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En un mundo con guerras entre estados: “América Latina es ejemplo global”

Para Mariano Aguirre, coordinador de la Red Latinoamericana de Seguridad Inclusiva y Sostenible de Fescol, la guerra en Ucrania requiere de mayor acción por parte de Naciones Unidas, mientras que a escala global hay que repensar el concepto de seguridad.

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María Alejandra Medina
24 de octubre de 2022 - 10:00 p. m.
Mariano Aguirre, coordinador de la Red Latinoamericana de Seguridad Inclusiva y Sostenible de Fescol.
Mariano Aguirre, coordinador de la Red Latinoamericana de Seguridad Inclusiva y Sostenible de Fescol.
Foto: Cortesía
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Mariano Aguirre, exasesor de la Oficina del Coordinador Residente de la ONU en Colombia, es coordinador de la Red Latinoamericana de Seguridad Inclusiva y Sostenible de la Fundación Friedrich Ebert. En diálogo con este diario, dio sus impresiones sobre la guerra en Ucrania, la posibilidad de un enfrentamiento nuclear, las oportunidades para América Latina y la necesidad de repensar la idea de seguridad poniendo a las personas en el centro. Todo esto, en la antesala del IV Congreso de Seguridad Incluyente y Sostenible que Fescol impulsa estos 25 y 26 de octubre en Santiago de Chile.

Con la reciente escalada rusa en Ucrania, ¿hacia dónde se puede decir que va la guerra?

La guerra de Ucrania se encuentra en un momento muy crucial en el que Rusia tiene que decidir qué hacer: si sigue adelante con uno de los planes, que es destruir la infraestructura del país; quedarse con la parte que ya ha anexionado (el este del país, más la península de Crimea, que la anexionó en 2014); tratar de destruir el gobierno, físicamente o haciendo simplemente que el país no pueda funcionar. O la otra opción: habiendo anexionado el este del país, en donde tiene población con identidad rusa, más la península de Crimea, declarar, por medio de algún tipo de juego retórico, que ha triunfado.

Tengo la impresión de que el gobierno ruso tenía la idea inicial de entrar a dar un paseo militar, conquistar Ucrania y terminar esto muy rápido, pero se ha encontrado con que el nacionalismo ucraniano es muy fuerte y se ha fortalecido en la última década. En segundo lugar, el ejército (ucraniano) estaba más preparado de lo que creían; en tercer lugar, la masiva ayuda militar de Estados Unidos y aliados europeos ha permitido asestar golpes, hacer contraofensivas y una defensa del país que no le ha permitido a Rusia conquistarlo. Otra opción posible es que se llegue a un alto al fuego, que supondría que Rusia se quede con lo que tiene, cese el fuego, y se empiece a intentar una negociación. Por el momento, esta opción parece descartada, tanto por Ucrania como por Rusia.

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¿Cómo analiza las amenazas de posible uso de armas nucleares?

Esa es la otra posibilidad ante el hecho de que Rusia no está logrando el objetivo de conquistar ni destruir Ucrania. Pero tenemos que ponerlo en perspectiva: Rusia podría usar un arma nuclear de las denominadas tácticas sobre el territorio ucraniano o hacerla explosionar, por ejemplo, en el Polo Norte, que en cualquier caso sería muy grave, pero que use Rusia el arma nuclear no necesariamente significa que se desate la guerra nuclear entre las grandes potencias, Rusia y los Estados Unidos; eso no quiere decir que esté aprobándolo ni quitándole importancia al tema. Hay una ambigüedad del Gobierno de Estados Unidos, que dice que si Rusia usa el arma nuclear Estados Unidos responderá de una forma muy contundente, pero no dicen que vayan a usar armamento nuclear, y podría ser que no lo usara; podría ser que se tomaran medidas más graves con armas convencionales, agudizando el aislamiento de Rusia, pero no necesariamente quiere decir que fuéramos a una guerra nuclear.

¿Qué similitudes y diferencias hay con la Guerra Fría?

Estamos en una época de fuerte tensión que tiene algunas similitudes y tiene grandes diferencias con lo que fue la Guerra Fría posterior a la Segunda Guerra Mundial y que se prolongó hasta 1989 o, para algunos analistas, 1991. En la Guerra Fría tuvimos un enfrentamiento entre potencias, la Unión Soviética y Estados Unidos y sus aliados, ideológico, sobre cómo organizar política, económica y socialmente sus propias sociedades, otras sociedades y al mundo. Hoy todas las potencias, Estados Unidos, China, Rusia, la Unión Europea, potencias emergentes como la India, todas operan dentro del mismo sistema económico capitalista; hay diferencias en los sistemas políticos; antes también había espacios económicos y mercados diferentes. Ahora los espacios económicos, de productividad, tecnología, financieros, comercio, están inmensamente interrelacionados, particularmente entre China y los Estados Unidos. Hoy desacoplarse, tanto para Estados Unidos como para China, es inmensamente costoso, lento, difícil y trae más perjuicios que ventajas. Es una disfunción: por un lado, una tensión político-militar cada vez más fuerte entre China y Estados Unidos, y por otro lado hay unas vinculaciones económicas, financieras, tecnológicas y comerciales que no acompañan necesariamente esa grave tensión político-militar. El caso de Rusia es diferente en el sentido de que las vinculaciones tecnológicas, financieras, comerciales, entre Rusia y Occidente son muy puntuales, lo cual no quiere decir que no sean también muy importantes.

