2 Sep 2019 - 3:02 a. m.

“En los 80 la solidaridad hacia los periodistas hizo muchísima falta”: director de la Flip

Pedro Vaca, director de la Fundación para la Libertad de Prensa, explica el ambiente de periodistas y medios hace 30 años, cuando El Espectador fue víctima de un bombazo.

Alejandra Bonilla Mora / @AlejaBonilla

Pedro Vaca, director de la Fundación para la Libertad de Prensa (Flip).  / Óscar Pérez
Pedro Vaca, director de la Fundación para la Libertad de Prensa (Flip). / Óscar Pérez

¿Cuál fue el contexto de los ataques a la prensa previos al atentado contra El Espectador?

Lo primero que hay que decir es que en los 80 y principios de los 90 no había ningún organismo en el país, gubernamental o no gubernamental, que llevara un registro de las agresiones contra la prensa, lo cual se vuelve paradójico si uno mira la dimensión de las agresiones contra periodistas en esa época. Entre 1983 y 1991, solo El Espectador tuvo como víctimas a 13 periodistas que fueron asesinados en distintos momentos, incluyendo a su director, Guillermo Cano, en 1986. El año 1989 es en el que hay más registros de asesinatos a periodistas: 14, en siete de los cuales el perpetrador fue el narcotráfico, teniendo en cuenta el efecto que ello tiene a nivel de autocensura.

(Vea acá el especial multimedia Bombazo a El Espectador: 30 años del atentado que no pudo callarnos para siempre)

¿Cómo era el ambiente que vivían los medios en ese momento?

Los ventanales de los medios de comunicación estaban precintados, a la espera de un bombazo. Cualquier vehículo que se pusiera al frente de un medio de comunicación y tardara poco más de cinco minutos podía ser considerado sospechoso o un carro bomba. Era un ambiente de intimidación. No solo se registró el bombazo a la sede de El Espectador en septiembre de 1989, un año y medio antes, en Medellín, la sede de El Colombiano también había sido atacada con explosivos, y un mes después, en octubre de 1989, lo fue la sede de Vanguardia Liberal.

¿Y cómo respondían los medios a tanta violencia contra ellos?

También hay una parte épica de todo esto y es la reacción de los mismos medios de comunicación. Tanto El Espectador como Vanguardia lograron salir con muchos esfuerzos al día siguiente de los bombazos, con titulares como “¡Seguimos adelante!”. Y esto es muy importante, porque al final el propósito que tienen estos ataques es impedir el flujo de información. Hay una foto muy famosa de Julio Daniel Chaparro, un periodista de El Espectador que, al día siguiente del bombazo, estaba recogiendo los vidrios. Lamentablemente, en esa cuota de violencia, él sería asesinado en Segovia (Antioquia), en 1991. Por eso, en cierto modo, creo que llegamos tarde.

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¿En qué sentido?

La Fundación para la Libertad de Prensa (Flip), entidad que lidero en este momento, fue fundada en 1996. Es decir, la labor que nosotros hoy en día desempeñamos en defensa de los periodistas, lamentablemente, no estuvo disponible durante estos años absolutamente crueles y sangrientos para la prensa en Colombia.

¿Considera que El Espectador estuvo solo en la lucha contra el narcotráfico?

El Espectador fue uno de los medios que pusieron cuotas más altas de sangre en el periodismo y uno de los periódicos que les hicieron frente a los distintos poderes, legales e ilegales, incluso la connivencia entre los dos en aquel momento. Yo percibo un nivel de soledad muy fuerte por parte de El Espectador en ese tiempo, comprensible por lo crudo de la violencia que se estaba perpetrando, que también genera autocensura. Es decir: si esto le pasa a El Espectador por enfrentar al narcotráfico, ¿qué le puede pasar a cualquier otro que siga estas investigaciones o que se solidarice con esta víctima? Había también una lógica de autocuidado. Los atentados con explosivos y asesinatos eran los más graves, claro, pero entre tanto se daban tantas otras presiones e intimidaciones que el ambiente generalizado era de miedo.Diría que esa violencia fue muy efectiva , sobre todo porque no hay registros de la solidaridad, que como hoy, por ejemplo, se tiene con los periodistas que fueron víctimas en esa época.

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¿Qué pasaba entonces en las regiones o con medios más pequeños?

La cadena de producción periodística, desde que se redacta una nota hasta que llega al lector, involucra a muchas personas. Aquí no solo hubo violencia contra los medios de comunicación, sino que también la hubo contra voceadores, sedes de periódicos se tuvieron que cerrar, periodistas tuvieron que pasar a una cuasi clandestinidad. En la prensa escrita era muy importante el despliegue de lo que se conocía como nación y el tiraje de algunos periódicos, incluyendo a El Espectador, en las regiones se veía frustrado con la compra masiva de todos los medios o el impedimento de que circularan. Asimismo, empezaba a entrar la televisión y con ella vino una tragedia televisada. Todos esos edificios en ruinas o afectados seriamente fueron imágenes que vieron todos los periodistas y, sin duda, algo que tiene muy claro la Flip es que la violencia siembra miedo. Después de la violencia vienen la autocensura y la pregunta: “¿Será que sigo cubriendo estos temas? ¿Será que mejor no me meto? Vea el destino y vea el resultado que pagó quien se atrevió. A lo mejor yo debería no meterme en este asunto”. Ahí hay una suerte de victoria de los victimarios, en la medida en que los valientes se quedan solos, sufren toda la carga de violencia, y los que quisieran entrar no se sienten lo suficientemente confiados para hacerlo.

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¿Qué diferencia a la violencia que sufre el periodismo hoy y la de hace tres décadas?

El cierre de los años 80 mandó un mensaje contundente que se repetiría hacia finales de los 90, y es que la violencia contra la prensa se puede ejercer sin distinción del perfil del periodista y sin distinción del lugar donde está. Fue una violencia que se vivió en entornos urbanos contra periodistas de alto perfil y, luego, incluida esta década, las agresiones más graves se producen en zonas apartadas del país. Ese fenómeno de violencia se desplazó de lo urbano a lo rural y, creería yo, fue la semilla para una posterior solidaridad, tal vez tardía, que hoy en día nos sirve mucho para enfrentar las restricciones a la libertad de expresión, pero que en ese momento hizo muchísima falta y dejó expuestos y en la soledad a muchos periodistas y medios.

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