1 Apr 2020 - 2:00 a. m.

La guerra de la cárcel La Modelo que la periodista Jineth Bedoya contó y pasó de agache

Entre 1999 y 2000, la periodista escribió en El Espectador 34 textos para contar una guerra atroz en La Modelo. Casi le cuesta la vida. De su lucha por reponerse nació la campaña “No es hora de callar”. Hoy la justicia confirma lo que escribió hace 20 años, y ella recibe el Premio Unesco Guillermo Cano por su tenacidad.

Redacción Judicial

Sobre Jineth Bedoya, la Unesco resaltó su excepcional coraje e incansable compromiso con su labor como periodista.  / Cristian Garavito - El Espectador
Sobre Jineth Bedoya, la Unesco resaltó su excepcional coraje e incansable compromiso con su labor como periodista. / Cristian Garavito - El Espectador

Hace 20 años, ante los ojos del Estado y el país, la cárcel La Modelo en Bogotá se convirtió en un campo de guerra. Los patios 3, 4 y 5 del ala sur fueron controlados por el paramilitarismo. Los patios 1 y 2 del ala norte se hicieron territorio de la guerrilla. Los demás presos se acomodaron a los bandos para sobrevivir. Como todo ejército en batalla, insurgentes o autodefensas guardaban en sus caletas subametralladoras, revólveres, pistolas, granadas, armas blancas, escopetas. Más de 100 personas murieron en cuatro años, algunas desaparecidas. Los esfuerzos por la memoria todavía no incluyen este sombrío capítulo.

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Todo se desencadenó cuando el Gobierno de Andrés Pastrana inició su proceso de paz con las Farc en el Caguán, y la guerrilla lo encaró con un doble juego: la mesa de diálogo y el pulso político por un canje de prisioneros. Con más de 500 militares y policías cautivos en sus alambradas de la selva, confiaba en intercambiarlos por guerrilleros presos en las cárceles. Y esos canjeables de primera línea estaban en La Modelo. Era la época en la que el paramilitarismo golpeaba duro en Bogotá y en la misión selectiva de su Frente Capital, después llamado Bloque Capital, La Modelo fue parte clave del entramado.

Con crímenes políticos como el de los investigadores del Cinep, Mario Calderón y Elsa Alvarado en mayo de 1997, el abogado Eduardo Umaña en abril de 1998, o Jaime Garzón en agosto de 1999, el Bloque Capital sacudió a Bogotá. En versión libre rendida ante Justicia y Paz, el jefe paramilitar Jesús Emiro Pereira, alias Huevoepisca, concuñado de Carlos Castaño y mano derecha de su hermano Vicente, confirmó tiempo después que quién los ayudó a entrar para operar fue el general (r) Rito Alejo del Río, que había llegado a comandar la XIII Brigada. El enlace fue su jefe de inteligencia, el coronel (r) Jorge Eliécer Plazas.

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Una expansión paramilitar que, ante la presión guerrillera por el canje de prisioneros, encontró necesario controlar La Modelo. Entonces configuró el Bloque Interno Capital que se convirtió en una estructura afín delictiva, coordinada por dos detenidos de peso. Miguel Arroyave, alias Arcángel, viejo conocido de los Castaño desde sus días de juventud en Amalfi (Antioquia) y zar de los insumos químicos para la cocaína en los Llanos Orientales; y Ángel Gaitán Mahecha, desde los años 80, uno de los hombres de confianza del zar de las esmeraldas, Víctor Carranza.

Cuando La Modelo era territorio libre para que circularan fusiles Galil, R-15 o AK-47, y se tornaban normales los homicidios, las torturas, las extorsiones, los chantajes, apareció la voz que denunció este reino impune. Desde las páginas de El Espectador lo hizo la periodista Jineth Bedoya, que documentó lo que el país no quería reconocer. Su obsesión por contarlo se tradujo en 34 textos publicados entre febrero de 1999 y mayo de 2000, con titulares igual de precisos a sus reportes: “Caciques mandan en La Modelo”, “Pescas milagrosas en la cárcel”.

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Sin tomar partido por contendiente alguno y porque de tiempo atrás las cárceles se habían convertido en pieza central de sus intereses. Desde que entró al periodismo en el noticiero Alerta Bogotá de Radio Uno y se metió de cabeza a entender el infierno carcelario. Pero no se limitó a decir lo que veía, sino que encontró también el universo de su auténtica vocación social. Por eso desarrolló en 1997 una campaña para dotar de cuadernos a los hijos de los internos, y tramitó con empresas para que el Día de las Mercedes fuera un auténtico homenaje a la libertad.

Ante su recio carácter y el calibre de sus noticias, tampoco le faltaron contradictores. Pronto casó pelea con uno de los sindicatos de guardianes porque contó cómo operaba el tráfico de drogas. Un narcotraficante le hizo saber que si seguía incomodando le iba a cortar la lengua. Cuando el asunto alcanzaba una temperatura peligrosa, se fue a trabajar a El Espectador. Inicialmente en orden público, pero después regresó a las cárceles. En La Modelo reverberaba la guerra, y para contenerla nació una Mesa de Trabajo. Allá llegó con su propuesta.

