre el ruido de la clase, un compañero gritó:
-Shhhh, que le llegó, Andrés….
Todos y todas comenzaron a reír.
El cuerpo de María reaccionó antes que ella. Quiso hacerse pequeña, desaparecer un segundo del mundo. La solución: salir corriendo al baño.
Esta escena puede pasar desapercibida dentro de un salón de clases. Pero para María Alejandra Losada, Sharon Pulido, Nicolle Camelo, Juan Pablo Díaz, Edwin Hernández y Brandon Rojas, seis estudiantes de grado once del colegio Juan Rulfo, en Usme, fue el detonante que le dio vida a algo inmenso, la habían visto por años entre pasillos, en los baños, en los pupitres y en boca de todos sus compañeros. Pero todo comenzó con una pregunta.
—¿Eso realmente resuelve un problema social?—preguntó la profesora Karen, de contabilidad, en medio de una discusión sobre su proyecto para la feria de emprendimiento del colegio.
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Pensaron en vender manillas, chanclas y hasta kits de aseo pero la pregunta quedó resonando durante unos días. Entre tareas, cuentas y reuniones empezaron a abrir una conversación sobre la menstruación y el cuidado dentro de las aulas.
“Empezamos a reconstruir estas experiencias marcadas por la vergüenza y el miedo. Desde compañeras entrando en pánico después de mancharse y los comentarios fuera de lugar hasta niñas que no sabían cómo usar una toalla higiénica porque nunca nadie se los enseñó”, recuerda Nicolle de 16 años.
Entonces las historias comenzaron a aparecer una tras otra.
“En el salón no se puede caer una toalla porque los niños la abren y la empiezan a pegar por todo lado. Empiezan: ‘¿De quién es eso?’, ‘¡Qué asco!’. A veces cogen los tampones y los echan al agua. Todo se vuelve una burla y un chisme. Hacen que una se sienta con miedo”, cuenta Sharon.
También aparecieron frases que, de tanto repetirse, terminaron normalizándose: “Está re cookie sangrienta”, “uy, huele a pescado”, “déjela quieta que está en sus días”. Comentarios que siguen atravesando la experiencia de muchas niñas en los colegios y que convierten algo cotidiano fisiológico en una situación que todavía se vive bajando la voz, escondiendo una toalla y sintiendo vergüenza.
Cada 28 de mayo se conmemora el Día Internacional de la Higiene Menstrual, una fecha que busca, justamente, erradicar los estigmas y visibilizar la menstruación como un tema que atraviesa la salud, los derechos humanos y la dignidad. En Colombia, según cifras de UNICEF y el DANE, el 52.3% de niñas y adolescentes ha faltado alguna vez al colegio por temas relacionados con la menstruación, un 34% no sabía qué era el periodo antes de su primer sangrado y el 25% de las adolescentes en latinoamérica ha faltado a clases durante su periodo por falta de productos de higiene, baños seguros o agua limpia.
Fue ahí donde este grupo de estudiantes entendió que la creación de un elemento podría convertirse en el punto de partida para contrarrestar una deuda histórica con la menstruación en la sociedad.
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Un bolsita roja, que cupiera en una mano y tuviera todo lo necesario: una toalla, un protector, pañitos y un chocolate. Pero lo central es la guía escrita por ellos, con palabras sencillas e información clave. Explica cómo colocarse una toalla, cómo usar un tampón, cómo registrar el ciclo menstrual y cuáles son los cambios hormonales.
“Queríamos que cualquier niña pudiera entenderlo, incluso si nadie nunca se lo había explicado”, dice Brandon de 16 años.
El proyecto tomó meses. Hubo discusiones, cambios, peleas y reuniones interminables. Tuvieron que aprender de contabilidad, calcular ganancias, justificar precios y organizar una mini empresa casi desde cero.
Pero mientras avanzaban, entendieron que el kit nunca fue solamente una bolsita con productos menstruales: estaban creando un sistema de cuidado.
“Más allá de las ventas, nosotros queremos generar una causa, un movimiento, para las mujeres y los hombres, las niñas, los niños y los padres, porque a todos nos debería importar”, afirma Juan Pablo.
En medio de esas conversaciones, empezaron a insistir en algo que terminó marcando el rumbo del proyecto: los hombres también tienen que hacer parte de esta conversación.
Para los y las estudiantes, el problema no era únicamente la falta de acceso a productos menstruales. Era la forma en que muchos hombres crecían creyendo que el periodo era un chiste, algo asqueroso o un tema ajeno. “Hay niños que dicen: ‘Eso a mí no me interesa porque a mí no me llega’. Y pues no. Ellos tienen mamás, hermanitas, amigas”, reclama Maleja.
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Por eso insisten en que los hombres pueden ser aliados a la hora de reivindicar la menstruación en las aulas. La idea empezó a reflejarse incluso en actos pequeños. Los tres ahora cargan una toalla higiénica en la maleta “por si alguna compañera la necesita”. “Muchas veces estamos cerca de una amiga o una familiar que puede necesitar ayuda y nosotros también podemos brindarla”, dice Edwin.
El día de la feria de emprendimiento algunos miraban el stand y seguían caminando. Otros decían que no estaban interesados. Entonces decidieron salir a buscar a la gente.
Repartieron más de 1.500 stickers por el colegio, caminaron ofreciendo su producto y empezaron a explicar personalmente el propósito del kit. Ahí empezó a cambiar todo. Las mamás hacían preguntas. Los padres comenzaron a detenerse. Uno de ellos les pidió que le explicaran la guía “para saber qué hacer” cuando a su hija le llegara el periodo por primera vez.
Al final del día, vendieron todo y se convencieron de que gran parte del problema también está en cómo muchas personas crecen con la idea de la menstruación como algo distante y estigmatizado, Por eso, el objetivo es claro: “que todas podamos sentirnos tranquilas en el colegio sabiendo que hay una red de apoyo que asume este tema por como es, algo normal”. dice Nicolle.
En la que una compañera no tenga que esconderse después de mancharse.
En la que los hombres no reaccionen con burlas, sino con apoyo.
Un espacio donde hablar del periodo deje de sentirse como un secreto.
Hoy sueñan con llevar su proyecto a más colegios, incluso a otros países. Hablan de alianzas, de talleres y charlas informativas dadas por ellos. Sueñan con que más niñas vivan con libertad, información y seguridad su menstruación, con que más hombres se sumen y con cambiar esas escenas como la de María, que son parte de la realidad diaria.
Mientras los escucho, vuelvo a pensar en María corriendo hacia el baño.
En que María he sido yo, hemos sido todas. En su corazón acelerado. En la falta de información sobre su cuerpo. En la vergüenza que nunca eligió. En las burlas y las humillaciones. Y pienso en lo que podría significar para ella sentirse cuidada: pasar de esconder una toalla dentro del puño a encontrarse con una red donde compañeros, profesores y familias sepan acompañar, responder y entender.
Quizás ahí está lo más poderoso de esta historia: que una idea que nació entre las cuatro paredes de un salón de clases termine imaginando una forma distinta de cuidarnos entre todos y todas.
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