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El reencuentro de madre e hija tras 32 años de ausencia por la guerra

El conflicto armado separó a *Irene de su madre cuando tan solo tenía ocho años. Fueron décadas de dudas y de seguir pistas para dar con ella.

Luisa Fernanda Moscoso Gutiérrez

07 de enero de 2024 - 07:00 p. m.
El conflicto armado separó a Irene de su madre cuando tan solo tenía ocho años. Fueron décadas de dudas y de seguir pistas para dar con ella.
Foto: Unidad de Busqueda
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Irene* tenía ocho años la última vez que vio a su madre, desde ese momento y hasta que se volvieron a reencontrar quiso saber cuanto parecido compartían en sus rostros, a pesar de los años. Cuando se despidieron, recuerda que pensó que no se verían durante una semana, máximo un mes. Sin embargo, el abrazo de reencuentro que tanto esperaba tardó 32 años en llegar. La historia de esta madre e hija hace parte de las más de 5.000 que existen en Putumayo y cerca de 100.000 en todo Colombia, en las que las familias esperan recibir noticias de personas que desaparecieron en el contexto del conflicto armado en el país, según cálculos de la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD).

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A *Gloria, las amenazas en contra de su vida y la de su segundo hijo, de dos años, la obligaron a abandonar su finca en el Caquetá, dejando a Irene al cuidado de sus abuelos. Su pareja había sido asesinada por un grupo armado que operaba en el sector, recayendo sobre ella, no solo la responsabilidad de criar a su hijo sola, sino que también comenzó a recibir visitas constantes de miembros del grupo violento. “Me vigilaban para que no me fuera a ir, me hacían preguntas muy raras de cosas que yo no sabía. Sentía miedo de que me fueran a hacer daño”, expresó Gloria en entrevista con El Espectador.

Cansada de la situación, decidió irse a vivir un tiempo en la casa de la madrina de su hijo, montó todo su trasteo al carro de un amigo y tomó a su bebe en brazos. A medio camino los abordó un hombre con un fusil en la mano. La figura imponente del arma la hacía sostener con más fuerza a su hijo y cuando el hombre la miraba a los ojos ella solo podía sentir como le decían “esos son”. Sin embargo, luego de la interrupción, la dejaron ir, pues se dirigía a una finca, no iba tan lejos. Pero también allí la alcanzaron, también allí se presentaron, también allí vivía con miedo. Confiesa que el único motivo que encuentra para que no le hicieran daño en esa ocasión fue que no descubrieron sus intenciones de huir.

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La sombra del conflicto armado siempre estuvo presente en la vida de Gloria, desde su infancia, y le es imposible olvidar ese pitido que dejan las explosiones en los oídos. Los hombres armados podían presentarse en cualquier momento y la orden tanto suya, como de sus padres, era el silencio y la obediencia, narra. Gloria comenta que en muchos casos de niña recorría el pueblo ayudando al Ejército a encontrar los cuerpos que había dado de baja la guerra, situaciones que le costó años dimensionar. Sin embargo, un día se volvió protagonista de estas,“yo siempre he vivido con ese temor”, relata 32 años después de haber tenido que abandonar su hogar.

A la casa donde vivía Irene con sus abuelos también llegaron estas visitas años más tarde. Pocos días después de la despedida de su madre, recuerda el llanto de las mujeres pertenecientes a la guerrilla que le comentaban que, sin importar que pasara, no tomara la misma decisión que ellas, un recuerdo que asegura nunca se le salió de la cabeza. Pero poco a poco comenzó a notar cómo las mujeres parecían tener solo dos caminos. “O consigues marido o te vas para la guerrilla. No hay nada más que hacer”, relató la joven, quien explica que fue así como se convirtió en madre y ama de casa. Para ella nunca fue una opción unirse a un grupo armado, pero sí vio cómo, poco a poco, muchos de sus compañeros de escuela lo hicieron. Por ello siempre recuerda las despedidas con tristeza, como el camino que menos deseaba.

