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Hace treinta años, este otoño, un joven y atrevido diseñador de moda británico llamado John Galliano, tan conocido en París por su vida de fiesta como por sus deslumbrantes y extravagantes creaciones, fue contratado por la venerable casa de alta costura Christian Dior como su nuevo director creativo. Para su primer desfile de alta costura en Dior, presentado en el Le Grand Hotel en enero de 1997, mostró una mezcla de vestimenta eduardiana, japonismo del siglo XIX y atuendos tribales masái, con vestidos de polisón, corsés ceñidos cubiertos de diminutas cuentas de cerámica amarillas y naranjas, y un vestido tubo de satén color chartreuse, con ribetes de visón y aire de fumadero de opio, un atuendo que Nicole Kidman llevó a los Oscar dos meses después.
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“Estaba sentada en la misma fila que madame Chirac y madame Pompidou, y parecía que les hubieran estampado un pescado muerto y helado en la cara”, me dijo después del desfile Nan Kempner, socialité neoyorquina y clienta de Dior durante años. “No podían creer lo que estaban viendo: esta casa conservadora donde todas han comprado su ropa durante años. ¿Qué tanto había allí que madame Chirac o madame Pompidou pudieran ponerse?”.
Nada, en realidad. Galliano no pensaba en las necesidades o los deseos de las clientas. Como me había dicho en una entrevista dos años antes, durante su breve paso por Givenchy: “No tengo la intención de complacerlas”. Dieciséis años después, su paso por Dior llegó a un fin abrupto, tras una diatriba antisemita que soltó estando ebrio en un café de París. Pero mientras ocupaba ese codiciado puesto, parecía diseñar con una sola cosa en mente: una futura retrospectiva en un museo.
La semana pasada logró esa meta: el Museo Metropolitano de Arte anunció que Galliano sería el tema de la próxima exposición del Costume Institute, programada para inaugurarse el 9 de mayo. Es un honor excepcional. Solo otros dos diseñadores en vida han sido celebrados así por el Met: Yves Saint Laurent en 1983 y Rei Kawakubo, de Comme des Garçons, en 2017.
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Esta muestra, titulada John Galliano: Horizons, promete consagrarlo entre los más grandes modistos de la alta costura. Pero su fama siempre llevará un asterisco. Como indicó el museo en el anuncio de la exposición: “Además de los extraordinarios logros creativos de Galliano, la exposición abordará la conducta ofensiva que transformó de manera decisiva su carrera y la percepción pública sobre él. Al hacerlo, examinará cómo debe entenderse el logro artístico en relación con la responsabilidad ética”.
En otras palabras, a diferencia de la mayoría de las retrospectivas de moda, que invitan a los visitantes a admirar vestidos opulentos hechos para los ricos y famosos, con John Galliano: Horizons, el Met intenta abordar cuestiones relacionadas con la memoria cultural, la responsabilidad, la rehabilitación y la reputación. En el proceso, está reafirmando la capacidad de las poderosas instituciones culturales para decidir cuándo los logros del talento pesan más que los fallos de la moral.
Nuestra cultura ofrece innumerables ejemplos de artistas que se comportan de manera vergonzosa y que, a pesar de eso, son venerados, y la alta costura —hasta cierto punto, una celebración explícita de la desigualdad de riqueza— nunca ha sido un lugar para buscar lecciones de virtud. Sin embargo, la rehabilitación de Galliano, más bien su coronación, es un giro notable de los acontecimientos. Como biógrafa de Galliano, me parece una idea terrible.
Sus infames arrebatos antisemitas no fueron una aberración. Desde sus inicios como un diseñador que luchaba por abrirse paso en Londres y París, hasta su época en la cúspide de la industria de la moda, se sabía que Galliano abusaba verbalmente de empleados, amigos y desconocidos por igual. Hablaba mal de todos los que estaban en su círculo, me dijo alguna vez Jacqui Duclos, directora de la marca John Galliano a principios de la década de 1990. “Nadie se le escapaba”.
Desde hace tiempo se sabe que el negocio de la moda tolera el mal comportamiento; la adicción, la provocación y la excentricidad se consideran elementos normales, y a veces necesarios, del proceso creativo. El comportamiento de Galliano iba mucho más allá de todo eso. Tenía la costumbre de ser extravagantemente descuidado con sus citas, incluso con personas (como Madonna) que podrían haber tenido un gran impacto en las ventas de su empresa. En 1996 acaparó los titulares de la prensa de la industria por hacer a un lado a su amiga íntima y compañera creativa, Amanda Harlech, cuando se fue a Dior, para luego sacarla de su vida públicamente. En algún momento a mediados de la década de 2000, se dice que pasó varias horas desnudo en el ascensor del hotel Ritz de Londres, gruñéndoles a los huéspedes que intentaban entrar y diciéndoles que era un león; posteriormente fue expulsado del hotel.
Yo misma experimenté su comportamiento errático: cuando llegué a su diminuto estudio del Passage du Cheval Blanc en París en 1994 para nuestra primera entrevista, su personal me dijo que no lo encontraban por ninguna parte. Cuando por fin apareció, tenía los ojos vidriosos, estaba extrañamente eufórico y, no del todo presente.