¿Cuáles son para usted los efectos más preocupantes de la guerra o los que más tiempo tomará reparar?

Uno es el tema energético, que es de largo plazo y se plantea en lo más inmediato porque está por empezar el invierno europeo, las industrias y las casas se verán afectadas por el incremento de precios de la energía. Eso es un problema no solo de Rusia con Europa, sino global en la medida en que Europa y Estados Unidos acababan de lanzar en los últimos dos años sus programas de economías verdes, y se han visto obligados a frenarlos o al menos reconsiderar y volver a la industria del carbón, a tratar de que las compañías petroleras exploten más petróleo… Esto ha llevado, por ejemplo, al conflicto actual entre Estados Unidos y Arabia Saudí, en el que Arabia Saudí ha liderado dentro de la OPEP+ la propuesta de producir menos petróleo, lo que para Estados Unidos en época de elecciones de medio término es un golpe muy fuerte, para la administración Biden, porque los aumentos del precio del petróleo van a producir más inflación, que es otro impacto. A medio y largo plazo, está el peligro de una recesión mundial. Y especialmente en países del Sur está la cuestión de la crisis alimentaria, especialmente en países de África subsahariana, de Oriente Medio, en donde el que no llegue el trigo y otros cereales agudiza las crisis humanitarias que ya existen en estas regiones. Y finalmente, estamos entrando fuertemente en una época de rearme, de aumento de los gastos militares, de poner las políticas de defensa por delante de políticas diplomáticas, lo que debilita esto profundamente al sistema multilateral, lo que puedan ser negociaciones o diálogo político para solucionar conflictos.

¿Qué oportunidad se les está dando a los gobiernos autoritarios o a las tendencias autoritarias en medio de esta guerra?

Antes de la guerra de Ucrania ya nos encontrábamos con una crisis muy fuerte de todo el sistema multilateral, que funciona sobre la base de que los estados se pongan de acuerdo para gestionar problemas en materia de medioambiente, comunicaciones, migraciones, entre otros. La tendencia es a que cuanto más poderoso es un Estado más reafirma sus intereses nacionales y al mismo tiempo parece mostrar menos preocupación por lo que podríamos llamar el bien común. Y así, las Naciones Unidas están prácticamente invisibles en esta crisis; al Consejo de Seguridad (donde rige el derecho de veto), al secretario general, se le ha marginado. Está prácticamente con las manos atadas, pero él al mismo tiempo no da pasos que permitan vislumbrar al menos como declaración lo que hay que hacer. Diría que el papa Francisco ha sido más expresivo de lo que ha sido hasta ahora el secretario general de la ONU.

¿Qué puede hacer América Latina en este escenario? ¿Sirven de algo sus plataformas multilaterales?

La región tiene tres componentes interesantes: tiene muchos problemas, como violencia, crimen organizado, feminicidios, desigualdad, pero no tiene guerras entre los estados de la región. Por otro lado, es un continente desnuclearizado y también con acuerdos importantes sobre armas químicas, biológicas y sobre armamento convencional. Eso es un inmenso ejemplo para el resto del mundo. En tercer lugar, aún con gravísimos problemas, es un continente donde la mayor parte de los gobiernos son democráticos.

¿De qué se habla cuando se habla de “seguridad incluyente y no agresiva”?

Desde la Guerra Fría surgieron estudios y escuelas que han estudiado, analizado y propuesto formas diferentes de seguridad. El modelo vigente está basado en la seguridad que gira alrededor del Estado. Hay otras escuelas, otros analistas, otras tendencias, que proponen que hay otras formas de analizar la seguridad. Por ejemplo, en vez de poner el Estado, poner las necesidades de las personas en el centro. La defensa del Estado y sus intereses es algo muy abstracto; hoy, cuando tenemos millones y millones de personas en el mundo con muchas necesidades alimentarias, de educación, de vivienda, de trabajo, de seguridad jurídica, de seguridad ambiental, de seguridad alimentaria, creemos que hay que redefinir el concepto de seguridad, empezando dentro de los Estados y luego llevar el debate a la relación entre los estados y sus sociedades. En países como Colombia o México, el debate creo que no debería estar centrado entre más o menos presencia militar, sino cómo abordar la cuestión del crimen organizado de otras formas y situar el papel que deberían tener las Fuerzas Armadas. No es una discusión sencilla, pero es necesario tenerla.

En Colombia se ha hablado de reforma a la policía y este Gobierno llegó con la propuesta de sacarla del Ministerio de Defensa. ¿Qué opina?

Como principio general en un país democrático, la fuerza policial no debería estar bajo el mando de las fuerzas militares. Y creo que es muy interesante lo que está haciendo el gobierno en el sentido de entrar directamente a hablar sobre las cuestiones de la seguridad, sobre el papel de las Fuerzas Armadas, sobre el modelo de seguridad que necesita el país. El gobierno tendrá que precisarlo, de la misma manera que al hablar de paz total, en el debate político, y no lo va a poder hacer solo, sino que lo va a tener que hacer en las instituciones, con otros políticos, con la sociedad civil, con la academia, y quizás tendrá que ir construyendo la posición sobre qué significa y cuál es la aplicación de esa seguridad humana. Es buen punto de partida, pero será muy complejo y necesitará un fuerte debate democrático en el país.

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