Con 20 años recién cumplidos, su celebrado diploma de bachiller bajo el brazo, sin opción universitaria ni un puesto de trabajo decente, John Mario Jaramillo decidió emigrar hacia Estados Unidos. Nunca iba a recibir una visa de ingreso en la embajada, pero una red de “coyotes” le ofreció entrar al país norteamericano, saltándose las reglas a través de México. Así que decidió arriesgarse. Le pidieron $10 millones y, cuando los reunió, una camioneta llegó a su casa a recoger el dinero. La primera sorpresa fue la multitud de hombres y mujeres de todas las edades que tenían su mismo propósito por el mismo precio. “Se mueve demasiada plata. Todo se tiene que entregar en efectivo y después empiezan a dar las instrucciones”, cuenta.
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Al grupo que lo sumaron lo integraban siete adultos, cuatro hombres, tres mujeres y un menor de edad. Entre todos pagaron no sé cuántos millones para estar ahí. La suya fue una inversión de varios meses de trabajo, y ahorro. En su ilusión, el esfuerzo se empezó a materializar en la entrega de un tiquete de avión a Cancún, México, por parte de la red de “coyotes”. Como si fuera de paseo, alojado junto a los demás en tres habitaciones de un módico hotel de la ciudad. La maravillosa experiencia de conocer el mar a las puertas de una aventura con 99 % de adversidad. (Le recomendamos: La otra cara del sueño americano: pocos dólares, discriminación y explotación)
Mala hora que se adelantó en Tijuana, porque en el primer puesto de control los detuvo la Policía de Migración. El grupo se dispersó y él fue a dar a una celda con otros colombianos en el mismo tránsito. Sin ventilación, hacinados, sin más defensa que un lavamanos y un inodoro. Algo de melón picado, burros de frijol y pan con tinto para no dejarlos morir de hambre. Y en celdas paralelas cubanos, venezolanos, ecuatorianos, chilenos, paraguayos, de todas las naciones de América, buscando cómo coronar Estados Unidos.
A la segunda noche apareció un abogado para rescatarlo que cobró US$1.500. Jaramillo no sabe qué conversó con los policías, pero después de su intervención, junto con otros, lo trasladaron a una vivienda en un bloque de apartamentos en una zona residencial. “Había internet”, recalca con agudeza paisa. Pero él se dedicó a dormir, a esperar, a consultar su dispositivo, porque no se lo quitaron. Un lento transcurrir de las horas sin nada que hacer y a la expectativa de volver a una celda que se rompió cuando se asomó al que reconocieron como “el coyote”.
Un hombre de unos 30 años que se identificó como el guía y que, sin preámbulos, llenó de pasajeros su camioneta y los llevó al desierto. Había dos hombres con dos hijos y dos nietos. Dos mujeres de Cali. Con Jaramillo eran nueve desde Mexicali hacia la muerte. Avanzando en la camioneta, después en motos y luego a tientas en la noche, con escasas luces, pasando por debajo de las cercas. Haciendo fuerza para que los bebés no los delataran con su llanto. Matorrales, espinas, alambradas, dos horas de camino azaroso. (Le puede interesar: ¿De dónde vienen los migrantes y refugiados que cruzan el Darién?)
Vieron drones vigilantes en un cielo sin nubes y también osamentas, maletas, vestidos, desechos alimenticios, botellas y pertenencias humanas. Todo para terminar alumbrados y detenidos por la policía al acecho. Huellas de los 10 dedos, agua y manzana por cabeza para pasar el trago amargo, y luego a una celda inmensa, como un gran estacionamiento. Más de 40 migrantes fallidos cubiertos con frazadas de aluminio esperando trámite para agilizar su deportación. El sueño americano convertido en una pompa de jabón. Los “coyotes” los terminaron entregando a migración norteamericana, diciéndoles que los dejarían libres tras unos días.
A la mañana siguiente, Jaramillo fue enviado al primero de cinco albergues en Baja California, donde cohabitó con decenas de africanos, muchos orientales, caribeños de todos los acentos, haitianos los más discriminados y, por supuesto, los colombianos. La mayoría rolos y paisas, pero también costeños y de Cali. A unos y otros, los demás presos les nombraban a Pablo Escobar. Poco a poco su destino era ser remitidos a Los Ángeles y aprovechar el tiempo para saber de las historias de otros desdichados.
