16 Sep 2022 - 2:00 p. m.

Colombianos buscaban ingresos y terminaron “esclavizados” en EE.UU.

Con la ilusión de hacerse algunos dólares, diez colombianos viajaron para trabajar de forma irregular en plantaciones de marihuana en el sur de este país. Varios de ellos denuncian que fueron estafados y que padecieron un ambiente de maltrato y amedrentamiento armado.
Natalia Herrera Durán

Natalia Herrera Durán

Periodista Investigación
Luis Carlos Galeano, junto a los cultivos de marihuana de la finca, donde al final no le remuneraron su trabajo en Oklahoma.
Luis Carlos Galeano, junto a los cultivos de marihuana de la finca, donde al final no le remuneraron su trabajo en Oklahoma.
Foto: Archivo Particular

La revolución de la industria del cannabis en Estados Unidos se abre paso, como en otras latitudes, a un ritmo vertiginoso. A partir del año 2020, uno de cada tres estadounidenses vive en un estado donde se ha legalizado la marihuana, según las cifras del Instituto Brookings. Esto, sin duda, ha sacudido la economía y ha traído miles de puestos formales de trabajo, así como ha impulsado una mano de obra irregular, por la que se paga menos, que migra buscando ingresos alrededor del nuevo boom. Esta historia empezó como una aventura, una que “te pintan de colores, con pajaritos alrededor”, dice Andrés*, uno de los diez colombianos que viajaron en el verano de 2021 a trabajar como “ilegales” en una finca con licencia para cultivar marihuana con fines medicinales en el estado de Oklahoma y terminó denunciando falta de pago, malos tratos y comercio de marihuana entre estados.

“Yo había renunciado a mi trabajo anterior, cuando un conocido de Pasto publicó en sus redes sociales que quienes tuvieran visa vigente a Estados Unidos y estuvieran interesados en conocer y trabajar en la industria del cannabis legal, que lo contactaran. Y eso hice, tenía una enorme ilusión porque yo cocino con marihuana y me interesa esa industria”, comenta Andrés y explica cuáles eran las condiciones del viaje. Iría de forma regular de Bogotá a Miami. Allí compraría un tiquete para Houston y luego uno más para Tulsa, en el estado de Oklahoma, para escapar del radar de las autoridades migratorias, porque los empleadores no iban a pagar impuestos por su trabajo. En el aeropuerto lo recogerían y lo llevarían a la finca, a 40 minutos en carro de la ciudad de Tulsa, en la zona rural de Claremore, una ciudad del condado de Rogers (Oklahoma).

Allí estaría Antonio Para, un estadounidense, en sus 40, de gorra, candado poblado, cadenas de oro y tatuajes, a quien le gustaba que le dijeran Tony Montana, como el poderoso narcotraficante protagonista de la célebre película Scarface. Para era reconocido en el ambiente como el dueño de la finca de cerca de tres hectáreas con licencia para cultivar marihuana con fines medicinales. Un lugar alejado de todo. La tienda más cercana para comprar comida podía quedar a tres horas caminando. Andrés trabajaría junto a otros colombianos sembrando el terreno con las plantas de marihuana, alrededor de 10 horas diarias. Le pagarían 10 dólares la hora, le darían el hospedaje, parte de la alimentación y descansaría los domingos.

“Cuando llegué, recuerdo que me impresionó porque solo había camas para dos o tres personas y al resto nos tocó dormir como pudiéramos, en una silla, en un colchón inflable, si encontrabas uno. Estábamos tirados por todas partes. Yo dormí esa primera noche en un sleeping bag sobre un tapete de la sala”, menciona. Se trataba de diez colombianos, el más joven tenía 23 y el más viejo 36 años. La mayoría eran conocidos o amigos de Mauricio Santacruz, representante de Colombia Exotics, una marca de productos con cannabis, quien sirvió de intermediario para que pudieran trabajar en esa finca.

