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El libro de Eduardo Zapateiro donde pide mano dura contra las disidencias

Capítulo de “El honor del deber cumplido”, memorias que publica el general retirado, excomandante del Ejército. En librerías con el sello Ediciones B.

Eduardo Zapateiro Altamiranda * / ESPECIAL PARA EL ESPECTADOR

02 de abril de 2023 - 12:01 p. m.
El entonces general Eduardo Zapateiro durante la ceremonia en la que asumió el comando del Ejército Nacional, en reemplazo del general Nicacio Martinez, en Bogotá, en diciembre de 2019.
Foto: AFP - RAUL ARBOLEDA
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Disidencias de las Farc: un problema que necesita mano dura

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Las disidencias de las FARC son una de las grandes amenazas que enfrenta actualmente el país. A consecuencia de los acuerdos, varios de los miembros de esta estructura terrorista recibieron el acogimiento del Estado para desempeñar con completa tranquilidad las labores legislativas de las que harían parte, como quedaba establecido en los acuerdos y, por ende, en el marco constitucional de la nación. (Más: Así fue la renuncia del general Zapateiro al Ejército Nacional).

Sin embargo, varios de estos terroristas, sobre todo algunos de los criminales más buscados y despiadados —como alias el Paisa, a quien mencioné antes como actor intelectual del atentado terrorista en el club El Nogal—, decidieron burlarse del país y de las víctimas, volviendo a la ilegalidad y sembrando la violencia y el caos, no solo en Colombia, sino también en Venezuela, al gozar de una aceptación en dicho país por parte del gobierno dictatorial de Nicolás Maduro y de la Guardia Bolivariana.

Terroristas como Seuxis Pausias Hernández Solarte, alias Jesús Santrich; Luciano Marín Arango, alias Iván Márquez; Henry Castellanos Garzón, alias Romaña; Hernán Darío Velásquez, alias el Paisa, y Miguel Botache Santillana, alias Gentil Duarte, entre otros, traicionaron los acuerdos y establecieron nuevos actores armados que buscaban reestructurar y acoger a los guerrilleros no firmantes de los acuerdos, con el objetivo de disputarse el negocio del narcotráfico y, sobre todo, el control de las rutas. Su accionar delictivo se desarrolló principalmente en territorio venezolano, actuando en contubernio con la estructura legal de dicho país, y también existió una alianza en dicho territorio con los terroristas del ELN, los cuales, junto con las disidencias, han agravado en gran medida el conflicto y lo han extendido fuera de las fronteras nacionales.

Las disidencias de las FARC son un fenómeno posibilitado por la conversión de las viejas estructuras criminales en bandas criminales. Las bandas criminales empezaron a dominar algunos territorios, como proceso residual a la desmovilización de los grupos de autodefensas ilegales y al vacío de poder dejado por los golpes a grupos criminales. Parece ser que en el contexto colombiano, la criminalidad tiene un terreno avanzado —y en muchos casos, hasta justificado por políticos—, lo que hace que para los grupos ilegales sea más fácil actuar, ya que el negocio del narcotráfico es bastante lucrativo, puesto que las rutas por las cuales desarrollan su actividad criminal perviven, incluso después del proceso de entrega de las FARC.

Por consiguiente, los disidentes se sublevan a lo acordado y deciden seguir en la ilegalidad, ocupando los vacíos de poder que dejan tanto los criminales como las dificultades de presencia del Estado colombiano. Ojalá este tema de las disidencias no nos

lleve a vivir la experiencia de El Salvador, en donde, después de la firma de los acuerdos de paz, en enero de 1992, se permitió que los antiguos comandantes guerrilleros se convirtieran en diputados y se dio la génesis de las “maras”, de la cual hoy somos testigos a través de las noticias, así como también hemos visto el papel que ha desempeñado el presidente Nayib Bukele.

