
El rock suena por lo alto, las guitarras revientan los parlantes, se escuchan risas, gritos y miles de voces cantando al mismo tiempo. El Parque Simón Bolívar vuelve a llenarse de música, amigos, botas, camisetas negras y una celebración que, desde hace 30 años, hace parte de la historia cultural de Bogotá: Rock al Parque.
Lo que comenzó en 1995 como una apuesta por llevar el rock a un escenario público y de acceso gratuito terminó convirtiéndose en uno de los festivales musicales gratuitos más importantes de América Latina. Por sus escenarios han pasado generaciones de músicos y espectadores, y durante tres décadas el festival ha sido también un espacio de encuentro, diversidad y apropiación del espacio público.
Pero mientras este mismo salta frente a las tarimas y las bandas hacen historia sobre el escenario, debajo de todo eso hay un parque que también recibe el impacto del festival. ¿Qué pasa con el suelo cuando miles de personas caminan sobre él durante horas? ¿Qué ocurre con los jardines y la fauna que depende de ellos después de que se desmontan las tarimas, las estructuras y las vallas? Y, sobre todo, ¿cómo vuelve a recuperarse la zona verde más importante de la capital cuando la música deja de sonar?
Rock al Parque celebra sus 30 años, y vale la pena mirar más allá del escenario y preguntarse qué sucede con el espacio que hace posible todos estos encuentros que disfrutamos.
¿Por qué es tan importante el Parque Simón Bolívar?
En medio de una ciudad de más de ocho millones de habitantes, contar con un espacio verde de 113 hectáreas no es un asunto menor. El Parque Metropolitano Simón Bolívar es uno de los principales espacios naturales y recreativos de Bogotá: sus árboles, zonas verdes, senderos y cuerpos de agua ofrecen un lugar para el encuentro ciudadano, pero también cumplen funciones ambientales dentro de una ciudad densamente urbanizada.
El parque fue concebido como un gran espacio verde y público para Bogotá. Su diseño, desarrollado en 1982 por el arquitecto Arturo Robledo Ocampo, contempló la plaza central, los senderos, la arborización y diferentes estructuras alrededor del lago. En ese momento, la plaza estaba pensada para recibir encuentros de una escala mucho menor a la de los grandes festivales que actualmente se realizan allí: el diseño original contemplaba una capacidad cercana a las 10.000 personas. La prioridad era consolidar un espacio abierto para el disfrute y encuentro de la ciudadanía, rodeado de naturaleza.
Con el paso de las décadas, esa plaza fue ampliada y el parque adquirió un nuevo papel como escenario para grandes conciertos y eventos masivos. Según información del IDRD, actualmente la Plaza de Eventos tiene una capacidad oficial de hasta 80.000 espectadores, aunque dependiendo del montaje y de las condiciones de cada evento puede llegar a recibir hasta 140.000 personas.
Esa transformación ha permitido que el Simón Bolívar se convierta en uno de los principales escenarios culturales de Bogotá. Allí se realiza Rock al Parque, que este año celebra 30 años, además de otros festivales como el Festival Estéreo Picnic, otras ediciones de Al Parque, el Festival Cordillera y conciertos que durante varios días concentran a miles de personas, vehículos, estructuras temporales y equipos en un espacio que también cumple funciones ambientales durante todo el año.
La diferencia entre la escala para la que fue concebida originalmente la plaza y la cantidad de personas que puede recibir actualmente ayuda a entender una de las principales discusiones alrededor de estos eventos: qué presión puede soportar un espacio verde cuando debe adaptarse para recibir concentraciones de decenas de miles de personas.
Según Evelyn Martínez, veterinaria y directora de la fundación Aves S.O.S., en el parque habitan artrópodos, anfibios, reptiles y aves nativas y migratorias, algunas de ellas clasificadas en categorías de amenaza por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN). Desde la fundación, Martínez ha documentado y denunciado en redes sociales situaciones que afectan a la fauna del Simón Bolívar y ha realizado labores de veeduría sobre las condiciones ambientales del parque, el último sobre el Festival Estéreo Picnic.
La presencia de estas especies también permite dimensionar que los efectos de un festival van más allá de lo que ocurre durante las horas de los conciertos. El impacto se produce desde el montaje y permanece durante todo el proceso que implica realizar un evento de esta magnitud. Para Melizza Ordoñez, directora de Ingeniería Ambiental de UNIAGRARIA, es necesario considerar factores como el transporte, la circulación de personas y vehículos, las estructuras temporales, la generación de residuos, el consumo de agua y energía y los niveles de ruido.
“Estamos hablando de una concentración muy alta de personas en un espacio naturalizado”, explica. Señala que el parque no fue diseñado originalmente para soportar durante varios días una presión de esta magnitud y que, por eso, es necesario evaluar qué sucede con el suelo, la vegetación y la fauna antes, durante y después de cada evento.
