Desde la Basílica del Voto Nacional se transmite todos los domingos una misa por televisión nacional. Poco importa que ese templo se esté cayendo a pedazos y ponga en riesgo a los feligreses que todos los días, a las siete de la mañana, llegan hasta el centro de Bogotá para recibir la bendición del párroco aguantando el olor a humedad y bajo el riesgo de que los lienzos del techo caigan sobre sus cabezas. Pero no se trata de un mero descuido, sino más bien de un trámite burocrático. Aunque a la iglesia, que fue bautizada como un símbolo de paz tras la Guerra de los Mil Días, se le invirtieron más de COP 16 mil millones para su restauración en 2011, la Procuraduría cuestionó el proceso que está estancado desde el 2020.
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Uno de esos feligreses que se pone en riesgo es Jorge Eliécer Jiménez. Tiene 87 años y lleva medio siglo asistiendo a misa en la Basílica. Todos los días cumple la misma rutina al llegar al templo. Se quita el sombrero, camina con alguna dificultad por los años, pero repite con lucidez una oración a la virgen María, que pareciera mirarlo desde su altar. Él extiende solo su mano derecha, porque en la izquierda carga una carpeta decorada con estampas del sagrado corazón de Jesús. Hace una oración para luego echarse la bendición. Después visita a todos los santos y les va limpiando el polvo y los pedazos de pared que les caen en los pies. “He conocido a muchos presidentes como Alberto Lleras Camargo o Pastrana, pero todos se han olvidado de esta iglesia”, dijo.
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Doña Luz Mery también visita la iglesia siempre que puede. Desde hace tres meses va más seguido porque le queda de camino cuando va a las citas médicas. Tiene 80 años, pero cuenta que la Basílica ya existía cuando ella nació. El templo se construyó entre 1902 y 1918 tras el fin de la Guerra de los Mil Días como una promesa de paz y reconciliación. Esa construcción simbolizó la unión nacional entre los liberales y conservadores para superar el conflicto. A raíz de eso, es la única iglesia en Colombia que representa la unión entre el Estado y la religión. Tiene una cúpula de 55 metros de altura y su techo está adornado con frescos de Ricardo Acevedo Bernal. Pero Luz Mery no los puede ver desde la banca de madera desgastada en la que se sienta para rezar porque una malla oscura lo cubre todo.
Sobre su cabeza cuelga una lámpara en forma de araña que corre el riesgo de caerse por lo debilitado que está el techo. La malla oscura solo alcanza a recoger los pedazos de pintura y de cemento que cada tanto se desprenden y con esto pretenden cuidar a los feligreses como Luz Mery o Jorge Eliécer. “Esta iglesia está muy deteriorada. Cuando yo era joven, el templo era mucho más bonito. Ahora hay mucha corrupción y solo hay plata para lechonas y votos. No creo que el gobierno ayude a la restauración”, explicó, después de rezar un rosario. Sin embargo, el lío de las mejoras dentro de la iglesia tiene que ver con un asunto más burocrático, pues desde 2011 se giraron cerca de COP 16 mil millones para restaurarla.
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En un primer diagnóstico, las autoridades en la materia identificaron que el mayor riesgo que presentaba la iglesia estaba en la estructura del inmueble, por lo que se planearon tres etapas de intervención. La primera abarcó las obras en la fachada con una inversión de COP 3.141.408.345; en la segunda etapa se abarcó el presbiterio, el transepto y la cúpula con una inversión de COP 7.481.320.229; y en una tercera intervención se proyectó la restauración de las naves laterales y la central con recursos por COP 4.978.742.907. Aunque la fecha de entrega total se pactó para 2020, han pasado seis años desde entonces y la tercera fase no se ha podido desarrollar. Ante el evidente deterioro del patrimonio cultural, la Procuraduría General de la Nación puso en marcha una acción preventiva para cuestionar el proyecto.
El Ministerio Público le pidió detalles al Instituto Distrital de Patrimonio Cultural (IDPC), entidad encargada de la restauración de la Basílica. La entidad explicó que las intervenciones no se han podido terminar porque no tiene el permiso bajo la figura legal de “servidumbre”. Se trata de un permiso para usar un terreno ajeno para modificaciones o restauraciones. Solo con ese trámite en regla, los trabajadores pueden ingresar a la iglesia para culminar las obras de restauración. Ese trámite está en manos de un juez desde junio de 2025, pero los cambios de juzgado y correcciones en el proceso han retrasado la expedición del permiso, y por tanto, la restauración.
“El IDPC reconoce la urgencia de avanzar en la consolidación estructural del templo para mitigar cualquier amenaza a la vida de los asistentes. No obstante, el desarrollo de las obras de restauración integral se encuentra supeditado a la obtención de la servidumbre legal de tránsito y ocupación, proceso indispensable para garantizar el acceso técnico y la seguridad de las cuadrillas de obra y de la comunidad religiosa”, señaló la Procuraduría en un derecho de petición enviado a El Espectador. Y agregó: “La parálisis actual no obedece a una omisión administrativa, sino a la dinámica procesal de la rama judicial. Mientras se resuelve la titularidad de la servidumbre, el Instituto continúa monitoreando las condiciones del inmueble dentro de sus facultades, a fin de evitar que el deterioro estructural escale a situaciones de emergencia mayor”.
