Andrea Burgos sintió que los 30 minutos que se demoraron en abrirle esa enorme puerta azul que la separó injustamente de su familia durante 455 días se sintieron, en realidad, como tres siglos. Del otro lado se escuchaba una canción de Jerry Rivera: “Quiero cantar de nuevo y caminar y celebrar mi libertad”. Ella, todavía al interior de la cárcel de Villahermosa, en Cali, estaba confundida. Entre la felicidad y el escepticismo, no entendía por qué un año atrás la habían condenado a nueve años de prisión; por qué los policías que la capturaron le dijeron que iban a ganarse un permiso y por qué la Corte Constitucional se había fijado en ella, en el caso de una mujer negra, trans y vulnerable, para dejarla libre.
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Su caso, o el día más triste de su vida, comenzó el 2 de diciembre de 2018. Ese domingo, Andrea salió de un velorio y agentes de la Policía la capturaron por, supuestamente, arrojar un arma al suelo tras la presencia de las autoridades. Andrea lo negó todo desde el primer momento, pero los policías decidieron capturarla y de manera explícita le dijeron: “Con usted me gano un permiso”. Después de unas horas, ella salió libre de la estación de Policía. El caso quedó congelado durante casi seis años. El 11 de septiembre de 2o24, a menos de un mes de la prescripción del caso, la Fiscalía reactivó el proceso y , luego, el juzgado 4 penal de Buenaventura dictó una sentencia.
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Todo ocurrió sin la presencia de Andrea Burgos y solo se enteró del avance del caso cuando le notificaron que iba a pasar nueve años de su vida en la cárcel. El 17 de enero de 2025, Andrea llegó a un pasillo para mujeres trans en uno de los pabellones de la cárcel de Villahermosa. Ese día pensó que su futuro se había paralizado. Que no iba a poder hablar con la comunidad que había creado en redes sociales en su papel de influenciadora. Y lo que más le dolía era no ver a su familia, el pilar de su vida. Pero su caso tomó revuelo. En redes sociales clamaron por su libertad y el colectivo Justicia Racial, en cabeza del abogado Alí Bantú Ashanti, denunció violencia policial, racismo y transfobia.
Ante las evidentes fallas, el colectivo logró que la Corte revisara el caso y tumbara la condena. El pasado 7 de abril, alto tribunal determinó que el proceso contra Burgos estuvo atravesado por profundas irregularidades, negligencia y discriminación. Tras la decisión, Andrea quedó en libertad ese mismo día y, en diálogo con este diario, recordó ese momento como el mejor de su vida. La enorme puerta azul del penal se abrió. La canción del salsero Jerry Rivera se confundió entre los gritos y el llanto de su familia que de inmediato se lanzó a los brazos de Andrea cuando la vieron salir con su cabello negro hasta la cintura. Los guardias del Inpec, desde adentro, se quedaron inmóviles ante la escena que los conmovió.
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En el proceso contra Andrea Burgos, la Fiscalía solo se basó en el testimonio del agente captor, Carlos Alberto David Úsuga. En la sentencia conocida por El Espectador se pudo corroborar que únicamente se mencionan dos pruebas tenidas en cuenta: el testimonio del agente y la ausencia de un permiso para portar armas. Además, uno de los puntos clave que resaltó la Corte Constitucional en su fallo fue que la audiencia preparatoria, el juicio oral, los alegatos, el sentido de fallo y la sentencia fue sin presencia de Andrea. Por eso, el alto tribunal revocó la sentencia protegiendo los derechos fundamentales al debido proceso, a la defensa y a la libertad. En este contexto, la Corte también hizo énfasis en la discriminación, pues las autoridades desconocieron el nombre identitario de Andrea y utilizaron el género masculino para referirse a ella, pese a su autoreconocimiento como mujer transgénero.
A la salida de Andrea del penal, su mamá solo pudo arrodillarse, y con las manos al cielo, agradeció a Dios por devolverles la felicidad. “Sentí ese amor que de niño siempre pedía”, narró Andrea Burgos. Ella misma recuerda que su nombre era Sergio. Nació y creció en el barrio Lleras, en Buenaventura, pero dice que era un lugar homofóbico y discriminatorio. “Los barrios costeros suelen ser machistas”, añadió. En medio de toda la violencia y crudeza, Andrea siempre vuelve su mente a su mamá y su tía que la amaron incondicionalmente, aunque eso no le quitó el miedo de contarles pronto que quería ser una mujer. “Quería contarle a mi mamá sobre mi sexualidad, pero me daba miedo que me rechazara o me echara de la casa”.