Para destacar: Festivales en el Simón Bolívar y la necesidad de garantizar sostenibilidad ambiental. Leer nota completa aquí
Un choque entre cultura y medio ambiente
Rock al Parque nació en 1995 como una apuesta por llevar el rock a distintos espacios públicos de Bogotá. Su primera edición se realizó en el Parque Olaya Herrera, donde participaron 14 bandas y asistieron cerca de 7.000 personas. La propuesta había comenzado a tomar forma de la mano de uno de sus gestores y el músico Mario Duarte, y posteriormente recibió el respaldo de Berta Quintero y del entonces alcalde Antanas Mockus.
La idea era poco habitual para la época: un festival gratuito que llevara el rock a diferentes escenarios de la ciudad, entre ellos el Parque Olaya Herrera, la Media Torta y el Simón Bolívar. Con el tiempo, Rock al Parque no solo consolidó estos lugares como escenarios para la música, sino que también contribuyó a ampliar el uso de los espacios públicos de Bogotá para grandes encuentros culturales gratuitos. El Simón Bolívar terminó convirtiéndose en uno de los principales escenarios del festival y de otros eventos de gran formato, pero también en el lugar donde hoy se concentra buena parte de la discusión sobre los efectos ambientales de estas actividades.
Desde la estrategia EcoFestivales de IDARTES explican que el montaje puede generar compactación del suelo por el peso de las estructuras y la circulación de maquinaria, desgaste del césped y una disminución temporal de la capacidad del suelo para infiltrar agua. La intensidad de estos impactos depende, entre otros factores, de cómo se planifique y ejecute el montaje.
"Por eso, una parte de la gestión ambiental consiste en identificar previamente las zonas más sensibles, organizar los recorridos logísticos y ubicar las estructuras en superficies adecuadas, procurando reducir las intervenciones sobre las áreas verdes. En el caso del arbolado, también se realizan recorridos técnicos antes, durante y después del evento para identificar riesgos y prevenir daños en troncos, ramas y sistemas de raíces", explicaron a El Espectador.
El tránsito de miles de personas también puede modificar las condiciones del suelo. La circulación reiterada puede reducir los espacios porosos que permiten el paso del aire y el agua y afectar temporalmente la recuperación del césped. El problema puede intensificarse cuando el terreno está húmedo o cuando grandes grupos permanecen durante períodos prolongados en una misma zona.
“En este sentido, no solamente hay un deterioro de la vegetación o de la fauna que está presente en el parque. También pueden verse afectados organismos que utilizan el lugar como refugio, zona de alimentación o espacio de tránsito, y es que cuando hablamos de biodiversidad urbana, no podemos solamente pensar en los grandes árboles que podemos ver a simple vista”, señala.
El parque, explica, funciona como un ecosistema en el que diferentes especies interactúan entre sí y dependen de las condiciones del lugar. Además del montaje y sus impactos en el suelo, también pueden presentarse daños más directos, como plantas pisadas o arrancadas, ramas afectadas y residuos que quedan entre la vegetación.
En un espacio que alberga especies propias de los ecosistemas andinos y altoandinos, estos impactos importan porque la recuperación de una planta no depende únicamente de que vuelva a crecer el césped: también requiere que el suelo conserve las condiciones de humedad, aireación y nutrientes que permiten su desarrollo.
A esto se suman afectaciones menos visibles. La iluminación artificial durante la noche puede alterar los ciclos naturales de luz y oscuridad de las plantas e interferir en procesos fisiológicos como el crecimiento y la floración. El tránsito constante y el uso intensivo de determinadas zonas también pueden impedir la regeneración de la vegetación, especialmente cuando el suelo permanece compactado. Por eso, evaluar el impacto de un festival sobre el parque implica mirar más allá de si el césped vuelve a verse verde después de unos días: también hay que preguntarse qué ocurre con los árboles, las plantas y los procesos naturales que sostienen esa vegetación.
¿Cómo se recupera el parque luego de estos eventos?
La recuperación del Parque Simón Bolívar comienza, en realidad, antes de que termine un festival. Días antes de Rock al Parque u otro festival, como el FEP, que tiene casi la misma trascendencia en personas, la autoridad ambiental, a través del Sistema Único de Gestión para el Registro, Evaluación y Autorización de Actividades de Aglomeración de Público en el Distrito Capital (SUGA), formula recomendaciones a los organizadores para reducir los posibles impactos sobre los árboles, la fauna silvestre y, en general, las condiciones ambientales del escenario.