Si bien las disidencias actúan en contubernio con el gobierno de la dictadura venezolana, estableciéndose en su territorio y generando disputas entre sí, lo cierto es que su poderío armado no puede hacer por sí solo una lucha sostenida, devolviéndonos a las épocas donde las FARC eran una amenaza a la existencia del Estado. Por eso, la transformación operativa de estas disidencias terroristas no está en luchar de manera directa contra el Estado, persiguiendo una ideología en la cual basar su propaganda.

Por el contrario, buscan alianzas con otros grupos armados y gobiernos fuera de las fronteras colombianas para rearticular las rutas y estructuras que antes tenían, y que fueron desmanteladas con los acuerdos de La Habana. Pero tampoco debe limitarse su alcance, pues las disidencias son un grupo terrorista y han efectuado ataques contra la fuerza pública y la población civil, que son violaciones flagrantes al Derecho Internacional Humanitario, aunque lastimosamente no son tenidas en cuenta por la comunidad internacional ni por las entidades nacionales, y tampoco están en el imaginario de los políticos enemigos de las Fuerzas Armadas.

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Lo más preocupante de esta situación con las disidencias de las FARC es que han encontrado en Venezuela un santuario en donde pueden desarrollar sus actividades. Y si bien se han fortalecido en dicho país, en el que simultáneamente pueden controlar unas rutas estratégicas y tener una relativa serenidad para desarrollar sus actos terroristas y criminales, desde los años ochenta han hecho presencia en territorio del vecino país, por lo que ya tienen experiencia en esa movilidad transfronteriza.

El Estado debería combatir con entera fuerza y determinación estos grupos terroristas, ya que las disidencias de las FARC no son un grupo ajeno a la anterior organización, pues mantienen su estructura organizacional, en la cual existen comandantes a quienes se les debe obediencia jerárquica y, a partir de ahí, se desarrolla el accionar delictivo a lo largo de la organización en unidades más pequeñas, pero coordinadas. Esto se demuestra en los enfrentamientos entre las disidencias de Iván Márquez, el Paisa y Jesús Santrich en contra de las de Gentil Duarte.

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Ambos grupos ilegales obedecen a la dirección de un cabecilla, desarrollando acciones coordinadas, con movimientos constantes, y privilegiando el interés económico, dejando en un segundo plano el pensamiento filosófico, siendo esta la única diferencia existente entre las antiguas FARC y sus disidencias. Las disidencias, entonces, son grupos armados difíciles de perseguir. De hecho, desde el 2017 existen indicios de su operación en el departamento del Cauca, uno de los más afectados.

Estos grupos, además, se hacen pasar por otros, como el ELN y el EPL, lo cual dificulta aún más la identificación de estos bandidos y facilita su accionar delictivo contra la sociedad civil, como lo señala la Fundación Ideas para la Paz. También quiero enfatizar, como una opinión personal con conocimiento de causa, no como una afirmación respaldada en fallos judiciales definitivos, que los asesinatos de líderes sociales e indígenas son realizados por las guerrillas, los grupos armados organizados residuales y las disidencias de las FARC.

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Las disidencias han atentado contra estos líderes, ya que, a través de estos actos criminales, atemorizan a la población y logran ejercer cierto control sobre algunas zonas apartadas del país. Tanto las facciones de Iván Márquez y Santrich como las de Iván Mordisco y Gentil Duarte han realizado sistemáticamente estos asesinatos en Arauca y Cauca, entre otros departamentos.

Esto lo señalo para responder a las críticas infundadas y maliciosas de varios sectores políticos, que argumentan que existe una negligencia, e incluso omisión, por parte de la fuerza pública para proteger a los líderes sociales, como incluso lo han planteado varios medios de comunicación. Los hombres de las Fuerzas Armadas responden incluso con el sacrificio de su vida a las misiones encomendadas relacionadas con la salvaguarda de la vida e integridad de todas las personas, entre ellas los líderes sociales.

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* Se publica con autorización de Penguin Random House Grupo Editorial, sello Ediciones B.

Por Eduardo Zapateiro Altamiranda * / ESPECIAL PARA EL ESPECTADOR

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