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6 Sep 2022 - 2:10 p. m.

El editorial de El Espectador, luego del incendio que destruyó el archivo y taller

Diez días después del incendio que acabó con el archivo y los talleres de El Espectador, el diario regresó a las calles con este editorial, llamando a dejar a un lado el rencor y la rabia por lo sucedido, para buscar la reconstrucción en aras de la paz. Un texto más vigente que nunca.
Además de los talleres y el archivo, otros bienes de El Espectador quedaron destruidos. Por los daños, el diario dejó de circular durante 10 días.
Además de los talleres y el archivo, otros bienes de El Espectador quedaron destruidos. Por los daños, el diario dejó de circular durante 10 días.
Foto: Archivo

No es la primera vez que El Espectador haya tenido que interrumpir forzosamente su diálogo cotidiano con el público. Muchas otras, a lo largo de sesenta y cinco años, y nunca por voluntad de sus editores, sino por obra de decretos y resoluciones oficiales, como durante La Regeneración; o por el súbito estallido de la guerra civil, como en diversas etapas de esa misma nefanda -y no la más nefanda- época de la historia colombiana; o por circunstancias de orden político, que hacían prácticamente imposible la supervivencia de un órgano de libre expresión, como el Quinquenio, tuvo este periódico que acallar el ruido de sus máquinas y dejar secar la tinta de las plumas de sus redactores. Pero solamente ahora, al cabo de su más de medio siglo de luchar por una rectificación civilizadora y cristiana de las costumbres políticas y de las pugnas ideológicas y de las luchas ideológicas, se vio obligado a enmudecer por obra de asalto de la pedrea, del saqueo y del incendio.

(En contexto: 70 años sin la verdad del incendio de El Espectador)

La destrucción aleve, fría y calculada de las oficinas y talleres de El Tiempo y de El Espectador, de los salones de la Dirección Nacional Liberal y de las residencias privadas de los doctores López y Lleras Restrepo, ha despertado, como era natural, la indignación y la protesta, no solamente de todo el liberalismo, sino de muchísimos conservadores que todavía no han perdido el juicio y que condenan y rechazar el asalto, el saqueo, y el incendio como métodos de lucha para combatir al adversario. Así lo prueba el caudaloso plebiscito de condenación de los atentados criminales del 6 de septiembre y de solidaridad social y política con las víctimas de aquellos ominosos asaltos que, empleando una frase que no podríamos llamar feliz, pero sí verdadera, del expresidente López, ‘cubren a Colombia de luto y de vergüenza’. Desgraciadamente, este movimiento nacional de indignación y protesta no ha pasado o no ha podido pasar de palabras pronunciada con amplia sinceridad en privado y escritas en público con obligadas restricciones y reservas; pero ‘rogamos a nuestros lectores’ -estamos robándole frases y conceptos a don Manuel Ancízar en alguno de sus históricos editoriales de El Neogranadino- ‘que nos permitan no ser más explícitos en este punto: ellos concebirán fácilmente los motivos de nuestra reserva y por poco que reflexionen sobre los hechos que están a la vista, completarán nuestro pensamiento y convendrán en la realidad de lo que callamos’.

De las pérdidas sufridas por nosotros en el vandálico asalto del 6 de septiembre, ninguna tan valiosa por lo irreparable como la de la única colección completa de El Espectador que existía en el país; mas, por fortuna, este periódico es el patrimonio espiritual de una familia de tres generaciones que conserva exacta la memoria de sus postulados esenciales. Por eso podemos ahora, sin temor de equivocarse, asumir la misma actitud de nuestros predecesores en circunstancias parecida: rechazar con altivez los atropellos de cualquier forma y de cualquier origen contra la libertad de prensa, de hablar y de escribir; no dejarnos arrebatar por el odio o por la cólera, y sacrificar estos y otros sentimientos personales o partidistas al interés y a la salud de Colombia. El Espectador trabajará con criterios liberal en bien de la patria, y en bien de los principios liberales con criterio patriótico”, fue la consigna que le dejó Fidel Cano a El Espectador y que nosotros hemos tratado de cumplir en todas las circunstancias. Ese lema prócer -anterior en el tiempo e idéntico en el fondo a la famosa síntesis del general Benjamín Herrera: “La Patria por encima de los partidos” -es el mismo que apareció el 6 de septiembre a la cabeza de nuestra primera página; el mismo que en ese día de negro recuerdo para Colombia pisotearon y quemaron las hordas conservadoras en la calle pública, queriendo inferirnos un agravio, cuando en realidad nos rendían un homenaje; el mismo que reaparece hoy, en el lugar de honor y primacía, como insignia a la par de una brújula que es nuestra tarea cotidiana.

(Le podría interesar: La jornada del 6 de septiembre de 1952, según don Guillermo Cano Isaza)

Creemos no traicionar el espíritu de nuestros fundadores si sobreponiéndonos a la cólera, el odio y la venganza, hacemos un nuevo, último y desesperado sacrificio de esos naturales y a veces legítimos sentimientos humanos, en aras de la República para propiciar su reconstrucción y en aras de la paz para ver restablecer la armonía de la familia colombiana. Si sirvieran para estos altos y necesarios fines, los crímenes horrendos del 6 de septiembre serían fácilmente perdonados por quienes los sufrieron, tan paradójicamente hermoso y grande como las cenizas de las imprentas de los diarios liberales y los escombros de los hogares de los máximos jefes del liberalismo abonaran y fortalecieran en nuestro pobre suelo las raíces del árbol de tres ramas: paz, justicia y libertad.

Hablamos todavía este lenguaje de paz y de concordia, de perdón y olvido, ahogando en la garganta los gritos del justo resentimiento y en el corazón los latidos de santa ira, como homenaje filial a lo poco que nos da la patria”.

Para conocer más sobre justicia, seguridad y derechos humanos, visite la sección Judicial de El Espectador.

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