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24 Feb 2022 - 6:14 p. m.

“La justicia es buena para el Alzheimer”: comisionado de la verdad

En momentos en que parece abrirse paso un renacer de la guerra y se siguen poniendo obstáculos al trabajo de escucha de la Comisión de la Verdad, reflexiones sobre la urgencia de verdad como la hermana mayor de la justicia.

Carlos Beristain

Los hombres fueron asesinados en la noche del 22 de febrero en San Martín (Cesar).
Los hombres fueron asesinados en la noche del 22 de febrero en San Martín (Cesar).
Foto: Cortesía

Texto dedicado a la memoria de Teo y Tafur

En los ríos revueltos no ganan los pescadores sino los saqueadores de la vida. Vivimos un tiempo esquizofrénico, donde un proceso de paz se hace en medio de una guerra que sigue de tantas maneras fragmentadas, pero con la contundencia de la muerte. Siguen los cuchillos afilados y las balas dirigidas. Desde que empezó esta Comisión, algunos amigos de este trabajo o líderes que participaron en encuentros y testimonios, fueron asesinados o perseguidos.

El viento en contra de la paz sopla por los túneles del inframundo y por las veredas, a plena luz del sol. El viento a favor se empeña en un camino que parece el mundo de Sísifo. El dios griego había sido castigado a empujar cuesta arriba una piedra enorme que, justo antes de llegar a la cima, cuando parecía que lo había conseguido, volvía a rodar hacia abajo. Como un proceso absurdo del que cualquiera podría decir qué iba a pasar, y con el empecinamiento de quien tiene esperanza de que lo va a lograr. Depende del observador, y de lo que este empuje.

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Mientras, se siguen poniendo obstáculos al trabajo de escucha de la Comisión, sobre todo cuando hay gente metida hasta los tuétanos en esta guerra y que decidió por fin hablar porque quiere bajarse de ese carrusel del horror. La impunidad se basa en el ocultamiento y la negación, que son esos factores de persistencia inmateriales. La materialidad de la guerra son las tierras usurpadas, el alambre de espino o las armas por doquier, la sangre derramada. Lo inmaterial son los discursos en que todo ello viene envuelto, y el aire que se va inhalando, hasta que resulta irrespirable.

Pero las cosas tienen a veces puntos de crisis. Como si llegado el momento, la piedra que se subía hasta la cima se quedara atorada o se negara a seguir las reglas de la gravedad. Los factores de crisis para quebrar la negación y el ocultamiento son el riesgo de muerte o la justicia. A veces, hay responsables a los que se les toca el corazón, y lo que muestra la historia de las últimas décadas es que, cuanto más bajo es el nivel de mando más cerca está el corazón. Cuanto más alto, más difícil el reconocimiento.

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A unos pocos altos represores de Chile o Argentina, desgracias familiares o la inminencia de la muerte les hizo hablar. A otros, ni eso. En otros casos, cuando empezó a actuar la justicia contra grandes peces saqueadores de la vida, comenzaron a quebrarse los pactos de silencio. La justicia es buena para el Alzheimer.

En el proceso de paz con las FARC-EP se llegó a un diseño de que quienes contaran toda la verdad podrían tener sentencias de justicia restaurativa. Eso muestra que la verdad es la hermana mayor de la justicia. Por eso es tan importante.

(En contexto: ¿Quiénes eran Teófilo Acuña y Jorge Tafur?, líderes sociales asesinados en Cesar)

Ayer, mientras un conocido responsable que ha pasado por todos los escenarios de la guerra y grupos armados hasta el mes pasado, quería hablar, dos líderes queridos del Magdalena Medio, Teófilo y Tafur, fueron asesinados delante de sus familias. Las investigaciones pocas veces llevan a identificar a los culpables, a veces cuando parece que por fin la piedra llegó arriba, de nuevo el peso de la historia pudo con la levedad de la esperanza. Y aunque todas las hipótesis estén abiertas, en general siempre las que parecen más evidentes terminan cerradas.

Que eso no sea de nuevo la historia del inframundo. No es inevitable esa sensación que tienen los líderes que aglutinan la voluntad de resistencia de la gente, frente a una que no quieren que sea única alternativa de la coca, la minería destructiva o la acumulación de tierras cada vez en menos manos, tampoco lo es que la vida vale muy poco aquí y que alguien va a pagar dinero por quitarla.

El liderazgo social es el pegamento de la confianza. La última vez, me encontré a uno de esos líderes de las comunidades afrodescendientes en el exilio en Centroamérica, escapando de la muerte. Si hay algo que tiene que recuperar el Estado es la confianza, y le va a costar. Eso solo tiene futuro protegiendo, prestigiando y cuidando a los líderes sociales. Si hay una inmaterialidad de la paz, debería estar en el grito inundando el alma de no más Sísifo con la esperanza.

Para conocer más sobre justicia, seguridad y derechos humanos, visite la sección Judicial de El Espectador.

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