En mayo de 2027, John Galliano se habría convertido en el tercer diseñador de moda vivo en tener una exposición en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York (MET) dedicada a su trayectoria. La exhibición, que se llamaría “John Galliano: Horizons”, pretendía analizar su producción creativa, pero también la conducta que afectó su carrera.
Pero el homenaje no llegará a las salas del museo. Fue el propio diseñador quien decidió retirarse del proyecto después de que su anuncio provocara críticas de líderes judíos y algunos de los principales donantes del MET, por cuenta de comentarios antisemitas y racistas que el diseñador hizo entre 2010 y 2011 .
“Tras reflexionar detenidamente y hablar con todas las personas implicadas, he decidido, con gran tristeza, que lo mejor es que la exposición no se celebre en este momento”, dijo el diseñador en un comunicado conjunto con el MET.
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El caso Galliano encierra una paradoja: mientras muchos críticos lo califican como un “genio” de la moda por su trabajo en su marca homónima, Dior y Maison Margiela, y lo consideran uno de los diseñadores más destacados de su generación, también ha sido protagonista de uno de los episodios más polémicos de la historia reciente de la industria.
El anuncio también vuelve a poner sobre la mesa varias preguntas: ¿se puede separar la obra del artista? ¿Quién decide cuándo una persona merece una segunda oportunidad? ¿Cuándo termina una sanción social? ¿Cuál es el papel de las instituciones? Y, en un museo cuyo Instituto del Vestuario depende en gran medida de las donaciones, ¿hasta qué punto ese poder económico influye en esas decisiones?
¿La obra más allá del autor?
En el caso Galliano es válido admirar su trayectoria, pero también cuestionar sus actos, la manera en que ha asumido sus consecuencias y el significado del homenaje que recibiría en una institución como el MET, que incluso iba a plantear cómo debe entenderse el logro artístico en relación con la responsabilidad ética.
“La MET es una institución muy canónica en la manera en la que decide las exhibiciones de cada año, con una mirada muy tradicional a la historia de la moda y el diseño de autores, aunque a veces se la juega con temas más arriesgados y transversalmente culturales. En este caso, John Galliano es una apuesta que estaba en el borde de las dos; porque era una apuesta fija, segura en el sentido de que es un autor consagrado, con un suficiente mérito para ser reconocido en relación a su obra; pero también es una apuesta arriesgada porque el museo sabía las opiniones, comentarios y acciones racistas y de apología a la violencia que Galliano ha hecho a lo largo de su vida, que no necesariamente demeritan su obra, pero sí contextualizan el punto de vista del creador”, dijo Edward Salazar, investigador de moda y experto en archivos de moda en museos.
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En esa línea, el trabajo que hace el Costume Institute no solo es exhibir y preservar piezas de vestuario con valor histórico y cultural, “sino precisamente ayudarnos a entender los significados de esas prendas en su contexto y hacer que más personas reconozcan que la moda está interconectada con temas más profundos como los valores, la cultura, la ética y la política”, dijo Diana Gómez, consultora de marcas de moda.
Precisamente por la responsabilidad cultural que tiene el museo, la exhibición “John Galliano: Horizons” fue tan cuestionada. Aunque la cancelación se produjo en medio de las críticas, el debate va más allá de la polémica alrededor del diseñador y también plantea interrogantes sobre la influencia que pueden tener los grandes donantes en las decisiones de las instituciones culturales.
Así las cosas, la conversación no solo gira en decidir si la obra de Galliano merecía ese reconocimiento, sino también en cómo analizar su legado sin que una exposición sea interpretada en la opinión pública como una forma de absolución.
En este aspecto, William Cruz Bermeo, investigador de la moda y el vestir, menciona que “la lógica de la cancelación termina por anteponer las faltas del artista al valor histórico de su obra”.
Otras exposiciones, colecciones y homenajes polémicos
El MET ya ha llevado a cabo exposiciones cuestionables, como la que le rindió homenaje a Karl Lagerfeld en 2023. Aunque fue una persona que durante toda su vida “hizo comentarios ofensivos no solo por el cuerpo de las personas, sino enfocados hacia migrantes y refugiados. Es válido preguntar si hay alguna evolución en la forma en que el museo y las personas que se interesan por él piensan en estos detalles de fondo”, comentó Gómez.
Casos como las controversias por comentarios racistas de Dolce & Gabbana o las críticas que recibió la exposición “China: Through the Looking Glass” en 2015 por la falta de representación de diseñadores de origen chino, aunque no son comparables, permiten cuestionar los criterios con los que las instituciones culturales y las figuras relevantes de la industria enfrentan las controversias y deciden a quién celebrar, homenajear o reconocer.
María Juliana Marín, experta en derecho de la moda, aseguró que, “si somos realmente coherentes, estas medidas también debieron aplicarse entonces a diseñadores como Coco Chanel o Karl Lagerfeld por su conexión con el movimiento Nazi o a Balenciaga por su campaña polémica y cuestionada por las imágenes que utilizaron. Si se va a moralizar la moda, se debería aplicar igual para todos”, afirmó.
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Lo que diferenciaría el caso Galliano es que la presión provino de personas con una influencia económica considerable sobre el museo.
La doble moral y la presión del poder
Para varios de los expertos consultados, el caso Galliano también evidencia una posible “doble moral”: mientras algunos comportamientos marcan la trayectoria de sus protagonistas y cómo son tratados en la esfera pública, en otros casos el valor histórico o creativo de sus obras pone en un segundo plano sus cuestionamientos éticos.