Una reputación así podría bastar para hacer dudar a cualquier curador. Elegir este momento para glorificar la obra de toda una vida de alguien que fue condenado por hacer comentarios antisemitas, sin embargo, resulta francamente extraño.
Un curador independiente me dijo en 2021 que había pasado años proponiendo una exposición de Galliano a museos de todo Estados Unidos y Europa. Afirmó que la respuesta siempre era la misma: no. Y también lo era el motivo: el antisemitismo. Ninguno de los museos quería correr el riesgo de manchar su imagen.
El Met y Anna Wintour —directora editorial global de Vogue, miembro de la junta directiva del Met y la mayor defensora de Galliano— entienden esas preocupaciones. En el museo, en mayo, Galliano, Wintour y el curador en jefe del Costume Institute, Andrew Bolton, se reunieron con algunos de los rabinos y líderes judíos más influyentes de la ciudad de Nueva York para evaluar la situación. De hecho, una exposición de Galliano estaba programada originalmente para 2024 y se pospuso tras los ataques del 7 de octubre en Israel. Sin embargo, el tema del antisemitismo no está menos cargado hoy de lo que estaba entonces; los incidentes denunciados han aumentado; los debates al respecto han impactado elecciones estatales y locales; y el gobierno de Donald Trump lo ha colocado en un lugar central en su esfuerzo por recortar el financiamiento a la investigación universitaria.
El debate público sobre cómo definir el antisemitismo sigue abierto, pero no existe una definición tan restrictiva que deje fuera el tristemente célebre exabrupto de Galliano, en el que elogió a Hitler y les dijo a otros clientes de un café que sus antepasados habrían terminado en las cámaras de gas.
Ya la indignación y la condena han inundado las redes sociales desde el anuncio del museo el viernes por la noche, y es probable que la reacción en contra crezca en los meses previos a la Met Gala del 3 de mayo. El deslumbrante evento se ha convertido en un sitio habitual de protestas por temas menos polarizantes: la exposición de 2023, Karl Lagerfeld: A Line of Beauty, atrajo a manifestantes que condenaban las actitudes del diseñador hacia las mujeres, y la celebración de “Costume Art” de este año, que fue copatrocinada y copresidida por Jeff Bezos y Lauren Sánchez Bezos, atrajo a manifestantes contra los multimillonarios cerca de la entrada del museo en la Quinta Avenida. Es probable que el baile de gala de esta muestra, que estará abierta hasta el 9 de enero de 2028, provoque una respuesta más vehemente —y prolongada—.
A pesar de todo esto, el Met y Wintour parecen creer que pueden trascender la controversia y otorgarle a Galliano un lugar en el canon cultural sin dañar de manera irreparable sus propias reputaciones. Lamentablemente, podrían tener razón.
Coco Chanel era una antisemita virulenta, pero eso no impidió que el Met montara una gran exposición de Chanel en 2005 que atrajo a más de 460.000 visitantes. Dolce & Gabbana fue brevemente condenada al ostracismo a finales de la década de 2010 tras una serie de anuncios racistas y declaraciones homofóbicas y gordofóbicas; hoy en día, los incidentes han sido olvidados en gran medida y la marca es muy querida. Balenciaga enfrentó el oprobio en 2022 por anuncios que presentaban imágenes sexuales inapropiadas de niños, pero en cuestión de meses el incidente se quedó en el olvido.
El propio Galliano nunca fue realmente cancelado. Dos años después de su despido, completó una residencia muy publicitada en Oscar de la Renta en Nueva York, según se dijo, con el apoyo de Wintour. Un año después, fue nombrado director creativo de Maison Martin Margiela, propiedad del empresario italiano Renzo Rosso, otro viejo aliado de Wintour. En 2024, fue el tema del bien valorado documental del director ganador del Oscar Kevin Macdonald, High & Low: John Galliano, producido en asociación con Condé Nast Entertainment, la división de cine y televisión de la editorial de Vogue.
Más recientemente, celebridades como Zendaya y Kylie Jenner, así como Lauren Sánchez Bezos, han lucido piezas vintage de Galliano, lo que ha aumentado sustancialmente su valor. Y el pasado mes de marzo, el gigante español de la moda rápida Zara anunció que había reclutado al diseñador —cuya madre era andaluza— para “reautorizar” diseños de sus archivos, presentando su trabajo a una nueva generación de consumidores. La primera colección llega a las tiendas el mes que viene. Expertos de la industria ya especulan con que Zara podría patrocinar la exposición y la gala del Met. Parece ser que, al menos en algunos círculos, a Galliano se le considera un clásico atemporal.
No todos los grandes creadores merecen una retrospectiva, y alguien tan polémico como Galliano desde luego que no debería recibir una en vida, cuando todavía puede beneficiarse personalmente de ese homenaje. Con John Galliano: Horizons, el Met y Wintour promueven la idea de que pueden decirnos cómo pensar sobre una figura difícil y divisiva. Quizá no se dieron cuenta de que esa idea ha pasado de moda.
*Dana Thomas es autora de Gods and Kings: the Rise and Fall of Alexander McQueen and John Galliano.
c. 2026 The New York Times Company
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