Entre las medidas se encuentra la orientación de las luminarias para evitar que la luz incida directamente sobre las copas y ramas de los árboles, zonas utilizadas por las aves para descansar y anidar. También se recomienda instalar adecuadamente el cableado para reducir riesgos sobre la fauna terrestre y evitar que las estructuras sean ancladas directamente a los árboles. El control de los niveles de ruido y la ubicación de tarimas también hacen parte de las medidas de manejo ambiental.
Una vez termina el festival y comienza el desmontaje, la evaluación del parque permite determinar qué zonas requieren atención. Desde la estrategia EcoFestivales de IDARTES explican que se realizan recorridos técnicos antes, durante y después del evento para comparar las condiciones del escenario, identificar áreas con desgaste, revisar posibles afectaciones al arbolado y reconocer los sectores que necesitan mantenimiento.
Las labores dependen de lo que encuentre la evaluación. Pueden incluir la limpieza y retiro de residuos, el mantenimiento de las zonas verdes, la recuperación de sectores desgastados y la aireación de suelos compactados. Cuando las condiciones lo requieren, también pueden realizarse procesos de resiembra o reposición de cobertura vegetal. En el caso de los árboles, cualquier intervención debe responder a una valoración técnica y a las competencias y autorizaciones correspondientes.
El manejo de residuos es otra parte de este proceso. Desde EcoFestivales señalan que durante Rock al Parque 2025 se recolectaron aproximadamente 4,7 toneladas de residuos, de las cuales 3,07 toneladas fueron aprovechadas, equivalentes a una tasa de aprovechamiento del 65,3 %. Para 2026, la estrategia plantea continuar fortaleciendo la separación, el aprovechamiento y la trazabilidad de los materiales.
¿Deberia los festivales seguir haciendose en el Parque Simón Bolívar?
Después de revisar los impactos que puede producir un evento masivo sobre el suelo, la vegetación y los árboles del Parque Simón Bolívar, queda una pregunta que no tiene una respuesta única: ¿deberían estos festivales seguir realizándose allí?
Para Evelyn Martíne la respuesta es no. Desde el trabajo de veeduría que realiza la organización, cuestiona que eventos privados de gran formato se desarrollen dentro de la Estructura Ecológica Principal de Bogotá. Su posición es que este tipo de actividades deberían trasladarse a espacios preparados específicamente para recibir grandes concentraciones de personas y que permitan controlar de manera más adecuada impactos como la contaminación lumínica y sonora, los residuos y las intervenciones sobre las zonas verdes.
Para Ordoñez, por su parte, antes de decidir si el parque puede seguir acogiendo eventos de esta magnitud, hay un factor que debería ser determinante: su capacidad de recuperación. Esto implica evaluar cuánto tardan las zonas intervenidas en recuperar sus condiciones, qué afectaciones persisten después del desmontaje y si las medidas de recuperación acordadas con los promotores realmente se cumplen. Además de que ¿quién verifica que el parque efectivamente se haya recuperado y qué mecanismos tiene la ciudadanía para hacer seguimiento y exigir que esos compromisos se cumplan?
La discusión también pone sobre la mesa el uso del espacio público y el papel que Rock al Parque ha tenido en la vida cultural de Bogotá. El festival y las distintas versiones de los Festivales al Parque acumulan décadas de historia y han convertido al Simón Bolívar en un escenario de encuentro para generaciones de músicos y espectadores. En el caso de Rock al Parque, su carácter gratuito ha sido parte fundamental de su identidad: permite que el acceso a los conciertos no dependa de la capacidad de pago y que miles de personas puedan participar de una oferta cultural de gran escala. Algo importante para una ciudad tan grande como Bogotá.
Por eso, trasladar estos eventos a escenarios diseñados específicamente para grandes conciertos podría ofrecer mejores condiciones para controlar algunos de sus impactos ambientales, pero también plantea otra dificultad. Muchos de estos espacios son privados y su uso puede implicar costos de alquiler, logística y acceso que afectarían las condiciones que han permitido que estos festivales sean gratuitos. La discusión, entonces, no se limita a decidir dónde realizar los conciertos, sino a cómo garantizar que Bogotá pueda mantener una oferta cultural abierta y de gran alcance sin desconocer las condiciones ambientales del espacio que la recibe.
Y usted, ¿cree que Bogotá debería mantener los grandes festivales gratuitos en el Parque Simón Bolívar, buscar otros escenarios o establecer condiciones más estrictas para proteger el ecosistema? Los leemos en los comentarios.
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alvaro(jotos)•Hace 2 horas¿Por qué soo lhablan de Rock al Parque y no de los festivales Cordillera y Estéreo pic nic ? ¿Por qué no hablan de vive claro?
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Juda(66999)•Hace 2 horas¿Y qué pasa con el resto de publicitados eventos realizados en el mismo escenario: Parque Simón Bolívar?….