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“Al siguiente día, me levanté a trabajar a las 8:00 a.m. Vi que no daban desayuno, sino que comían quienes tenían comida guardada. Sin embargo, me compartieron y en ese momento el trato era muy amable y relajado. Las primeras dos semanas fueron muy pesadas, porque teníamos que llenar con 5.000 materas todo el campo de tres hectáreas en un calor insoportable. Nos tocaba cargar cada matera de 100 litros al hombro, sacar la tierra que estaba apelmazada y llevarla por hileras. Era duro, pero yo hacía cuentas y pensaba, bueno al menos ya hice 1.500 dólares. Después de esas dos semanas el trabajo no fue tan pesado, pero sí laborioso: organizar el campo, poner las mangueras de irrigación, sembrar los pies de marihuana. Tocaba trabajar con manga larga, guantes, gafas, porque la marihuana tiene unos pelitos que se te pueden incrustar en la piel y provocar alergia e hincharte todo”, comenta Andrés.

La ilusión de tener la remuneración prometida por su trabajo se desvaneció pronto. “Cuando llegué, se estaban cumpliendo 15 días de algunos y los muchachos empezaron a reclamar su pago. Les dijeron que nos iban a pagar a todos juntos y que sería el primero de cada mes ahora, pero en esa fecha tampoco cumplieron y solo pagaron una parte y ya después nos empezaron a soltar de a 200 dólares cada semanita, para terminar de pagar el primer mes de trabajo. La alimentación también era muy mala. Nos daban al día una hamburguesa con queso y entre todos se gastaban 80 dólares. Como soy cocinero, propuse que yo cocinaba para todos para comer mejor. Los jefes aceptaron, pero pronto querían reducir el presupuesto mensual de comida. Todo se tornaba muy difícil, ya no querían que descansáramos ni los domingos”.

“Yo nunca pensé encontrarme el “tercer mundo” tan vivo en el llamado “primer mundo”. Un mundo racista y explotador. Gracias a Dios no me pasó nada, no me cascaron, no me pegaron un tiro. Pero el riesgo era palpable”.

Camilo, trabajador colombiano en cultivo de marihuana legal.

La tensión crecía. Luis Carlos Galeano, de 25 años, otro de los colombianos que estaban en la finca antes de que Andrés llegara, también la notaba. De hecho, dice que venía de tiempo atrás, cuando se enteraron de que a varios empleados de California que trabajaban en los invernaderos no les habían pagado porque, supuestamente, a las plantas les habían salido insectos y la producción se había estropeado. Y, como en las leyes del Viejo Oeste, los jefes esperaban que eso les trajera una venganza. “Esos trabajadores estaban molestos y los jefes nos dijeron que habían amenazado a la finca. Por eso siempre estaban armados, paranoicos, inestables. Siempre tuve miedo de que se armara un tiroteo. Incluso, en algún momento le pidieron a un compañero que patrullara armado, pero él se negó porque dijo que no se iba a hacer matar por ellos”, señala Luis Carlos.

Camilo*, otro de los colombianos, ratifica que nunca se sintieron seguros. “Un día llegó un dron a hacernos inteligencia. Y salieron ellos con escopetas a intentar bajarlo. Nos mantenían en situaciones de estrés y pánico. Tanto que uno de nuestros compañeros que sí tenía licencia de conducción y vivía en Estados Unidos se compró un arma para tener en el cuarto por si algo pasaba en la noche”.

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Andrés coincide en que empezaron a vivir un ambiente de violencia psicológica constante: “Los jefes y coordinadores presumían sus armas y no cualquiera. En Oklahoma, el porte de armas es legal. Disparaban a cualquier hora del día sus ametralladoras y nos invitaban a que disparáramos, armaban morritos para entrenar puntería y descargaban las armas mientras trabajábamos. Yo sentía que las balas nos pasaban al lado. Era miedoso. Algo que nunca viví en Colombia. Parecía una misión del juego de video Grand Theft Auto, con gringos machotes, que desayunaban con cerveza y cigarrillo, fumaban marihuana todo el día, eran estúpidos, metidos en negocios ilegales, siempre te hablaban a los gritos y te puteaban por todo”.

