23 Aug 2020 - 2:00 a. m.

Salvatore Mancuso, entre una cárcel en Colombia o su plan de irse a Italia

Al rojo vivo está la controversia jurídica para definir el destino del exjefe paramilitar. La situación revive el expediente judicial por narcotráfico en Italia, mientras en Colombia siguen apareciendo reclamos de víctimas en búsqueda de verdad.

“Él está al final del proceso de paz, seguramente después le darán un par de años preso y luego se viene a Italia. Él debe preparar la casa, tenemos una gran oportunidad”. Así hablaba Giorgio Sale a su hijo David sobre Salvatore Mancuso, en una conversación interceptada por orden del Tribunal de Reggio Calabria en 2001. Un expediente que después de cuatro años de escuchas telefónicas, folios y anexos, entre el caudal de información cruzada de varios países, dejó al desnudo el plan dorado del jefe paramilitar luego de la guerra.

En noviembre de 2006, en una redada que incluyó a 49 lavadores y narcotraficantes de Italia, España y Colombia, en desarrollo de la operación internacional Tiburón Galloway contra el narcotráfico y el lavado de activos, cayó el empresario italiano Giorgio Sale. La novedad causó primero revuelo social en Colombia, por tratarse del propietario del restaurante L’Enoteca en Barranquilla, con sucursal en Cartagena, habitual sitio de encuentro de políticos, funcionarios públicos y magistrados de la Corte Suprema de Justicia y el Consejo Superior de la Judicatura.

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Apenas tomaba forma el segundo mandato de Álvaro Uribe, echaba fuego el escándalo de la parapolítica y el plan de Salvatore Mancuso se enredaba. La Corte Constitucional había puesto las cosas en su sitio en el camino de la Ley de Justicia y Paz, y ya no iban a ser un par de años de cárcel, y con la tcaptura de Giorgio Sale quedaba en veremos su otoño en Italia. También arriesgaba $3 mil millones que Mancuso le había entregado a Sale para el montaje de L’Enoteca. Una mala hora que cerró con su traslado a la cárcel de Itagüí, junto con los demás jefes del paramilitarismo.

Como tiempo después lo admitió Mancuso ante Justicia y Paz, él y Giorgio Sale se habían conocido en 2001, cuando el jefe paramilitar le compró 800 botellas de vino, dos refrigeradores y dos cavas, en un negocio de $300 millones que terminó pagando el narcotraficante Miguel Ángel Mejía, alias el Mellizo. La relación marchó por buen camino, planearon su retiro de lujo y la amistad se consolidó con la inversión de L’Enoteca, sugerida por Sale como “un buen negocio con rentabilidad del 4 y 5 %”. Todas estas vueltas se armaban mientras Mancuso zigzagueaba a la justicia.

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Lo que se supo después es que, al mismo tiempo que Sale oficiaba como anfitrión social, los embarques de cocaína de las autodefensas, vía Mancuso, tenían un destino preferente: Calabria (Italia). El autor del libro Camorra, Roberto Saviano, cita en su obra a una fuente que le confirmó que el hijo de un inmigrante italiano radicado en Montería (Colombia), llamado Salvatore Mancuso, “comandante de un ejército”, había ayudado a inundar de coca a Italia, fortaleciendo el poder de la Ndrangheta, la mafia calabresa con vasos comunicantes con la Cosa Nostra siciliana.

Al final, la suerte de Giorgio Sale y Salvatore Mancuso derivó en destinos impensados. Con el escándalo de la operación Tiburón Galloway, el exitoso empresario italiano se vino a menos. Sus restaurantes y almacenes cayeron en el cerco judicial y su clientela salió espantada, sobre todo la del círculo de magistrados que oficiaban como sus contertulios. Aunque supo sortear el proceso judicial en Italia, finalmente terminó capturado en Colombia en febrero de 2012 y alcanzó a pasar por La Modelo. En marzo de 2015 falleció en Cartago (Valle), donde permanecía en detención domiciliaria. A la tumba se llevó la historia de sus planes y coartadas con Mancuso.

En cuanto al exjefe paramilitar, el 13 de mayo de 2008 terminó extraditado a Estados Unidos. Y como lo hizo en Colombia antes de que fuera enviado a una cárcel norteamericana, en adelante se volvió un recurrente confesor en varios procesos judiciales. Habló de la masacre de El Aro en Antioquia, de la de El Salado en Sucre, de los círculos de creación del bloque Capital en Bogotá o de la masacre de Mapiripán en Meta, entre otros. Fue condenado a 12 años de prisión por narcotráfico y este año terminó de cumplir su pena en una cárcel de Atlanta (EE. UU.).

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A la espera de su destino inmediato fue a dar a una cárcel de paso en Georgia, donde un juez tendrá que decidir a dónde lo envía. Como otros jefes paramilitares extraditados que regresaron a Colombia, si su destino es el país, lo esperan varios procesos judiciales, pues su prontuario señala que está acusado de cometer un sinnúmero de delitos desde que entró a ser parte de la casa Castaño en Córdoba, hasta que se desmovilizó con el bloque Catatumbo en diciembre de 2004. Aunque dicen sus allegados que ya pagó ocho años de cárcel pactados en Justicia y Paz, aún tiene verdades pendientes.

