
Si usted camina hoy por la Calle 26, encontrará una de las vías más transitadas de Bogotá, rodeada de edificios, puentes y movimiento constante. Pero bajo ese asfalto hubo alguna vez un paisaje muy distinto: jardines, monumentos, fuentes y árboles que hicieron parte de uno de los parques más importantes de la Bogotá de finales del siglo XIX.
Se trataba del Parque Centenario, un enorme espacio que llegó a ocupar buena parte de lo que hoy conocemos como el corredor de la Calle 26. Fue inaugurado en 1883 y durante décadas fue uno de los principales lugares de encuentro y recreación de la ciudad.
¿Qué pasó con este parque y qué dice su desaparición sobre la forma en que Bogotá ha cambiado su relación con los parques, los jardines y las plantas? En La Huerta reconstruimos la historia del Parque Centenario y exploramos cómo estos espacios han transformado (y también desaparecido) a medida que la ciudad crece.
¿Cuál es la historia del Parque Centenario?
El Parque Centenario, inaugurado en 1883 con motivo del centenario del nacimiento de Simón Bolívar, fue uno de los primeros grandes espacios públicos concebidos específicamente como parque en Bogotá. Su creación coincidió con un momento en el que la ciudad comenzaba a incorporar nuevas ideas sobre el espacio urbano, la recreación y el paisaje.
Los trabajos para construirlo comenzaron en 1881, bajo los planos del arquitecto italiano Pietro Cantini. El diseño estaba organizado en una serie de jardines o “islas”, conectadas por amplios caminos que conducían hacia el centro. Su inauguración fue en 1883.
Según Valentina Hidalgo Montoya, presidenta de la Sociedad Colombiana de Arquitectos Paisajistas (SAP), el Parque Centenario no era simplemente un espacio con árboles. Contaba con fuentes, jardines, mobiliario y composiciones florales que daban estructura y carácter al paisaje.
Un ejemplo de esto es que en el centro del diseño se encontraba el Templete del Libertador, construido como homenaje a Simón Bolívar. Además de su función conmemorativa, el monumento cumplía un papel dentro de la composición del parque y contribuía a dotar de significado simbólico a este nuevo espacio público. Hoy el Templete se encuentra en el Parque de los Periodistas,.
La historia del parque, sin embargo, no terminó con ese primer diseño. Durante las décadas siguientes se incorporaron nuevos elementos, como el busto de Antonio Ricaurte, y en 1926 tuvo una remodelación importante durante el gobierno de Pedro Nel Ospina. En esta intervención se renovaron los jardines, se incorporaron nuevas especies, fuentes de mármol y alumbrado, dando paso a una nueva etapa en la historia del lugar.
También durante este periodo llegó La Rebeca, una escultura que se convirtió en una de las piezas más recordadas del espacio público bogotano de la época debido a que era la primera estatua de una mujer desnuda en hacer parte del espacio público. Con estas transformaciones, el Parque Centenario no permaneció como un paisaje estático: fue cambiando junto con la ciudad y con las ideas sobre cómo debían ser sus parques y lugares de encuentro.
Un paisaje pensado para ser recorrido
Para hacerse una idea de cómo se veía el parque, los registros históricos mencionan una vegetación diversa, con acacias, aralias, abutilones, cedros, cauchos, cucharos, clusias, robles, sietecueros, rosales, pinos, palmas de cera y araucarias. También se encontraban clavellinas, claveles, lirios, violetas y margaritas, utilizadas en jardines y composiciones ornamentales.
Pero el interés del parque no está únicamente en las especies que allí se plantaron. Para Hidalgo, lo importante es que la naturaleza comenzó a incorporarse de manera deliberada a la experiencia de vivir y disfrutar la ciudad. La vegetación, los recorridos, las fuentes y los monumentos no estaban dispuestos de manera aislada, sino que formaban parte de un mismo diseño.
De esta manera, el Parque Centenario permite entender cómo Bogotá empezó a concebir sus espacios verdes no solo como lugares con árboles y jardines, sino como paisajes diseñados para ser recorridos, contemplados y habitados, en los que la naturaleza también hacía parte de la experiencia urbana.
Los parques, entonces, también ayudaron a construir una idea de ciudad y de ciudadanía. La forma en que se diseñaban y la posibilidad de contar con lugares verdes para el encuentro y el disfrute, influían en la imagen de Bogotá y en la manera en que sus habitantes se relacionaban con ella.
"Y detrás de esos paisajes había conocimientos y oficios que pocas veces aparecen en la historia de los parques. La jardinería y la horticultura fueron fundamentales para hacer realidad estas nuevas formas de paisaje urbano. Jardineros, horticultores y administradores se encargaron de cultivar, mantener y dar forma a estos espacios. Por ejemplo, a Casiano Salcedo y Genaro Valderrama, cuyos trabajos hicieron parte de la consolidación de una cultura de la jardinería urbana en Bogotá", contó Hidalgo.
Una ciudad que buscaba modernizarse
Pero el parque significó mucho más que un espacio de recreación. Para Felipe Arias Escobar, historiador de Señal Memoria y autor del libro ¿Otra historia de Colombia?, el Parque Centenario reflejó un cambio en la manera de concebir el espacio urbano a finales del siglo XIX.
"En ese momento, Colombia intentaba incorporarse a la economía global y avanzar hacia un proceso de modernización que tenía como referente la industrialización de Europa occidental. Al mismo tiempo, se consolidaba un Estado-nación que ubicaba a Bogotá como centro de la vida intelectual y política del país, mientras una élite buscaba incorporar formas de vida y modelos urbanos que admiraba en ciudades como Londres y París", dijo Arias.
