En el Día de la Tierra, más personas se suman a la iniciativa de sembrar plantas nativas en sus jardines como una forma de apoyar la biodiversidad y contribuir al bienestar del planeta. Este acto, aunque sencillo, tiene un impacto profundo en los ecosistemas urbanos, donde las plantas nativas juegan un papel fundamental. No solo favorecen la conservación de polinizadores, fauna local y diversos insectos, sino que también mantienen relaciones ecológicas especializadas que son clave para el equilibrio natural.
En la Huerta, exploramos los beneficios y desafíos de integrar plantas nativas en los espacios urbanos, para que pueda considerar bien sus opciones.
“La vegetación nativa establece relaciones ecológicas muy específicas. Algunas especies vegetales son generalistas, capaces de interactuar con diversos polinizadores, mientras que otras han desarrollado asociaciones altamente especializadas con determinados organismos, un fenómeno conocido como especialización ecológica. Estas relaciones son producto de la coevolución, un proceso donde especies interactúan estrechamente a lo largo del tiempo, adaptándose mutuamente”, dijo Sebastián Niño, coordinador territorial del Jardín Botánico de Bogotá.
Ejemplos de relaciones especializadas:
- Polinización específica: Algunas orquídeas han evolucionado para ser polinizadas exclusivamente por una especie concreta de abeja o polilla. Por ejemplo, la orquídea Ophrys apifera imita la apariencia y el olor de una abeja hembra para atraer a los machos, que al intentar copular con la flor transfieren el polen.
- Polinización por vibración: Ciertas plantas liberan polen únicamente cuando una abeja produce vibraciones a una frecuencia específica (conocido como “buzz pollination” o polinización por vibración). Las abejas nativas han desarrollado la capacidad de vibrar sus músculos torácicos a la frecuencia exacta que estas plantas requieren.
- Adaptaciones morfológicas: Muchas flores nativas tienen estructuras especializadas que se adaptan perfectamente a los picos de colibríes específicos, a las probóscides de ciertas mariposas o a los aparatos bucales de determinadas abejas. Las flores del género Heliconia, por ejemplo, tienen corolas curvadas que coinciden exactamente con el pico curvo de ciertos colibríes.
La pérdida de plantas nativas desencadena un efecto dominó que afecta profundamente la biodiversidad, pues al desaparecer especies vegetales especializadas, también se pone en riesgo a los polinizadores o animales que dependen exclusivamente de ellas como fuente de alimento. Esta disminución repercute en otras plantas que, aunque no sean totalmente dependientes de estos, se benefician de su presencia para reproducirse.
De hecho, las plantas nativas cumplen funciones ecológicas que van mucho más allá de la polinización. Proveen hábitat y materiales para la construcción de nidos de insectos y aves, alimento esencial para las larvas de mariposas y otros insectos especializados, refugio para pequeños vertebrados y microhábitats clave para hongos y microorganismos del suelo. Estas relaciones sostienen redes ecológicas complejas que resultan imposibles de replicar mediante especies exóticas. Y es que las plantas invasoras, al no compartir una historia evolutiva con la fauna local, difícilmente pueden sustituir estas interacciones. Como consecuencia, los ecosistemas se simplifican progresivamente: las relaciones específicas y especializadas son reemplazadas por interacciones más generales y menos eficientes.
“Además, existe una sólida base ecológica que respalda la relación entre plantas nativas y la mitigación del cambio climático. Cuando un ecosistema conserva una alta diversidad de especies nativas, se fortalecen tanto la estructura como el funcionamiento del sistema, favoreciendo la regulación de los ciclos naturales y aumentando la capacidad de adaptación ante eventos extremos. Esto se debe a que las plantas nativas han coevolucionado durante milenios con otros componentes del ecosistema, estableciendo relaciones profundas que refuerzan su estabilidad y capacidad de respuesta ante perturbaciones ambientales”, dijo Niño.
No obstante, el experto aclara que es necesario mantener una visión equilibrada frente al papel de las especies exóticas, que en ocasiones han sido estigmatizadas. Aunque muchas no fueron introducidas con fines ecológicos, algunas llevan décadas o incluso siglos en los entornos urbanos y han comenzado a cumplir funciones importantes, como servir de alimento o refugio para ciertas especies de fauna local.
“Por supuesto, hay casos específicos donde su uso no es recomendable; por ejemplo, el Jardín Botánico de Bogotá desaconseja algunas especies exóticas que favorecen a aves generalistas como las mirlas, cuyo comportamiento territorial puede desplazar a especies nativas más vulnerables. Con más de 70 años de experiencia en arbolado urbano que cumple el Jardín Botánico de Bogotá este año, hay evidencia suficiente para reconsiderar el valor de ciertas especies, sean nativas o no, basándose en su desempeño comprobado en el entorno urbano”, señaló.