Y continúa: “Pero cuando le conté, ella me preguntó si estaba preparada para ese mundo y, al ver mi determinación, me apoyó y se volvió mi mejor amiga”. A pesar del amor incondicional que la rodeaba, los malos tratos eran una realidad. “La gente me discriminaba con insultos homofóbicos. Tenía miedo de salir y que me hicieran daño. Yo veía que a las personas de la comunidad LGBTIQ+ les tiraban palos, botellas o bolsas de basura. Tenía mucho miedo”, dijo Andrea. Pero la violencia iba a marcar su vida de manera definitiva el 2 de diciembre de 2018, cuando los policías la capturaron por ser negra, mujer y trans, tal y como lo dejó en evidencia su abogado desde que fue notificada la sentencia contra Andrea Burgo.
“Lo que ocurrió fue un falso positivo judicial y no fue un error aislado, sino el resultado de un engranaje donde el sistema penal opera bajo una presunción de culpabilidad basada en el color de la piel, la condición económica, el origen y el género”, explicó el abogado Bantú, quien agregó: “Hemos evidenciado una falla cultural que comienza en la interacción diaria del ciudadano con la Policía: el perfilamiento racial. Para la población afro, ser negro es sinónimo de sospecha. Esto funciona como un filtro selectivo para generar estadísticas. Se detiene a personas afro basándose en estereotipos de peligrosidad, algo que rara vez se aplica a ciudadanos no racializados”.
Para el colectivo, el caso de Andrea es el ejemplo más crudo de cómo la justicia penal puede operar como una guillotina”. Andrea fue víctima de malos tratos, violentada física y psicológicamente por las autoridades tras su captura y condena. “Sentí que el mundo me cayó encima. Ahí empezó mi frustración, pero he luchado. Trato siempre de olvidarlo para no sentirme tan mal. Cuando pienso en eso, me da tristeza recordar la homofobia y el racismo. Es todo lo que uno no quiere en la vida”, puntualizó Andrea, quien explicó que la cárcel está llena de personas como ella, “que necesitan ayuda y han sido vulneradas. Quiero visibilizar todo esto para que se sepa de los falsos positivos judiciales. No se puede permitir más malos procesos sin importar su condición sexual, o que sean personas trans o negras”.
La soledad, la frustración y la vida perdida mortificaban a Andrea los 455 días que estuvo en una celda. Sentía que su alma estaba en casa, con su familia, cantando y bailando salsa. Pero su cuerpo estaba encerrado. Lo que más le dolía era saber lo difícil de ser mujer, trans y negra en Colombia por la homofobia que todavía existe. Por eso, cuando habla de los peores días de su vida, prefiere enviar un mensaje de fuerza. “A las personas de la comunidad les digo que todo esto se enfrenta con amor propio. Si tuvimos la valentía de revelarnos, tenemos que tener la valentía de salir adelante y demostrarle a la sociedad que somos personas trans”.
El abogado Alí Bantú Ashanti se muestra fuerte desde su rol como abogado, pero acepta que una de las cosas más dolorosas que ha tenido que enfrentar son las visitas a inocentes en prisión. “Pasan años contando los días para que el mundo sepa que no son criminales. Las personas terminan siendo expulsadas de la sociedad; es casi imposible conseguir empleo formal tras estar en prisión. Andrea Burgos, a pesar de no tener recursos, mantenía la esperanza porque sabía que era una injusticia. El sistema está diseñado para no reconocer sus propios errores. Los traumas psicológicos para una mujer trans afro en una cárcel hostil son complejos y destruyen proyectos de vida”, explicó el abogado.
A Andrea la llamaban madre las reclusas de la cárcel de Villahermosa. Dice que es porque en ella encontraron el amor que dejaron de recibir de sus familias. Ahora en libertad, Andrea no hace más que agradecer por los abrazos y los besos que todos los días recibe de su madre y sus hermanos. Cuenta que, por tradición, cuando las personas salen de “lugares malos”, acostumbran ir al río para dejar las malas energías, pero ella simplemente no quiere ir. No permite un minuto lejos de su familia otra vez. Por eso, espera crear una fundación para defender a las mujeres negras y trans que, como ella, fueron insultadas, violentadas, discriminadas y condenadas a la injusticia.
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