13 Oct 2021 - 2:00 a. m.

El peor de los secretos de Abimael Guzmán

Los reveses que afrontaba la lucha de Sendero Luminoso desde 1980 demuestran que, conscientemente, el autodenominado “presidente Gonzalo” habría enviado a la muerte a miles de sus combatientes, en una guerra sin posibilidades de éxito.

Orazio Potestà*

Abimael Guzmán, fundador de Sendero Luminoso, murió en una cárcel peruana el pasado 11 de septiembre.
Abimael Guzmán, fundador de Sendero Luminoso, murió en una cárcel peruana el pasado 11 de septiembre.

El Estado peruano convirtió en cenizas a Abimael Guzmán, líder del grupo terrorista Sendero Luminoso, y probablemente lo lanzó al viento en algún lugar que nadie pretenderá recordar. Ahora es humanamente imposible conocer las razones de algunas decisiones que el llamado “presidente Gonzalo” tomó durante la guerra que emprendió en 1980 y que militarmente culminó en 1992.

Sus errores en los diversos campos de batalla fueron gravísimos e inexplicables, impropios para alguien sindicado como la “cuarta espada del marxismo” y máxima cabeza de la revolución comunista mundial.

Es claro que Guzmán perdió la lucha armada por su sobredimensionamiento y ensimismamiento como líder, características visibles de su acalorado mesianismo. No obstante, lo que ahora empieza a deducirse puede ser perturbador. Es muy probable que Guzmán, consciente de sus derrotas en el campo y ahogado en la irreversibilidad de sus errores, haya sabido que la confrontación contra el Estado peruano era imposible de ganar, y que, lejos de aceptarlo, entrara en una desleal negación, enviando a los combatientes del llamado Ejército Guerrillero Popular a un combate sin sentido, traicionero y desleal.

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En términos materialistas, Guzmán no habría “objetivado” el dato de la realidad, movido por su egoísmo y personalismo que le impidieron abandonar el seductor rol de máximo enemigo del Perú. Así, ciertas evidencias ponen en duda la honestidad de Guzmán ante sus combatientes y seguidores en la guerra que libró contra el Estado peruano y causó más de 69.280 víctimas, entre muertos y desaparecidos de ambos bandos.

Si bien esta sospecha era comentada en Sendero Luminoso desde finales de la década de los 80, el primer señalamiento público provino de Óscar Ramírez Durand (alias Feliciano), sindicado por la Policía como el número dos de la organización terrorista, quien dijo a la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR) que Guzmán aniquiló a su propia gente, “mandándola al matadero” por hacer una afiebrada “guerra de Nintendo”. En su mejor momento, entre 1989 y 1990, Sendero Luminoso no tuvo más de 2.700 militantes y 1.026 armas de fuego, mientras que el Estado peruano sumaba 90.000 militares y 30.000 fusiles, por lo menos. Este dato lo debió saber Guzmán, considerando que el poder nace de un fusil, según Mao.

Ciego ante las evidencias

Pese a que las Fuerzas Armadas y los campesinos organizados infligían notorias bajas a Guzmán, eliminándole combatientes y dirigentes, el discípulo de Mao insistía en la instalación de Comités Populares en zonas restablecidas (recuperadas) política y militarmente por el Estado peruano, en el marco de una estrategia que él mismo denominó “guerra de contrarrestablecimientos”.

Estos “contrarrestablecimientos” fueron una inexplicable inmolación, un tobogán hacia la derrota por la brutal oposición de los militares. Ahora se sabe que Guzmán recibía constantemente informes que detallaban el arrasamiento de sus Comités Populares. En una oportunidad, un mando militar describió en un memorando que el 90 % de estas organizaciones habían sido destruidas por el Ejército y el campesinado organizado, y que era urgente detener esa locura de “reconquistar” las zonas perdidas. Esto había ocurrido en el departamento de Ayacucho, muy simbólico para Sendero Luminoso porque en sus universidades, a finales de la década de los 60, nació la subversión en el Perú.

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Ante informes elaborados directamente desde el teatro de operaciones, Guzmán no reaccionaba ni enmendaba. Lo que usualmente hacía era eliminar esos documentos para anunciar rápidamente éxitos inexistentes a sus seguidores, por medio de “pronunciamientos” que corrían como fuego en pólvora. En 1986, Guzmán le aseguró al Comité Zonal de Huancavelica (una de las regiones más pobres del Perú) que treinta militares habían sido asesinados en una emboscada, cuando la prensa en el lugar informaba la ocurrencia de tres bajas.

El propio Feliciano recuerda haber tenido encolerizadas conversaciones con Guzmán, explicándole que la guerra iba en picada por la pérdida de espacios, militantes y armamento, sin que esto haya ocasionado en el líder terrorista una relectura del conflicto.

El insano “equilibrio estratégico”

Por el contrario, ensimismado, Guzmán informó a su Comité Central que Sendero Luminoso había alcanzado el ansiado “equilibrio estratégico” con el Estado peruano, dejando atrás la “defensiva estratégica”. En esta nueva etapa, la organización terrorista transitaba de la “guerra de guerrillas” a la “guerra de movimientos” que los Estados emprendían con sus ejércitos convencionales, pese a tener una milicia diezmada, armas escasas, nula logística y fantasmales fuentes de financiamiento.

