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Si hay una planta que ha estado presente en la historia de Latinoamérica desde hace miles de años, esa es el maíz. Fue alimento, sustento y parte de las tradiciones de numerosas civilizaciones americanas, y con el paso del tiempo cruzó fronteras hasta convertirse en uno de los cultivos más importantes del planeta.
Pero detrás de una buena cosecha hay mucho más que sembrar una semilla y esperar a que crezca. La distancia entre cada planta, la cantidad de matas por hectárea y el manejo que recibe el cultivo pueden marcar la diferencia entre un maizal saludable y uno con bajos rendimientos.
¿Qué tener en cuenta?
Si está pensando en cultivar maíz, una de las primeras preguntas es cuántas plantas puede sembrar en una hectárea. Sin embargo, no existe una cantidad única, ya que la densidad del cultivo depende de factores como el clima, la disponibilidad de agua, el tipo de suelo, la variedad y el destino de la producción.
De acuerdo con Germán Alfonso Castro Pinto, docente de Ingeniería Ambiental de la Universidad ECCI, en zonas más áridas la densidad puede ser de alrededor de 25.000 plantas por hectárea, mientras que en regiones húmedas y tropicales puede superar las 75.000 plantas por hectárea.
En cambio, en el caso del maíz forrajero en regiones templadas, por ejemplo, puede llegar a entre 90.000 y 110.000 semillas por hectárea.
Por esta razón, una hectárea puede albergar desde unas 25.000 hasta más de 75.000 plantas de maíz, dependiendo de las condiciones del cultivo. Además, es habitual sembrar entre un 10 % y 15 % más de semillas de las necesarias para compensar aquellas que no germinen o que puedan perderse durante las primeras etapas por insectos, enfermedades o malezas.
Por ello, al momento de sembrar se deben tener en cuenta aspectos como la profundidad, la separación entre plantas y la distancia entre surcos:
- Profundidad: las semillas deben colocarse aproximadamente entre 4 y 5 centímetros. Si el suelo está seco, esta profundidad puede aumentar hasta 6 o 7 centímetros para favorecer el acceso a la humedad.
- Distancia entre plantas: se recomienda dejar entre 20 y 25 centímetros dentro de una misma hilera, de manera que las plantas tengan suficiente espacio para desarrollarse y reduzcan la competencia por agua, luz y nutrientes.
- Distancia entre surcos: puede estar entre 75 y 90 centímetros, aunque esta medida puede variar de acuerdo con la variedad, las condiciones de la zona, el sistema de producción y la maquinaria que se utilice.
Esta distribución permite aprovechar mejor los recursos disponibles y facilita las labores de manejo del cultivo. En el caso del maíz destinado a la producción de grano, la distancia entre surcos puede variar aproximadamente entre 50 y 120 centímetros, dependiendo de las condiciones y del sistema empleado.
En esta imagen puede ver un ejemplo mejor de la distribución.
¿Qué tipo de siembra elegir?
No existe una única forma de establecer un cultivo de maíz, según explica el profesor. La elección depende principalmente del tamaño del terreno, las condiciones del suelo y los recursos disponibles.
- Siembra directa o sin labranza: las semillas se colocan directamente en el suelo sin realizar una preparación convencional previa. Puede ayudar a reducir la erosión, conservar la humedad y disminuir los costos de labranza, aunque exige un manejo adecuado de las malezas.
- Bancales o camas elevadas: consiste en sembrar sobre camas de suelo elevadas, una alternativa que puede mejorar el drenaje y la aireación. Requiere, sin embargo, una preparación inicial del terreno.
- Hileras dobles: las plantas se distribuyen en dos hileras cercanas, dejando una mayor separación entre cada conjunto de hileras. Esta técnica permite aumentar la densidad del cultivo, aunque requiere un manejo cuidadoso para evitar una competencia excesiva entre las plantas.
¿Entonces cómo sembrarlo?
Elija las semillas
Seleccione semillas de buena calidad, preferiblemente de una variedad adaptada a las condiciones climáticas y al tipo de suelo de la zona donde piensa cultivarlas. Evite aquellas que estén dañadas, con signos de humedad, hongos o plagas.
Prepare el terreno
Antes de sembrar, retire piedras, ramas y malezas. Remueva el suelo para airearlo y, si es necesario, incorpore materia orgánica como compost o estiércol bien descompuesto. El terreno debe tener buen drenaje, ya que el exceso de agua puede afectar las raíces.
Trace las hileras
Marque los surcos sobre el terreno respetando las distancias recomendadas para el tipo de cultivo. Esto permitirá distribuir las plantas de manera uniforme y evitar que compitan excesivamente por agua, luz y nutrientes.
Coloque las semillas
Haga los pequeños hoyos y coloque las semillas en ellos, teniendo en cuenta la profundidad y separación indicadas anteriormente. Después, cúbralas suavemente con tierra, sin compactar demasiado el suelo.
Asegure la humedad
Después de la siembra, proporcione el agua necesaria para favorecer la germinación. El suelo debe mantenerse húmedo, pero no encharcado. A partir de este momento, será importante vigilar que las plantas tengan disponibilidad de agua, especialmente durante las etapas de mayor crecimiento.
