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La sede de El Espectador en Medellín ya estaba cerrada. El último corresponsal en la ciudad, Carlos Mario Correa, había tenido que perderse por las amenazas. La única solución de la gerencia en Bogotá fue contratar a una persona para que manejara “la taquilla”, como se denominaba al sitio donde llegaban los periódicos en el aeropuerto José María Córdova, para que los transportara hasta la agencia de reparto, situada a escasas dos cuadras de la sede de la Policía Metropolitana de la capital antioqueña. (“Todos esperábamos el bombazo”)
Esa persona contratada fue Hernando Tavera Gaona, a quien tuvieron que crearle una habitación en la sede de la Policía para protegerlo, pues ese fue el acuerdo para que el diario pudiera circular en Medellín. Tavera llegó a la ciudad en enero de 1990 y, a los pocos días, tuvo que afrontar el primer reto. Un día llevaba el periódico del aeropuerto a Medellín cuando fue detenido por desconocidos que quemaron los ejemplares en la vía. En breve, le advirtieron que era orden de Pablo Escobar que El Espectador no entrara a la ciudad.
Su red de sicarios permanecía atenta a sus movimientos. En aquellos días, pistola en mano, se pavoneaban por las calles advirtiendo que “ese pasquín de porquería no entraba a Medellín”. Meses antes, el martes 10 de octubre de 1989, con diferencia de pocos minutos y en diferentes puntos de la ciudad, habían asesinado a los gerentes administrativo y de circulación en la capital antioqueña, Marta Luz López y Miguel Soler. En ese momento, desde Bogotá se tomó la decisión de cerrar la sede. El único empleado visible era Hernando Tavera. (Gonzalo Rodríguez Gacha, el brazo armado del cartel de Medellín)
Sin embargo, en la mañana del 20 de abril de 1990, después de recoger la remesa del periódico en el aeropuerto, cuando lo organizaba en la agencia de reparto, dos sicarios entraron al lugar, encerraron en el baño a una mujer que le ayudaba a clasificarlo, y lo asesinaron. Al sepelio acudieron sus familiares y unos pocos amigos. En consecuencia del aleve crimen, el envío del periódico a Medellín fue suspendido. Durante meses, El Espectador no circuló en la capital de Antioquia. Justo como lo deseaba el capo del cartel de Medellín.
“Yo no alcancé a conocer a Tavera porque estaba escondido, pero ese crimen también quedó en impunidad. En ese momento, todo estaba infiltrado por Escobar, no se podía confiar en nadie, ni siquiera en la Policía. Lo único que se oyó decir fue que ‘le dieron dedo’; es decir, que otros ayudaron para perpetrar el asesinato”, comenta hoy Carlos Mario Correa. Él terminó siendo el testigo de excepción de un momento caótico en la memoria del periódico, y le tocó constatar que pertenecer a El Espectador era una sentencia de muerte.
“Por la época en que pusieron la bomba contra el periódico en Bogotá, la sede de Medellín cambió de lugar. Nos fuimos a una casa en el barrio El Prado, sin aviso alguno y escasamente una calcomanía en una ventana de vidrio”, añade Carlos Mario Correa, quien, con algunos fotógrafos y empleados de publicidad y circulación, integraba una corta nómina de 28 personas, orientadas por dos ejecutivos jóvenes: la administradora Marta Luz López, de 34 años, quien también se encargaba de la publicidad, y Miguel Soler, de la misma edad. (El misterio de alias “Maxwell” en el caso de Guillermo Cano)
Ella trabajaba en la sala comedor de la casa y él ocupaba un lugar en un mezzanine del segundo piso. “Marta Luz López era muy estricta y ordenada. Aunque también vivía pendiente de las noticias y nos preguntaba sobre lo que escribíamos. Nunca olvido que ese 10 de octubre, una hora antes de irse a almorzar, nos reunió para decirnos que estábamos gastando mucho papel y había que racionarlo”. Aquellos días eran de economía de guerra, de guardar silencio, de mantener la reserva en medio de la tensión para sobrevivir.
Hacia las doce y media de ese martes 10 de octubre, avisaron que cuando se disponía a bajar de su vehículo al llegar a su casa, en la urbanización Patio Bonito, Marta Luz López fue acribillada por sicarios. Llevaba cerca de diez años en el diario y era soltera. Con mucho temple había soportado las amenazas. Varias veces contestó el teléfono para escuchar del otro lado sonidos guturales, risas, improperios o canciones trágicas. Pero a pesar de su coraje y su rigidez, hasta el último día de su existencia, vivió preocupada por su gente.
Cuando el asesinato de Marta Luz López causaba conmoción en la casa del barrio El Prado, una hora después timbró el teléfono y era el hijo mayor de Miguel Soler, de apenas doce años, para avisar que a su papá lo habían asesinado al occidente de la ciudad, por la Villa del Aburrá. De la incertidumbre, todos pasaron al desconcierto. Nadie sabía si a cualquiera de los empleados, al salir a la calle, le esperaba la misma suerte. Esa muerte los volvió a sacudir, y también a los repartidores, con quienes él solía compartir unas cervezas. (1989: un año para tener en la memoria)
Después del doble asesinato de Marta Luz López y Miguel Soler, quedó claro que la casa del barrio El Prado ya no era segura. En ella se habían recibido agresivos mensajes y coronas mortuorias, en sus tres teléfonos habían retumbado ecos de disparos o amenazas. Ya no había cómo volver a trabajar en sus instalaciones. Fue en ese momento cuando se ordenó la dispersión. La única forma de pasar la página era buscar refugios. Cada quien el suyo. Y que apareciera un Quijote que se atreviera a circular el diario en Medellín.
Y ese fue justamente fue Hernando Tavera Gaona, quien llegó solo a la ciudad y sin familia, pero apenas cuatro meses después fue asesinado en las narices de la Policía, que había prometido cuidarlo. Su memoria solo quedó en el recuento de las víctimas de El Espectador en esta época infame, y en el boletín de prensa que circulaba el Comité Permanente por la Defensa de los Derechos Humanos, orientado por el excanciller Alfredo Vásquez Carrizosa, con una breve nota resumiendo la arremetida de los extraditables contra el periódico de los Cano.