Se llama Carlos Alberto Bedoya Piedrahíta, tiene 40 años y es de Caramanta (Antioquia). En el video que conmovió a Colombia aparece de jean, camiseta negra y tenis. En sus manos sostiene una bandeja de galletas que reparte a la gente que se agolpa a las afueras de la panadería La Central, en Andalucía (Valle). Al fondo, su local se ve destruido y, sin embargo, Carlos Alberto ofrece los bizcochos que estaban en las estanterías para animar a los sobrevivientes del terremoto que estremeció al país el 10 de agosto a las 7:34 de la mañana. Alguien lo grabó en ese momento y su rostro terminó inundando las redes sociales como símbolo de la solidaridad que siempre hermana al país en tiempos de catástrofes y zozobras. Lo llamaron “el señor de las galletas”. Después se supo que también había entregado tortas y panes. “Había que regalarlos. Todos estamos muy afectados. Lo material se recupera, la vida no”, le cuenta a El Espectador.
“Estamos muy tristes. El negocio se me acabó. Tenía 20 años allí. Los nueve trabajadores alcanzaron a salir cuando todo se desplomó. Yo no sé quién grabó el video, pero me han llamado de todas partes diciéndome que soy viral. Yo no creo en esa fama. Uno es humilde y montañero. Yo soy del campo y estudié hasta cuarto de primaria, pero hay que ayudarle a la gente”. Lo dice con ese tono paisa inconfundible, mientras se lamenta porque supuestamente no habla de la mejor manera, aunque sí lo hace. Un hombre auténtico, el señor de las galletas. “Aunque todos estábamos llorando el lunes, la gente del pueblo empezó a acercarse a la panadería esa tarde y yo le daba productos al que llegaba. ¿Qué más iba a hacer? Los colombianos somos muy unidos. Tengo una hija de 10 años y otros tres hijastros adultos. Vivo en unión libre y de la panadería vivíamos. Me cuentan que estoy en las oraciones de muchos, pero lo que necesitamos es ayuda”.
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Historias como estas se multiplicaron esta semana en Buenaventura, Bahía Solano y Quibdó, en Cali, Armenia, Manizales y Pereira, en Medellín, Barranquilla y Bogotá. La mayoría lejos de las redes sociales y los flashes de los medios. Colombia es un país atenazado por la tragedia del conflicto, la virulencia política y la pobreza de siempre. No obstante, en las calamidades nos encontramos. Allí la fraternidad emerge. La compasión nos moviliza. La empatía nos convoca. Y entonces aparecen las frazadas, las almohadas y los colchones; los mercados, el aceite y el arroz; pañales, jabones y medicinas; las ollas comunitarias, los hospitales improvisados, los albergues y las fogatas; los voluntarios, los rescatistas, los bomberos; las cadenas humanas pasando víveres de mano en mano hasta llenar tractomulas; los espontáneos que ofrecen refugio, que abrazan, que lloran y que no desfallecen, empeñados siempre en brindar su mano.
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Veintisiete años después del terremoto que devastó al Eje Cafetero, Colombia se moviliza nuevamente. Yady Fernández vive en Cali y hace unos años perdió una pierna en un accidente de tránsito con un conductor borracho. El día del sismo logró ponerse a salvo sin muletas. “Yo solo veía caer escombros, mi apartamento se movía para todos lados. Hoy tiene muchas grietas y los profesionales dicen que las paredes se desprendieron de las vigas. Pero ese mismo día empecé a moverme para ver qué necesitaba la gente. Pasé por la calle 15, donde nos donaron guantes y baldes para llevarlos a los puntos de rescate. Luego nos dieron linternas, megáfonos y gafas. En una de esas entregas, afuera de una farmacia destruida, me acerqué a preguntarle a la gente qué necesitaba, y vi la cadena humana que se estaba armando y me puse a ayudar a pasar agua”. Estaba en muletas y así quedó retratada en un video que también se volvió viral.