Aclara que no todas las especies “no nativas” provienen de otros países; algunas son originarias de distintos pisos térmicos dentro del mismo territorio colombiano y han sido progresivamente introducidas y adaptadas a zonas de mayor altitud. Un ejemplo interesante de esta adaptación espontánea en Bogotá es la presencia creciente de árboles frutales como aguacates, mandarinos y naranjos en el arbolado urbano. Estas especies, que antes no formaban parte del paisaje típico de la ciudad, han sido incorporadas de forma informal por la ciudadanía, convirtiéndose en una muestra de cómo las dinámicas sociales también impulsan procesos de adaptación vegetal.
Sin embargo, la realidad es que los esfuerzos de conservación para las plantas nativas se enfrentan a desafíos significativos ante la rapidez de las transformaciones que experimentan los ecosistemas urbanos. Las intervenciones tradicionales de conservación in situ, aunque valiosas, a menudo resultan insuficientes frente a la degradación acelerada de hábitats naturales. Por su parte, las estrategias de conservación ex situ, como los bancos de semillas o jardines botánicos, no logran replicar la complejidad de interacciones ecológicas propias de los ecosistemas naturales.
“Por ello se recomienda priorizar estrategias que integren el manejo de la vegetación urbana con planes de restauración ecológica más amplios, promoviendo un enfoque colaborativo que involucre a las comunidades y a diversas entidades de conservación” dijo.
Especies nativas y espacios urbanos
“El concepto de que las plantas nativas están mejor adaptadas al suelo, clima y condiciones locales requiere una mirada más matizada, sobre todo en contextos urbanos. Si se introducen en relictos de bosque con características similares a su hábitat original, suelen adaptarse bien, pues regresan a un entorno que refleja aquel en el que evolucionaron durante miles de años. No obstante, muchas especies nativas no están preparadas para prosperar en espacios urbanos altamente modificados, como separadores viales o parques de bolsillo, donde las condiciones distan mucho de las que moldearon su evolución”, señaló Niño.
Los separadores viales, por ejemplo, suelen tener suelos compactados, contaminación por metales pesados, altas temperaturas por el efecto de isla de calor urbano, y están expuestos a contaminantes atmosféricos. Las plantas nativas que evolucionaron en el sotobosque de un ecosistema forestal pueden carecer de los mecanismos fisiológicos para tolerar estas condiciones extremas.
“En los procesos de restauración ecológica, por ejemplo, se debe seleccionar con cuidado las especies nativas a utilizar, basándose en estudios que evalúen su capacidad de adaptación a entornos urbanos. No todas las especies nativas poseen la misma plasticidad ecológica ni responden igual a condiciones alteradas. Caso contrario a algunas especies exóticas (siempre que no sean invasoras) las cuales pueden adaptarse notablemente bien a estos espacios, gracias a características que les permiten tolerar condiciones adversas. Esto no implica que debamos priorizarlas sobre las nativas, pero sí nos recuerda que la adaptación es un proceso complejo que requiere un enfoque flexible y bien informado”, puntualizó el experto.
Señala que implementar vegetación urbana con especies nativas requiere analizar diversos factores. En primer lugar, la disponibilidad del material vegetal es clave: muchos viveros y centros de propagación convencionales ofrecen una selección limitada de plantas nativas, ya que muchas de estas especies no han sido comercializadas masivamente, lo que representa un obstáculo para proyectos o jardines que buscan incorporar biodiversidad local. En segundo lugar, el marco normativo vigente, especialmente en ciudades como Bogotá, regula estrictamente la siembra de especies arbóreas y arbustivas. Estas normativas responden a criterios técnicos como:
- La estructura radicular, que puede interferir con infraestructuras subterráneas como tuberías o cimientos.
- Las características de la copa, incluyendo su densidad, tamaño y patrón de crecimiento, que definen su compatibilidad con espacios urbanos reducidos.
- La producción de hojarasca o biomasa, que, aunque menos común en el trópico, puede representar un problema si llega a obstruir sistemas de drenaje o alcantarillado.
Todos estos aspectos deben ser cuidadosamente evaluados antes de implementar cualquier estrategia de revegetalización urbana con especies nativas. Por estas razones, resulta esencial realizar una revisión exhaustiva y consultar con expertos, como el Jardín Botánico, sobre el uso de especies nativas particulares en contextos urbanos similares. Esta consulta puede proporcionar información invaluable sobre el comportamiento de estas especies en condiciones comparables.
“La forma de planificar cambia bastante cuando se trata de espacios amplios, como parques metropolitanos o grandes áreas verdes. En estos casos, no solo se piensa en lo estético, sino también en cómo mejorar la ecología del lugar. Se tienen en cuenta aspectos como la conexión entre áreas naturales, la presencia de fauna silvestre y el papel que cumple la vegetación en el ecosistema. Aquí, la elección de las especies nativas no se hace solo por su apariencia, sino como parte de un diseño pensado para conservar la biodiversidad. Cada decisión sobre qué plantar y dónde hacerlo responde a objetivos específicos de restauración ecológica y conservación, combinando criterios técnicos con el diseño del paisaje”, afirmó.
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