Esta semana, el exministro Álvaro Leyva Durán, que el pasado 29 de julio propició un diálogo entre Salvatore Mancuso y Rodrigo Londoño o Timochenko, le pidió públicamente al exjefe paramilitar que, junto al jefe del Partido FARC, “den los pasos pertinentes con el propósito de que las víctimas y la opinión nacional conozcan de manera directa la verdad que está por relatarse”. Mancuso se mostró solícito en persistir en la reconstrucción de las memorias de la guerra, pero en las circunstancias actuales él tiene claro que prefiere ir a Italia.

Es el país de sus ancestros, tiene la nacionalidad y al parecer sus cuentas judiciales de sus andanzas como narcotraficante en asocio con Giorgio Sale se pueden resolver más fácil que regresando a la caldera judicial de Colombia. Acá lo esperan fiscales y jueces que quieren oírlo antes de cerrar sus casos, mientras otros, como la JEP, lo dudan, pues saben que abrirle la puerta es la senda de su libertad. Sin querer queriendo, Salvatore Mancuso está a las puertas de concretar su retiro anhelado a Italia, la nación que solo es suya por asuntos de sangre, pero que hace 15 años ayudó a llenar de cocaína.

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Según la revista Semana, Salvatore Mancuso y Giorgio Sale no solo pensaban en un complejo de casas en Italia, sino en comprar un hotel en Roma, una empresa de vinos en Montalcino y hasta idearon un lote de cría de búfalos, o una red de inversiones inmobiliarias que comenzaba en el sur de Italia y terminaba en el principado de Mónaco. Al menos esos fueron planes que quedaron al descubierto en la operación internacional Tiburón Galloway en noviembre de 2006 y que ahora no se sabe si puedan reactivarse si Mancuso llega a ser enviado a Italia.

Esta semana, la Cancillería radicó por cuarta vez ante el Departamento de Estado de Estados Unidos una solicitud formal de extradición a Colombia, y el propio presidente Iván Duque expresó que Mancuso “tiene graves deudas pendientes con la justicia colombiana”, y anunció que, si piensa ser deportado a Italia, acudirá a los principios de jurisdicción universal por crímenes de lesa humanidad”. Los conocedores del caso han advertido que el Gobierno se pellizcó tarde respecto al caso Salvatore Mancuso y que ahora no la tiene tan fácil.

La solicitud de Mancuso para ser deportado a Italia se hizo el pasado 27 de marzo. Solo hasta el 15 de abril reaccionó el Estado colombiano y lo pidió en extradición. Ahora los mensajes del presidente dejan ver la encrucijada en que se encuentra. “El futuro de Salvatore Mancuso en Colombia debe ser una cárcel. Ofrecerle caminos de ausencia de prisión y no extradición a cambio de supuesta verdad es una agresión a sus víctimas que esperan sanciones ejemplarizantes”. Pero el asunto, más que en los terrenos de la política, se resuelve en los estrados judiciales.

En esa materia, aunque Mancuso dice que sea en Colombia o Italia, su compromiso con las víctimas es “inquebrantable e inamovible”, es claro que una cosa es su retorno a Colombia y otra su remisión a Italia, donde se dice que la organización que él ayudó a estructurar facturó millones de euros, algunos de los cuales habrán quedado a salvo del laberinto judicial. De aquellos tiempos en 2003, en los que Giorgio Sale, desde el hotel Pratesi de Roma, se comunicaba con Salvatore Mancuso para sellar sus acuerdos, mucha agua sucia ha pasado y mucha impunidad también.

Sin embargo, si son enormes las deudas de verdad que Mancuso tiene en Colombia, las del capítulo italiano son remotas. De ese fugaz escándalo solo quedó hace más de una década la condena de dos profesionales que saben bien los alcances de la alianza ilegal. El ingeniero textil Francisco Javier Obando, quien después de vivir una década en Inglaterra terminó en Colombia como administrador de los restaurantes de Giorgio Sale y fue testigo de excepción de su estrecha amistad con Salvatore Mancuso, hasta que cayó detenido y fue sentenciado por lavado de activos en 2006.

El otro condenado fue Celso Alfredo Salazar, un médico veterinario y ganadero que hasta estuvo hospedado en un castillo de Giorgio Sale en Italia y viajó en aviones privados cerrando negocios. Como propietario de tierras en Córdoba, se hizo cercano de Mancuso y luego ofició como asesor de sus inversiones en ultramar. En una ocasión fue detenido en el aeropuerto Los Garzones de Montería con US$200 millones en efectivo, pero en aquellos días las buenas conexiones judiciales de Sale y el poder de Mancuso le permitieron eludir el obstáculo. Lo mismo que hicieron tres italianos detenidos en 2002 con US$398.300.

Eran los tiempos en los que Giorgio Sale era el rey social en Barranquilla, Cartagena y Bogotá, y su socio Mancuso comenzaba a transar con el gobierno Uribe sus largos años en el paramilitarismo. El mismo proceso que en julio de 2004 lo llevó al Congreso para mostrarse como adalid de paz, provocando una tormenta política, y que al año siguiente lo llevó a desmovilizarse cuando quedó lista la Ley de Justicia y Paz y el trampolín a la política. Lo esperaba un exilio reposado en Italia que terminó por complicarse por los inciertos cruces entre la justicia y la política, aunque ahora, 15 años después, puede materializarse.

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