Detalla también un episodio que Luis Carlos Galeano tiene muy presente. El día en que les ordenaron que empacaran marihuana al vacío. “Luego llegaron a recogerla para enviarla a otros estados, como Michigan, Carolina del Norte y del Sur, Texas, Nueva York y Atlanta. Nos tocaba marcar cada bolsa de marihuana. Un día llegó uno de los jefes todo asustado a decirnos que si habíamos empacado la marihuana con guantes porque se había caído un cargamento. Nosotros nos miramos sorprendidos y respondimos que no, que nadie nos había dicho que tocaba con guantes. Y empezaron a meternos miedo con eso, que de pronto ese cargamento que se había caído tenía nuestras huellas y que las autoridades podían estar investigándonos”.

La marihuana en Estados Unidos

En Oklahoma, obtener una licencia de marihuana, la mano de obra y el uso de la tierra tiene costos más bajos que en cualquier otro estado. Por eso, los cultivadores pueden producir una libra de cannabis a US$100 y luego venderla en el mercado ilegal entre US$3.500 y US$4.000 en California o Nueva York. El negocio puede dejar ganancias astronómicas si se evade a las autoridades, que constantemente llevan a cabo redadas, con el fin de reducir la producción de marihuana ilegal. Estas cifras se las dio Mark Woodward, vocero de la Oficina de Narcóticos de Oklahoma, a Simón Romero, corresponsal del New York Times, en diciembre de 2021, en un reportaje que explicaba por qué Oklahoma se convirtió en el estado con mayor auge de cultivos de marihuana en Estados Unidos.

En la actualidad, en ese país el uso recreativo de marihuana es legal en 19 estados y en el Distrito de Columbia, que incluye a Washington, la capital del país. Además, en 37 de los 50 estados se permite el uso medicinal. Sin embargo, los vacíos legales siguen siendo enormes y, por ejemplo, no se puede vender de un estado a otro, así los dos hayan legalizado. Además, la política nacional de drogas de Estados Unidos sigue dándole la espalda a la regulación y la marihuana todavía se clasifica como una droga “clase 1″, así como el LSD, la heroína, la cocaína y el éxtasis, entre otras, lo que no deja de ser problemático para los vendedores y usuarios.

Eso explica, en parte, por qué Oklahoma, uno de los estados más conservadores en el sur de los Estados Unidos, se ha convertido en uno de los lugares más fáciles para iniciar un negocio de marihuana, a pesar de que no ha legalizado su uso recreativo. En 2018, Oklahoma legalizó la marihuana medicinal y desde entonces cuenta con más tiendas minoristas de cannabis que Colorado, Oregón y Washington juntos. De hecho, en octubre de 2021, Oklahoma superó a California como el estado con la mayor cantidad de granjas de cannabis con licencia, que ahora suman más de 9.000, a pesar de tener una población de solo una décima parte de la de California y de no tener la experiencia que este último ha tenido con la siembra de marihuana. La ley en Oklahoma no establece un límite sobre cuántas tiendas pueden vender marihuana, ni cuántas granjas ni mucho menos se pone un tope a la cantidad de plantas que se pueden sembrar.

Por eso hoy se respira marihuana en todos lados, en las ciudades hay más tiendas de marihuana que de alimentos y en los cultivos ya no se siembra algodón o trigo solo weed, como se le conoce. Por eso para las autoridades es claro que los cultivadores de Oklahoma están produciendo mucha más marihuana de la que se puede vender en el estado y están alimentando los mercados ilícitos de todo el país. Esta oferta en constante expansión también ha hecho que los precios del cannabis se desplomen a la mitad, y esto ha tenido un fuerte impacto en los ingresos.