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Desde la reflexión de que “así los presos estuvieran privados de la libertad física, sus condenas no incluían prohibir la libertad de expresión”, se inventó un taller de formación periodística que derivó en la creación de la publicación Libres. Circularon pocos números y la iniciativa tuvo que suspenderse porque la violencia pudo más. A los ajustes de cuentas, delitos sexuales o secuestros, se sumaron en breve las desapariciones y las masacres. El 8 de diciembre de 1999 fueron 14 muertos. La guerra alcanzaba las cadenas del vicio, las enfermerías, las tiendas y los caspetes.

A cualquier hora del día, con libre porte de celulares, brazaletes, pasamontañas o chalecos antibalas, la muerte se paseaba por los pasillos y su talión era normal. Cuerpos desmembrados aparecieron en las alcantarillas o en bolsas de basura porque predominaba la ley del silencio. El jueves 27 de abril de 2000 el tema adquirió proporciones de escándalo. En un feroz combate por el control del patio 4 murieron 32 internos. 17 quedaron heridos. Los medios titularon ese día con la masacre. Ella esperó la visita femenina y detalló los pormenores de la batalla.

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Entonces arreciaron las amenazas. Confiada en que su neutralidad era suficiente, envió una tarjeta personal a los jefes paramilitares para concertar una entrevista. Pero esa cita fue convertida en una celada, y en la puerta de La Modelo, mientras tramitaba su permiso de ingreso, fue secuestrada. La ocultaron en una bodega cercana al reclusorio y después, amordazada y atada de pies y manos, se la llevaron en una camioneta de vidrios oscuros más allá de Villavicencio. Permaneció secuestrada 16 horas. Fue torturada y violentada sexualmente.

A lo mejor la iban a desaparecer, pero a las ocho de la noche, cuando las autoridades rastreaban, sus captores recibieron una contraorden y fue abandonada en un despoblado cerca de la terminal de transporte de la capital del Meta, donde fue recogida por un taxista y llevada a la Policía. Desde ese día, tratando de reponerse, empezó una lucha consigo misma que no concluye. Pero sin rendición, porque sabe que el periodismo siempre ha sido su rescate. En su pelea contra la impunidad, pasaron 11 años y tres meses hasta que una fiscal dio el primer paso.

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Con apoyo de la Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP) que entró a litigar su pelea y de la agencia de cooperación inglesa Oxfam, que le dio voz internacional, su caso salió del olvido y la Fiscalía elevó el expediente a categoría de crimen de lesa humanidad. Hoy hay tres condenados, aunque ella sabe que hay más impunes. Por eso ahora pelea en la Comisión de Derechos Humanos (CIDH), mientras ejerce en El Tiempo y lidera su campaña internacional “No es hora de callar” para que otras mujeres que fueron víctimas de violencia sexual, tampoco guarden silencio ante sus victimarios.

Respecto a sus denuncias de hace dos décadas, un grupo de investigadores, liderados por una fiscal de la dirección especializada de justicia transicional, se han encargado de comprobarlas. En la reconstrucción del azaroso capítulo de La Modelo entre los años 1999 y 2003, hoy ya existe un documento histórico de 342 páginas que ratifica todo lo que Jineth Bedoya denunció y casi le cuesta la vida. La guerra a muerte en la cárcel, mientras los diálogos de paz caían en el descrédito, y el Bloque Interno Capital maquinaba con los de afuera una secuencia de terror.

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“El veneno se usó mucho. El cianuro para matar gente. Eso entraba por el Patio 3 y se le daba un frasquito de polvo a cada mando de patio”. “Los cuerpos se botaban en la puerta blindada y el Inpec los recogía envueltos en cobijas y los reportaban como infartos. El que no moría en el tanque de corriente, lo sacaban y lo desaparecían en canecas de aguamasa”. Las hachas con las que picaban a las personas eran pequeñitas, con buen filo. Los cuchillos del mismo rancho los usaban para abrir y sacarles las tripas”. Las frases de cada testimonio recaudado en la pesquisa demuestran que aquella fue pesadilla sin límites.

La investigación de la Fiscalía, fechada en junio de 2018, ya tiene varios sindicados. Juan Carlos Cadavid, José William Parra, Alber Narváez. También se indaga la conducta del exdirector de la cárcel, William Gacharná. La mayoría están libres porque el tiempo ha pasado y porque los principales jefes ya están muertos. Miguel Arroyave salió de la cárcel para comandar el temible Bloque Centauros que llevó luto a muchas familias del Llano hasta que lo mataron sus compinches en 2004. Ángel Gaitán Mahecha fue asesinado en La Picota en 2001 por un guerrillero.

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Queda mucho por documentar sobre lo que Jineth Bedoya contó y lo que no pudo, y sobre la conexión entre el Bloque Interno Capital, el Estado y sus aliados en la calle. Los que coordinaron desde el Sanandresito de la 38 o una oficina en la 106 con 15, tantos crímenes impunes que la memoria se resiste a olvidar. Los legisladores Jairo Rojas y Luis Alfredo Colmenares. El vicepresidente de la CUT, Jorge Ortega. El dirigente agrario del Sumapaz, Julio Alfonso Poveda. O tantos hombres y mujeres anónimos en barrios populares que murieron como vivieron, en el anonimato.

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