“Dejemos los odios a un lado. Aquí no somos de ningún partido. Somos seres humanos empáticos queriendo salvar vidas y haciendo cosas extraordinarias. Somos afortunados de seguir aquí. La sacamos barata. Estamos todos para ayudarnos”, le cuenta Yady Fernández a este diario. A 117 kilómetros de allí, en Buenaventura, Guillermo Rentería, de 43 años, organiza a su comunidad del barrio Lleras en la calle La Ruñidera. “Es algo terrible uno llegar y no encontrar la casa. Damos gracias por la vida, pero se nos murió una cuñada y mis cinco nietos no tienen dónde dormir, ni colchonetas. Estamos en la calle. Pero nos estamos organizando en un albergue y con carpas, cuidándonos entre todos, con ollas comunitarias. Necesitamos sierras y combustible para ir en lancha a buscar materiales para reconstruir las casas. Les pido que no se olviden de nosotros”, suplica Guillermo al otro lado del teléfono. Su liderazgo salva vidas.
De Buenaventura saltamos a Pereira. Laura García Betancur tiene 34 años, es comunicadora y hace parte de una comunidad de sonidistas profesionales que se movió desde ciudades como Cali, Bogotá, Medellín y Manizales. “Tomamos como referencia la experiencia del terremoto en México de 2017. Buscamos personas debajo de los escombros con micrófonos capaces de detectar sonidos a los que no llega el oído humano. También ayudamos a determinar la inestabilidad de las estructuras de los edificios averiados. Trabajamos con los brigadistas, que ponen los micrófonos, piden silencio total y hacen tres llamados. Entonces escuchamos. Si tenemos dudas, se hacen más llamados para asegurarnos de que no se trate de una grieta o de un sonido externo. El jueves, a las tres de la mañana, percibí un rasguño en una pila de escombros. Siete horas más tarde rescataron allí a una perrita”, dice.
Según Laura García, cada vez están haciendo búsquedas más precisas, pues ubican varios micrófonos en distintos lugares del siniestro y graban los sonidos y después los pasan por un programa para identificar las zonas donde se presume que hay personas vivas. “Los micrófonos pueden tener cables de hasta 30 metros. Los sonidistas tenemos la intuición y la capacidad auditiva necesarias para detectar sonidos muy sutiles. Estoy maravillada con la gente que ha llegado. El compañerismo ha sido bellísimo. Aquí todos estamos trabajando en la misma causa. Quiero hacer mención a los rescatistas con los que hemos venido trabajando en los últimos días, que son personas del común, brigadistas que también han perdido sus casas, gente que en su vida cotidiana puede trabajar como operador turístico y ahora está liderando grupos de rescate. Es muy lindo ayudar a la gente”.
También en Pereira, Luz Ángela Rosales, dueña de la empresa de comidas rápidas Sayonara, con 60 años de tradición, hoy está volcada a ayudar a la gente. “Luego del terremoto, gran parte de nuestros locales quedaron cerrados. Entonces, empezamos a donar la comida que teníamos disponible en los lugares más afectados, como La Lorena, la plaza de Bolívar y el parque La Libertad. Hemos repartido sánduches, tortas y fresas con crema. Afortunadamente, contamos con mucha colaboración”, cuenta. Tal como reza el eslogan de su empresa Sayonara: “Hacemos lo ordinario, extraordinario”. Y sí. El pereirano Jhon Muñoz tiene una academia de conducción llamada Vialseg y lleva varias jornadas repartiendo jugos, agua y sánduches a los más vulnerables y a los que están atendiendo la emergencia. “Es triste ver esto y la recuperación va a ser lenta. Pero a todos los afectados les decimos que nos ayudemos entre todos”.
Juliana Alzate es ingeniera civil y apenas horas después de los coletazos del terremoto emprendió un esfuerzo coordinado con las autoridades de Pereira para evaluar las grietas y daños estructurales de múltiples edificios en esa ciudad y en Dosquebradas. “Nuestra primera labor era revisar que los rescatistas pudieran entrar a las edificaciones sin ponerse en riesgo”, cuenta. En esos recorridos censando la habitabilidad de la ciudad, incluso en los barrios más destruidos, la gente los recibe con comida. “Las comunidades preparan sancocho y organizan convites. Es muy duro que, de la noche a la mañana, una catástrofe te quite todo, pero la reacción de la comunidad ha sido cooperar. Vemos a jóvenes de colegios y universidades ayudando a sacar objetos de las casas antes de la demolición. Con guantes y cascos, han recuperado lo que han podido. Alegra este sentimiento colectivo”, asegura Juliana.