“En la finca empezaron a juntarse los pagos. No nos pagaban. Ni daban al final para la comida. Trabajábamos más de diez horas al día, en lo que ellos quisieran, como ellos quisieran. Eran unos esclavistas. Decían que no les había ido bien en su negocio, pero nosotros no teníamos la culpa”, señala Camilo. Andrés comenta que cuando la situación se agravó le escribieron a Mauricio Santacruz, el colombiano que los había contactado para el viaje, y le comentaron que ellos sabían que viajaban a hacer un trabajo pesado, pero no pensaron que los iban a tener como esclavos. Y que, con muy poca empatía, Mauricio les contestó que si no les gustaba, que cogieran un avión de regreso a Colombia y hasta les recordó que debían pagarle una comisión de dinero por haberlos recomendado. Al final, tres de los colombianos renunciaron y según sus cuentas les quedaron debiendo once mil dólares entre los tres A los demás que siguieron trabajando hasta el final de la temporada, todavía hoy les adeudan dinero.

Consultado por El Espectador, Mauricio Santacruz aseguró que él no les cobró una comisión, sino que les pidió “una ayuda”: “Yo estaba en Colombia. Y por eso les dije, por favor, así como yo los estoy ayudando para que vayan y conozcan y ganen, espero que me ayuden con algo a mí, porque estábamos en plena pandemia. Se los dije como cualquier persona que ayuda con algún trabajo en Colombia”, y subrayó que si él “hubiera sabido que se iban a presentar todos esos malentendidos, no hubiera ayudado a nadie”, que él no obligó a ninguno de los colombianos a irse para allá y que “al sol de hoy no he visto un dólar de ellos, ni las gracias”. Este diario también se contactó con el estadounidense Antonio Para, el supuesto dueño de la finca, pero no recibió ninguna respuesta de su parte al cierre de esta edición.

(Lea la entrevista completa a Mauricio Santacruz aquí)

“Nos pasó a nosotros, pero cuántos se quedan allá, comiendo mierda, sufriendo. A nosotros nos pudieron pegar un tiro y enterrarnos allá y nadie se hubiera dado cuenta. Por eso es importante que se conozcan estas historias, para advertir a otros colombianos de lo que se puede vivir en esos cultivos”, concluye Andrés. “Yo vendí mi moto para irme para allá, hacer más plata y venirme, pero no hice nada. Aunque me da más duro saber que había colombianos que eran padres, que estaban tratando de hacer plata para mandar a su familia y fueron engañados”, resume su experiencia Luis Carlos Galeano.

Su historia hace parte de las cientos que hay de migrantes colombianos que han viajado en el último tiempo. Un fenómeno que ha tenido un incremento acelerado posterior a los impactos económicos, laborales y sociales que trajo la pandemia por el covid-19 al país. Angélica Palacios, integrante del equipo jurídico de Colombia del Centro Americano para la Solidaridad Sindical (una organización no gubernamental que trabaja con organizaciones sociales y sindicales por los derechos humanos y laborales de la población migrante en varios países) señala que, por un lado, “hay una migración pendular de colombianos de ingresos medios, que se están yendo con visa de turismo a trabajar por seis meses de manera irregular, sin pago de seguridad social, ni de salud, como la historia de estos colombianos en Oklahoma, y hay otra migración de colombianos de muy pocos ingresos que están arriesgando la vida en pasos clandestinos por Centroamérica para entrar a Estados Unidos, sin fecha de regreso”.

Este incremento migratorio ha quedado reflejado en el aumento anual de 24,4 % en el flujo de remesas para el año 2021, enviadas desde Estados Unidos a Colombia, según el Banco de la República. Así como en las cifras que da la Oficina de Aduanas y Protección de Fronteras de los Estados Unidos, que hasta el 3 de agosto de 2022 registraron 2′242.414 colombianos intentando atravesar de forma irregular a este país. “Los colombianos están migrando, hoy más que nunca, buscando alternativas para sobrevivir, y en ese camino siguen muy expuestos a violencias y abusos laborales”, dice Palacios. Andrés, Camilo y Luis Carlos hoy entienden muy bien a qué se refiere.

*La fuente pidió reservar su identidad.

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