Un trabajador de Corabastos en Bogotá con dos hijos, que se le midió a pagar el costo de la travesía por verse en Estados Unidos ganando en dólares. Una pareja de jóvenes de Bello que se cansó de ganar unos cuantos pesos para sobrevivir. Otro estudiante de Aguablanca en Cali que le tocó sacar un préstamo gota a gota para pagar su derecho. A todos les cobraron sumas similares y, después de casi un mes dando vueltas en albergues y encadenados por el estómago antes de ser deportados, agotaron su tiempo en Estados Unidos. (Puede ver: Crisis migratoria: 10.000 migrantes esperan en Colombia para cruzar el Darién)
Vivieron a punta de agua, cereal, paquetes de papas y burritos de frijol. Clasificados por brazaletes verdes y blancos. Por eso, a pesar del aterrizaje forzoso, tuvieron tiempo para rivalizar con los colores deportivos de sus equipos de fútbol. Un mes de detención y Jaramillo escasamente vio un altercado entre un ruso y un venezolano por un mal sueño. La solidaridad era una alianza invisible ante el fracaso. Era el distintivo de un regreso digno a casa con las manos vacías. De hecho, cuando llegaron a El Dorado los sacaron por la puerta de atrás.
Migrantes fallidos, pero sin miedo a volver a intentarlo, con el único temor de tener que enfrentar a sus padres o a sus parejas y contarles que esta vez no se pudo. Que no es como les habían contado antes de cancelar el dinero para cubrir los derechos del “coyote” y del abogado. “Ahora entiendo por qué mamá decía que de eso tan bueno no dan tanto”, recalca con acento de revancha. Por ahora va a trabajar, siempre legalmente, pero lo suyo solo es un sueño aplazado. Con o sin papeles, en Estados Unidos, Canadá o Europa, Jaramillo quiere ser un hombre de mundo, porque dice que no encuentra oportunidades en Colombia para él y su familia.
Más allá del muro
Desde junio de este año, el Ministerio de Relaciones Exteriores de Colombia viene alertando sobre el aumento de las redes criminales que engañan a colombianos prometiéndoles entrar a Estados Unidos. En su momento, la entidad comunicó que “las mafias de migrantes y de tráfico de personas los abusan, los violan, separan a los niños de sus familias y los dejan tirados en el desierto”. Además, se hizo énfasis en la supuesta estrategia que prometen los “coyotes” a los migrantes para entregarlos a las autoridades, como en el caso de John Mario Jaramillo.
“Las personas que se están entregando en la frontera aplican a la figura de asilo político, que siempre ha existido y para la cual se debe tener un caso bien argumentado de miedo creíble en el país de origen. Gran porcentaje de las personas que ingresan utilizan esta figura con desconocimiento de lo que significa, cuáles son los requisitos y cómo es el proceso. Desconociendo que esto no es indicativo de que pueden ingresar, tener estatus legal y residir en Estados Unidos”, asegura la entidad. De igual forma, como testifica Jaramillo, la mayoría de las personas que solicitan el asilo pueden permanecer meses detenidos en los albergues, mientras un juez decide su situación migratoria. (Le puede interesar: Migración Colombia impulsa un diálogo sobre la crisis migratoria en Necoclí)
La Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de Estados Unidos (CPB, por su sigla en inglés), establece que para este año fiscal, que va desde octubre de 2021 hasta octubre de este año, 116.470 colombianos fueron capturados al tratar de ingresar ilegalmente al país norteamericano. Estos datos representan una cifra mucho más elevada de la que se registró en el mismo período fiscal del año pasado, cuando las autoridades de Estados Unidos capturaron a 10.495 personas por migración irregular. El aumento de las detenciones no ha sido solo para los colombianos, ya que se ha presentado un incremento general. El consolidado hasta agosto determina que 2’493.721 de personas han sido capturadas por estos hechos, en comparación con las 1’956.519 de 2021.
Colombianos en México
En el último año, según cifras de Migración Colombia, se les ha negado el ingreso a México a 21.829 colombianos, incluso en casos en los que se cumplen todos los requisitos migratorios. La entidad pública señala que “la autoridad migratoria mexicana, en representación de ese Estado, cuenta con la facultad soberana y discrecional para aplicar la inadmisión o rechazo sobre ciudadanos extranjeros que arriben a su país”. De igual forma, la Cancillería de Colombia asegura que el año pasado se presentaron 336 denuncias por maltrato y supuestas agresiones realizadas por las autoridades migratorias de México y, en lo que va de este año, se han interpuesto 186 quejas.
Al respecto, el gobierno de México explica que los colombianos son inadmitidos por alguna alerta migratoria, documentación irregular, inconsistencias en las entrevistas e incumplimiento por los requisitos solicitados. Por el momento, la Cancillería de Colombia emitió un comunicado con recomendaciones para disminuir el riesgo de inconvenientes migratorios cuando se viaje a México. La entidad aconseja llenar el formulario de prerregistro, contar con alojamiento para toda la estancia, disponer de un plan turístico definido y presentar constancia laboral.