Con este nuevo discurso, Sendero Luminoso ejecutó una sangrienta ofensiva armada con sabor a cascarón, porque, debilitada la estructura y la moral, fue viable para las fuerzas de seguridad la captura y eliminación de muchos subversivos. Si la decisión es incomprensible, el argumento es inexplicable. Según Guzmán, el “equilibrio estratégico” llegó porque Sendero Luminoso siempre había mantenido la iniciativa en el combate.

Preso desde 1999 en la Base Naval del Callao, atenazado en un complejo carcelario de concreto reforzado y especialmente diseñado para cabecillas terroristas, Feliciano comenta: “Lo que Guzmán siempre ha querido es pasar a la historia con su llamado ‘pensamiento Gonzalo’, y para conseguir eso, no le ha importado cuánta sangre se haya tenido que derramar”.

La relación entre el líder de Sendero Luminoso y Feliciano siempre fue áspera, distante de la confianza mutua. Es posible que Guzmán haya logrado manipular a la mayoría de sus colaboradores porque siempre los tenía cerca, impregnándolos con su discurso, embaucándolos con la palabra, algo que no ocurrió con Feliciano. Este creía firmemente que una revolución campesina debía hacerse desde el campo, y no desde el aislamiento que producían los centros urbanos, tal como lo venía haciendo Guzmán al conducir la lucha armada desde Lima.

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El camarada Feliciano estudiaba dos carreras (Ingeniería y Economía) cuando aceptó el encargo de dirigir el histórico Comité Regional Principal (CRP) de Ayacucho, acantonado en el corazón de los Andes, situado a mil kilómetros de Guzmán, a más de quince horas de la capital peruana en bus. Esos kilómetros le brindaron distancia y raciocinio ante el llamado “presidente Gonzalo”.

A partir de 1990, el Grupo Especial de Inteligencia (GEIN) de la Policía peruana empezó a asestar golpes contundentes al senderismo, con apresamientos y allanamientos de escondites y centros de reunión en zonas urbanas. Una de estas operaciones se centró en una residencia del distrito limeño de San Borja, lujosa y cercana al protegido e imponente Cuartel General del Ejército. En una de sus pocas audacias, Guzmán había ordenado a su grupo de seguridad que buscara casas de militares de alta graduación para alquilarlas y convertirlas en refugios para él. El círculo se cerraba con un acto magistral: una monja, senderista al fin y al cabo, firmaba el contrato de arriendo. En 1991, en la residencia de San Borja, el GEIN encontró copiosa documentación sobre Sendero Luminoso, extraordinario material secreto que describía los resquicios de la organización terrorista, libros, mapas, fotos, relación de militantes y sus ubicaciones, nombres de colaboradores, cuentas bancarias, videos de Guzmán y del “Comité Central”. Es decir, todo lo que necesitaba el Estado peruano para liquidar a Sendero Luminoso.

Fue una catástrofe que Guzmán ocultó a los militantes senderistas. Con esta información clave, la caída de Sendero Luminoso era cosa de meses, pero, pese a ello, el autodenominado “presidente Gonzalo” continuó con la fantasía de “remecer al país con el equilibrio estratégico” y la incontenible consumación de atentados, exponiendo a su gente. Pasado el tiempo, algunos dirigentes senderistas han sostenido que Guzmán pudo haber sugerido una “salida o negociación política” con el Estado peruano, anunciando el fin de la guerra y evitando un final de “humillantes capturas”. Este acuerdo político recién ocurrió en 1993, pero con pocos beneficiados: Guzmán y su cúpula, después de haber sido encarcelados y sin tener algún margen de maniobra.

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El llamado “presidente Gonzalo” fue un personaje que se empecinó en avivar una guerra perdida de antemano, incluso desde su nacimiento. Es insondable la naturaleza del siniestro plan “conquistar, remover y batir el campo” que Guzmán aprobó en 1981, en los inicios de la lucha armada, que ordenaba a los senderistas aplicar extrema violencia contra los campesinos, sin razonar que la “revolución” los necesitaba. “Batir el campo” es machacar, apalear, sacudir, dañar, castigar. Según la CVR, Guzmán creó, de manera absurda y prematura, diversas “semillas de rebelión” que luego le estallaron en la cara, cuando el campesinado organizado se enfrentó a él y a Sendero Luminoso. En suma, la “revolución” nacía muerta.

Por fortuna, Guzmán explicó a la CVR las razones de su demencial persistencia. Dijo que buscó generar una crisis de seguridad tan profunda a escala nacional y regional que motivara la invasión de los Estados Unidos al Perú, con la finalidad de que Sendero Luminoso apareciese al mando de un Ejército Popular de Liberación Nacional (Epln). Con este nuevo ropaje, el senderismo buscaría una alianza con las clases ricas y burguesas peruanas, además de las medias y bajas, para desalojar a los estadounidenses del país, aunque parezca difícil de creer. Este sería, para Abimael Guzmán, el renacimiento de Sendero Luminoso ante la gente, el retorno por la puerta grande de la historia nacional e internacional.

Pero surge una duda: si la organización terrorista de Abimael Guzmán Reinoso no pudo derrotar al Estado peruano, ¿cómo iba a derrotar al estadounidense? El autodenominado “presidente Gonzalo” dejó de existir y la respuesta es ahora imposible de obtener.

*Candidato a doctor en Ciencia Política y Gobierno.

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