Vale la pena mencionar que cada año la exposición del museo se inaugura tras la tradicional gala del MET, un evento que se celebra anualmente el primer lunes de mayo. Los ingresos proporcionan al Instituto del Vestuario su principal fuente de financiación anual para exposiciones, publicaciones, adquisiciones y operaciones. Los fondos recaudados también apoyan otras actividades del museo, lo que le da otra dimensión al debate sobre el peso que pueden tener los grandes donantes en las decisiones institucionales.
“Me pareció una decisión acertada. Sin embargo, queda también una sensación de que lo importante es quién pone la queja y no la queja en sí. Aquí lo que pasó fue que mucha gente muy importante, que además dona muchísima plata al MET dijo ‘Nosotros nos bajamos de este proyecto porque no nos parece que va con nuestras creencias’. Y fue un golpe de poder duro que le dieron a Anna Wintour porque seguramente creyó que su autoridad iba a ser suficiente para sacar la exhibición adelante”, dice Jeniffer Varela, investigadora de moda.
“¿Por qué estamos doblegando o flexibilizando la ética cuando nos conviene? Eso es lo que a mí me impacta. Hicieron que Galliano se retirara, algo que nunca había pasado en una exposición del MET", cuestiona Nargumedo, crítico de moda.
La sanción social
“También reconozco que una exposición en homenaje a mi obra podría resultar dolorosa para algunas personas”, afirmó el diseñador británico en el comunicado.
Aunque Galliano ha asumido públicamente la responsabilidad por el daño causado por sus palabras y ha pedido perdón a las comunidades judía y asiática, surge otra pregunta: ¿hasta cuándo debe durar una sanción social y quién decide si una persona ha demostrado un cambio?
En el comunicado el diseñador afirmó que una reparación significativa no se consigue mediante una exposición, el reconocimiento institucional o un único gesto público, sino que implica una responsabilidad continua demostrada a través “de la escucha, el aprendizaje y la propia conducta a lo largo del tiempo.”.
La cancelación de la exposición dedicada a John Galliano es “un ejemplo inquietante de lo que ocurre cuando la cultura de la cancelación deja de tener relevancia en las redes sociales e influye directamente en quienes poseen el poder económico e institucional para decidir quién merece una exposición, quién debe ser excluido y a quién puede concedérsele la posibilidad de redención después de haber cometido un error”, dijo Cruz Bermeo.
De acuerdo con Sarita Echeverry, psicóloga y estudiante de maestría en Fashion Studies, “la sanción social es necesaria, pero no debe ser perpetua. La cultura de la cancelación no permite una verdadera reflexión. No nos permite la resocialización del cambio que como seres humanos necesitamos para poder evolucionar dentro del sistema en el que estamos”.
Echeverry aclara que para que se dé esa resocialización sí se deben realizar ciertos pasos: aceptación, reconocimiento, pedir perdón, reparación y no repetición. Galliano fue condenado por las autoridades por sus actos y lo sacaron de Dior, “hubo un castigo económico y social, se retiró del ojo público, y ha trabajado en entender por qué estuvo mal lo que hizo”.
Pese a que Galliano ha expresado públicamente su arrepentimiento y ha hablado sobre el proceso que ha seguido desde entonces, su caso plantea una pregunta difícil: ¿cuándo se considera que una persona ha asumido las consecuencias de sus actos y ha demostrado un cambio?
“Si él ya hizo los pasos, ¿cuánto tiempo debe durar esa sanción social?" La experta menciona que, si bien no solo se puede mencionar la grandeza y admiración que tiene la obra del artista, también se debe analizar sus polémicas, pero desde una mirada en la que no solo sea “blanco o negro, sino la escala de grises, que es lo que nos hace humanos”.
Para Cruz Bermeo, “la pregunta no es si los actos de Galliano deben olvidarse o justificarse —no deben serlo—, sino si una condena, por grave que sea, debe convertirse en una forma de muerte civil perpetua que impida reconocer su contribución a la cultura de la moda. Cuando el juicio moral sustituye al análisis histórico y estético, no solo se sanciona a una persona: se empobrecen la memoria cultural y la posibilidad de comprender críticamente su legado”.
El investigador agrega que estamos ante la corrección política llevada a un “extremo peligroso: el intento de reescribir la historia mediante una curaduría moral selectiva. El castigo parece concentrarse en Galliano, convertido así en una suerte de chivo expiatorio. Una cultura incapaz de distinguir entre reconocer una obra y absolver a su autor no es necesariamente más ética: es, sencillamente, menos capaz de afrontar las contradicciones de su propia historia”.
El caso Galliano demuestra que la conversación ya no gira solo en torno a si una figura pública debe ser cancelada o perdonada. También cuestiona quién tiene el poder para determinar cuándo alguien ha cambiado, qué significa reparar el daño causado y por qué algunas faltas permanecen en la memoria colectiva mientras otras se desvanecen con el tiempo.
“Si yo como sociedad no voy a permitir que las personas aprendan de sus errores, no habrá lógica en resarcir sus errores. Uno puede en la sociedad buscar progreso, no perfección”, puntualiza Nargumedo.
Lo que queda del caso Galliano no es una respuesta, sino un precedente: la prueba de que, en la moda como en otras industrias culturales, la pregunta sobre quién merece el perdón rara vez la responde la ética. La responde quien tiene el poder de financiar —o de retirar el apoyo a— la próxima exposición.
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