El párroco Darío Echeverry lamenta que la burocracia y la política interfieran en el bienestar de sus feligreses, además de la pérdida del valor cultural de su iglesia. “El Voto Nacional es un icono de reconciliación y de paz. En su preservación no importa la así llamada derecha o izquierda, sino que es algo común de los colombianos. Se ha logrado mucho: salvar el techo, el alcantarillado, la parte eléctrica, el frontis, la cúpula y el altar. Pero se está perdiendo el resto. Todo ese techo y las obras de Acevedo Bernal se están perdiendo. Esto es un patrimonio de los colombianos y somos nosotros quienes lo estamos perdiendo”, dijo.
La Iglesia del Voto Nacional fue, además, declarada Bien de Interés Cultural del ámbito nacional (BIC) en 2012. Esto implica que, actualmente, se encuentra inmersa en un régimen especial de protección. Para Diana Martínez, directora del programa de Conservación y Restauración del Patrimonio Cultural Mueble de la Universidad Externado, la importancia de este templo radica en que “representa a todo un país”. De acuerdo con la experta, en este caso se realizó un Plan Especial de Manejo y Protección (PEMP), como parte del proceso de declaratoria de BIC.
“Es la ruta que dice qué hay que hacer para, como lo dice su nombre, manejo y protección a largo plazo, para su sostenibilidad. Dicta cuáles son las estrategias que hay que seguir y cuál es el camino y las prioridades a atender. Esto no solo en el bien en sí mismo, sino en su contexto. Por eso el PEMP crea lo que se llama una zona de influencia y el área afectada. La área afectada delimita en coordenadas o en predios o en inmuebles qué es lo que hay que proteger, cuál es el bien sujeto de la declaratoria. Y la zona de influencia es aquel espacio circundante que hay que proteger para que no se deteriore el bien en sí mismo”, aseguró.
Sin embargo, al estar en la ciudad, el distrito también juega un papel importante. “Cada territorio tiene la obligación de proteger los bienes que están en su custodia y, en este caso, el templo está al lado de la gran intervención que está haciendo ahorita el distrito con la recuperación del sector del Bronx. Eso hace parte de la recuperación de esta basílica. El distrito es el que ha financiado gran parte de las obras, con supervisión y apoyo técnico del Ministerio de Cultura, que tiene una responsabilidad como ente rector en la materia cultural y de protección del patrimonio. En la designación de recursos que un bien sea declarado no significa que el ministerio tenga que asumir su mantenimiento y su cuidado” dijo.
Una historia centenaria
Bernardo Herrera Restrepo, el entonces arzobispo de Bogotá, fue el autor intelectual de esta construcción. Se inspiró en la construcción de la basílica del Sagrado Corazón de Montmartre, en París, donde el arzobispo había realizado estudios. Con la idea de construir un templo con la intención similar en Colombia, Herrera Restrepo publicó una pastoral llamando a la reconciliación de los colombianos y pidiendo al gobierno de José Manuel Marroquín realizar la construcción de este templo.
“Pensamos que es llegado el momento de hacer un voto nacional, obra de todos para el bien de todos, con el cual se perpetúen las oraciones por la paz, la concordia y la unión entre los colombianos y se consiga vivamos todos como hermanos unidos por los vínculos de una misma fe y animados con el fuego de un mismo amor, que dimana del Sagrado Corazón de Jesús. El Voto que ahora os proponemos consiste en que mediante el esfuerzo y la cooperación de todos, se lleve muy pronto a feliz término la Iglesia que en honor del Sagrado Corazón de Jesús se está llevando en esta ciudad”, escribió el arzobispo.
La primera piedra fue puesta el 22 de junio de 1902, luego de la emisión del decreto 820, para 1916 terminaron el conjunto y en 1918 se finalizó la construcción. Sin embargo, la historia de este templo es un poco más antigua. En 1891, Rosa Calvo Cabrero donó la mayor parte del terreno para la construcción y se empezó por una capilla ese año. Cuando el gobierno de Marroquín aprobó la construcción, el arquitecto Julio Lombana fue el encargado del diseño grecorromano.
“En 1911 el Arzobispo Bernardo Herrera Restrepo, le ofreció a los Claretianos la continuación final del templo, situación que asumen en 1912 y en 1918 culminaron las obras. El sacerdote claretiano Antonio Pueyo de Val, quien luego sería Obispo de Pasto, se puso al frente de las obras faltantes respetando los diseños del arquitecto Lombana. El templo fue consagrado por el Arzobispo Herrera Restrepo el 24 de septiembre de 1916. En 1952 el altar principal se bendice y la iglesia es elevada a Basílica Menor por su Santidad Pablo VI”, dice la página web de la iglesia. Durante el Bogotazo, el 9 de agosto de 1948, los vidrios de colores de la cúpula exterior sufrieron impactos de bala y tuvieron que ser retirados entre 1962 y 1965.
Más adelante, en 1952, se trajo un altar de España y se realizaron diferentes acciones de embellecimiento para el templo. Las arañas de cristal que hoy cuelgan del techo llegaron en 1954 y, durante la década de 1960, se amplió la cripta de la iglesia y se realizaron nuevas obras de decoración con dos esculturas inauguradas en 1960 y la llegada de dos campanas desde España en 1961.
La situación que comenzó a atravesar el sector donde se encuentra la basílica no excluyó al templo. El paso del tiempo causó estragos sobre la estructura y, desde la década de 1980, diferentes párrocos hicieron gestiones para reparar humedades y filtraciones de agua. El deterioro continuó presentándose hasta que se comenzó el más reciente proceso de restauración, que sigue en curso.
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