El experto explica que este parque reunió varias de esas aspiraciones. Su creación conmemoraba a una figura importante de la independencia, pero también reflejaba una nueva manera de entender la ciudad: una Bogotá que buscaba modernizar su infraestructura y, al mismo tiempo, crear espacios para el encuentro y el esparcimiento. En esos años llegaron transformaciones como el ferrocarril, el tranvía de mulas y nuevas tecnologías como la electricidad y la telefonía. En medio de estos cambios, los parques, jardines y alamedas también comenzaron a ganar un lugar dentro de la idea de una ciudad moderna.
Arias señala que estos espacios públicos no solo estaban destinados a caminar o descansar. También eran lugares para mostrarse ante los demás y para representar determinados valores sociales. Por eso, durante este periodo también comenzaron a aparecer jardines en espacios como la Plaza de Bolívar y el Parque Santander, mientras los monumentos adquirían un papel dentro de la configuración del paisaje urbano.
¿Cómo comenzó a decaer el Parque Centenario?
En el análisis anterior hablamos de si Bogotá podría recuperar algunos de los espacios que alguna vez tuvo y de cómo los parques y el ornato también cambian de acuerdo con las ideas de ciudad que predominan en cada época. No son espacios inamovibles: se transforman junto con las necesidades, los valores y las prioridades de la sociedad.
El Parque Centenario es un buen ejemplo de ese proceso. Lo que en un momento fue concebido como un lugar para el encuentro comenzó a perder importancia a medida que Bogotá crecía y cambiaban sus formas de habitar y recorrer la ciudad.
Para Arias, este cambio comenzó a hacerse evidente desde la década de 1930, pues el desarrollo industrial y el crecimiento de la población demandan otra comprensión del espacio. Y es que hasta entonces, Bogotá había concebido parte de su espacio público bajo una lógica que permitía desarrollar grandes jardines y proyectos destinados al paseo y al ornato.
Pero la ciudad que llegó a los años treinta tenía otras necesidades. Bogotá necesitaba avenidas más amplias para conectar el centro con los barrios obreros y de las élites, así como con nuevas zonas destinadas a servicios específicos, como la Ciudad Universitaria. Al mismo tiempo, las formas de entretenimiento estaban cambiando. La cultura de masas comenzó a demandar escenarios capaces de recibir a una población mucho mayor: el estadio El Campín, las salas de cine y los parques barriales respondían a una ciudad que ya no tenía las mismas dimensiones ni las mismas formas de ocio de finales del siglo XIX.
"En ese contexto, el Parque Centenario comenzó a perder protagonismo. Para los años cuarenta, según los registros citados sobre su historia, el lugar atravesaba un periodo de deterioro y recibía menos visitantes. A esto se sumaron las intervenciones sobre la estructura vial de la ciudad, que terminaron por fragmentar el parque y alterar su relación con los espacios que lo rodeaban", dijo el historiador.
Es por eso que, décadas después de su inauguración, las transformaciones viales comenzaron a ocupar el lugar que antes habían tenido los jardines y recorridos del Centenario. La ampliación de la carrera 10.ª dividió el parque y, posteriormente, parte de este espacio fue convertido en una glorieta.
El proceso llegó a su punto definitivo con las obras de la calle 26, iniciadas a finales de la década de 1950. La construcción de esta gran conexión vial transformó por completo el sector, con túneles, puentes, depresiones y nuevas calzadas. La circulación vehicular terminó por imponerse sobre el antiguo paisaje del parque, hasta hacer desaparecer sus últimos vestigios.
Algunos de sus elementos sobrevivieron, pero quedaron separados
Hidalgo menciona que esta historia permite plantear una pregunta que va más allá de la conservación de los monumentos: ¿qué significa conservar un monumento cuando desaparece el paisaje que le daba sentido?
“Un monumento no existe precisamente de manera aislada. Su significado en cierta medida depende del espacio que lo contiene: de sus recorridos, visuales, proporciones, vegetación, agua, sonidos y de las prácticas que ocurren a su alrededor”, explica.
En el Parque Centenario, el Templete del Libertador estaba ubicado en el centro de la composición y articulaba los recorridos y los jardines. Era, por tanto, parte de un sistema paisajístico y no simplemente un objeto instalado dentro de una zona verde. Cuando el parque desapareció, esa relación espacial también se interrumpió. El Templete sobrevivió, pero fue trasladado primero a un separador de la carrera 10, después a la Glorieta de San Diego y finalmente al Parque de los Periodistas.
Algo similar ocurrió con La Rebeca, que originalmente estaba integrada a una fuente y a los jardines del Parque Centenario. Tras la desaparición del parque, la escultura fue trasladada unos metros de su emplazamiento original y quedó vinculada a un espacio urbano completamente diferente.
“Estos cambios muestran que conservar la materia de un monumento no necesariamente significa conservar todas las relaciones que construían su significado. Pueden sobrevivir una escultura, una fuente o una estructura arquitectónica, pero perderse las relaciones espaciales, ambientales, históricas, sociales y culturales que les daban sentido”, dijo la presidenta.
Es aquí donde el paisaje también aparece como una forma de memoria. Un jardín no está compuesto solamente por plantas: también contiene recorridos, perspectivas, atmósferas, usos, encuentros y formas de habitar. Cuando ese espacio desaparece, también se transforma la experiencia colectiva asociada a él.
El Parque Centenario resulta especialmente interesante porque, aunque desapareció físicamente, dejó fragmentos de esa memoria paisajística. Monumentos, algunas fuentes, fotografías, planos y documentos históricos permiten reconstruir, al menos parcialmente, la imagen de un lugar que ya no existe.
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