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A la despedida de su madre le siguió la resignación, Irene sabía que estaba sola. Sin embargo, una vez cumplió 18 años, comenzó a reconstruir el camino que esta había dejado. “Donde hay niños, las cosas se saben” explica cuando se le menciona si conocía los motivos que obligaron a Gloria a irse. Fue recopilando pistas suyas por historias que le habían contado amigos a su abuelo. Recordaba a la mujer fuerte y trabajadora que le llevaba unos pandeyucas deliciosos cuando estaba sentada afuera de la finca con sus abuelos. Deseaba encontrar indicios de que seguía con vida, aunque afirma que siempre sintió en el pecho que así era.

Gloría, por su parte, volvió al Caquetá en búsqueda de su familia años después, para descubrir que su padre había vendido la finca donde ella los había visto la última vez. “En ese momento pensé que ya no tenía familia”, afirma. Trato de seguir las indicaciones de los vecinos, pero su rastro ya se había perdido. Por años la siguió la culpa de haber dejado a su hija con sus padres, pero sabe que en ese momento sintió que era lo mejor. Luego de esto, reconstruyó de pocos su vida en Bogotá. Los primeros años en la capital pasaron entre el hogar de unos amigos suyos que la recibieron y la primera casa que se pudo pagar, una que quedaba frente al río Bogotá y parecía ser un riesgo para un niño que apenas crecía.

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El 22 de septiembre de 2022, gracias a una reunión del Comité Internacional de la Cruz Roja en el Putumayo, Irene conoció a la Unidad de Búsqueda y decidió presentar su solicitud para encontrar a su madre. La UBPD ha creado unas fases específicas para los procesos de búsqueda de personas. Comienzan tratando de entender cuándo, dónde y bajo qué circunstancias fue que la persona desapareció. “Con esa información iniciamos la búsqueda en diferentes bases de datos, bajo la presunción de vida de la persona que ha sido dada por desaparecida”señaló Alexandra Rodríguez, comunicadora de la Unidad en el Putumayo.

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En el caso particular de Irene y su mamá, la entidad encontró que estaba registrada como víctima de desplazamiento forzado y que su cédula seguía vigente, pues había accedido a varios servicios de salud. La ubicaron en la ciudad de Bogotá y procedieron a verificar que sí se trataba de la misma persona. Gloria recibió la llamada cuando estaba de camino al Transmilenio y, aunque manifiesta que en un principio sintió desconfianza, una vez le comenzaron a explicar y a dar los nombres de su familia no pudo contener las lágrimas. Sentía que todo el mundo la miraba, pero no le importaba.

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“Más que contarle algo, yo quería verla, si estaba tal como la recordaba, saber cómo era mi hermano que estaba bebé cuando ella se fue”, relata Irene sobre el momento en el que supo que su madre estaba con vida y dentro del país. Toda su vida su abuela le había recalcado el parecido que compartían en su nariz, pero para ella parecía no ser suficiente. Trataba de recordar su cabello y su piel, quería reconocer más de su madre en ella misma. Por su parte, Gloria se cuestionaba como había crecido su hija y “si compartía los sentimientos de nobleza de su hermano”.

El encuentro finalmente se realizó en Mocoa. Junto con el acompañamiento de la Unidad, madre e hija se abrazaron luego de 32 años, lloraron los años que no se habían tenido y de inmediato se pusieron al día con lo que había ocurrido en sus respectivas nuevas vidas. “Lo único que me salió decirle fue: ‘madre, aquí está la niña que dejaste’. Todavía me da un poquito de nervios hablar de eso. Todavía siento como si fuera el momento”, rememora Irene.

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Ambas mujeres planean seguir viéndose a pesar de la distancia. Además, no es el único reencuentro que hace falta, dado que aún está pendiente el abrazo de Irene con su hermano. El hombre de 34 años, quien tiene casi la misma edad que su despedida, situación que entristeció por más tres décadas a la familia, su familia.

* Los nombres fueron cambiados por protección a la identidad de las personas.

Para conocer más sobre justicia, seguridad y derechos humanos, visite la sección Judicial de El Espectador.

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