De Pereira a Quibdó hay seis horas de camino. Allí vive Gosling Hernández, una socorrista de 34 años que desde el lunes ha estado en la brega de remover escombros y buscar sobrevivientes. “El jueves recuperamos a tres personas con vida. Algo que produce una alegría infinita en medio de esta emergencia, pero también hallamos los cuerpos de cuatro personas que habían muerto entre los escombros, entre ellos dos niños. Eso es algo muy impactante. A pesar de que estamos preparados para atender este tipo de situaciones, cuando nos enfrentamos a ellas, se nos mueven muchas fibras. Pero todo lo hacemos por nuestra gente. Una de mis compañeras perdió su casa, pero no ha parado de ayudar, siempre al pie del cañón. La empatía de los colombianos es tremenda. No importan la religión, el credo, la posición política ni el sexo, todos estamos volcados a ayudar. Estamos llenos de héroes y eso nos esperanza”, relata.
La escritora chocoana Velia Vidal, directora del centro cultural Motete, que promueve la lectura desde la infancia, también se embarcó en el propósito de levantar a su gente. Hoy oficia como articuladora de la ayuda humanitaria en el Alto, Medio y Bajo Baudó, Nóvita, Unión Panamericana y en San José del Palmar, epicentro del terremoto. También ha servido de enlace entre la Fundación Bancolombia y Progresa Chocó, así como con la institucionalidad del territorio. “He funcionado como un megáfono de información confiable. Me ha dado mucha ternura ver las ganas de ayudar de la gente. Un joven vio una publicación mía en redes sociales en la que se pedía un camión para llevar ayudas al Bajo Baudó y se ofreció a colaborar. Le pregunté si tenía camiones, y me dijo que solo una moto, pero que él podía cargar cosas. Esa es la muestra de que la gente está dispuesta a dar hasta lo que no tiene”.
Desde Cali, donde la sorprendió la tragedia, Velia atiende llamadas, comparte información certera en sus redes, riega esperanza entre los aliados de Motete, traduce los farragosos datos oficiales para su comunidad, prepara campañas de restauración con la fundación de Juanes y sigue convencida de que los libros son nuestro mayor refugio. Una visión que comparte con el librero antioqueño Anthony Pulgarín, quien se ofreció a dictar talleres de literatura a cambio de donaciones y medicamentos para el Chocó. “Tres horas después del terremoto pensé: juepucha, Colombia es de todos, nos toca hacer algo. Entonces, ofrecí un taller sobre literatura colombiana, con aporte voluntario, para conocer el país a través de los libros y enviar el dinero a esa región. El primer día recogimos COP 1 millón. El viernes amaneció más gente con ganas de ayudar y nos alcanzó para comprar una planta eléctrica”.
En Manizales la solidaridad también es protagonista. Ángela María Valencia, de 52 años, es la dueña del restaurante La Previa. Tras el terremoto, no pensó en reconstruir su negocio, sino en salir a repartir almuerzos. “Tenía albóndigas, costillas y carne de cerdo y nos salieron 30 almuerzos. La gente me tiene con el corazón partido y con la ayuda de varias personas hemos podido donar unos 800 almuerzos a la gente que está levantando la ciudad”. Jerónimo Ladino estaba estrenando un gimnasio en esa ciudad y lo perdió todo. Se llamaba Eleven y llevaba seis meses abierto. Su destino más seguro es la demolición y, sin embargo, con su familia está empeñado en repartir comida en los barrios más vulnerables como El Carmen, La Pelusa y Aranjuez. Además, integra el grupo de Los apartamenteros, jóvenes espontáneos unidos que se meten a las edificaciones más averiadas para ayudarle a la gente a recuperar lo que más puedan.
Al cierre de esta edición, los números de la catástrofe seguían en aumento: 289 personas fallecidas, 3.937 heridas, 143 desaparecidas y 353 personas rescatadas en 15 departamentos encarando el desastre, de acuerdo con la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (Ungrd). Mientras el Gobierno canaliza ayudas, visita los escenarios de la tragedia, promete prontas soluciones o estira la caja para lo que viene, la sociedad se moviliza con urgencia y es un abrazo para esta Colombia malherida. En las redes sociales están las pruebas. En Buenaventura, a pesar de un diluvio torrencial, los jóvenes reparten comida; en Cali una multitud hace silencio y poco después grita alborozada “¡Hay vida!”; en Quibdó le cantan el cumpleaños a una niña rescatada; y el profesor Boris Romero ofrece clases de inglés a cambio de donaciones para el Chocó. Suele decirse que desde que somos República, hace más de dos siglos, este es un país dividido. Pero, en tiempos de calamidad, somos uno solo y nos duele igual.
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