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Hasta la muerte: así es una jornada de excavación en fosas clandestinas en Jalisco, México

En Tlajomulco de Zúñiga, el municipio de Jalisco con más fosas clandestinas, un grupo de madres busca a sus hijos en los patios de casas ajenas. Así es su día de trabajo.

Pedro Anza* | Especial para El Espectador

12 de julio de 2026 - 07:07 p. m.
Durante dos días de trabajo, mujeres buscadoras localizaron cuatro fosas clandestinas en el interior de un rancho en la zona conocida como la Cienega.
Foto: Adolfo Vladimir - Adolfo Vladimir
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I

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Antes de dejarlas pasar, detenido en la puerta, el hombre, flaco y despeinado, observa silencioso por unos segundos a las mujeres apostilladas en la reja de entrada de su patio frontal. Las escanea incrédulo, rascándose la cabeza, como si despertara de un sueño profundo. Las mujeres piden que las deje entrar, quieren excavar en su patio e inspeccionar en las paredes del interior de la casa, dicen que recibieron información de un anónimo que les da pista sobre lo que podría esconder el subsuelo de su morada. Son casi todas de mediana edad, portan sombreros y gorras para protegerse del sol de mediodía, y visten playeras blancas con retratos de jóvenes, la mayoría varones, estampados en ellas. Tras las mujeres hay una camioneta de la Guardia Nacional. El hombre, que tendrá unos 40 años, entrecierra los ojos y alterna la mirada somnolienta entre las mujeres que sostienen palas, varillas y picos, y los uniformados de armas largas dispuestos en la acera de enfrente y a contra esquina. Si no les da permiso, le dicen al reconocer su titubeo, se verán en la necesidad de solicitar un cateo con la Fiscalía. Resignado, el hombre asiente y con un gesto de mano les dice que pasen.

Ávidas, las mujeres ingresan de inmediato y comienzan la prospección con la coordinación de una fila de hormigas. Husmean el desordenado jardín, lleno de chatarra y muebles destrozados, que comienzan a sacar a la calle, preparando el terreno para excavar. Están seguras de que en unas horas darán con los restos de al menos dos humanos enterrados o atrapados en una pared. Hace dos semanas, le cuentan al periodista que las acompaña, desenterraron de una cochera a pocas cuadras del lugar el cuerpo de un joven en estado de putrefacción. Igual que ahora, un mensaje anónimo les había revelado el sitio en dónde buscar.

“Esto de buscar en cocheras y patios ya es común, tengo un montón de imágenes donde hemos localizado restos humanos. En esta área hemos encontrado muchísimos. Cada zona tiene su forma de operar, en algunas los ponen completos en los patios y hay otras donde los seccionan, los mutilan y los meten en bolsas negras”, dice Indira, la líder del colectivo Guerreros Buscadores, al que pertenecen las mujeres.

Tlajomulco de Zúñiga, donde está ubicada la casa, es el municipio donde más fosas clandestinas se han encontrado en el estado de Jalisco, la entidad federativa con mayor número de desapariciones: 16.000, según cifras oficiales; muchos más según ellas. Es frecuente, asegura una de las madres, que los colectivos reciban llamadas o mensajes anónimos indicándoles los puntos exactos de la demarcación en donde los grupos criminales esconden cuerpos. A veces fosas en predios grandes y terrenos baldíos, a veces en los patios o cocheras de las casas.

Del interior de la casa asoma otro hombre, también en duermevela. Tendrá a lo sumo 30 años, el pelo rapado con máquina en corte militar, y el tatuaje de una calavera en el dorso y los nudillos de una mano. Al salir de la casa frunce con pesadez el ceño, como desorientado por la luz de la tarde. Tras él sale una mujer joven junto con su hijo de siete años, quien de inmediato se muestra entusiasta y juguetón con las mujeres que continúan limpiando los cachivaches del suelo. La muchacha es de Zacatecas, y vino a Jalisco, junto con su hijo, tras salir de un anexo en Fresnillo, pero ha vuelto a consumir cristal (metanfetamina). Solicitándole permiso a la joven, algunas buscadoras ingresan a la casa. Una de ellas se detiene en una pared azul en la que se notan los brochazos bruscos y la mano neófita del pintor. La golpea con el puño de manera rítmica, aguzando el oído, percibiendo, midiendo su oquedad. A un lado del refrigerador, alto en la pared, una frase:

“En mis sueños puedo verte y al no poder tenerte te amaré hasta la muerte”.

Al costado de la única cama, un altar con las figuras de Malverde, Dora la Exploradora, la Santa Muerte y Jesús. La de Jesús es el más pequeña de todas. Con un mazo, la mujer que inspeccionaba la pared, comienza a golpearla, pero Indira, al asomarse en el hueco que comienza a formarse, le dice que pare, que no hay nada ahí adentro y que el muchacho de manera indirecta le ha hecho saber que, de haber muertos enterrados en su casa, estarían en el patio.

Una vez terminan de peinar el patio frontal, mientras hunden las varillas en la tierra, las madres discuten sobre dónde comenzar a cavar. Al sacar las varillas, el aroma, o posibles residuos de cabello, les indican si en efecto hay restos humanos bajo el suelo, y así determinan el punto exacto. Indira desentierra una varilla y la acerca a su nariz.

“Cuando es un cuerpo reciente, huele a putrefacto, fétido. Cuando están ya en calidad de osamenta tiene un aroma parecido al gas”.

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Fuera de la casa, los dos hombres son interrogados por los elementos de la Guardia Nacional. Uno de ellos, el de la calavera en la mano, permanece ensimismado en un silencio casi autista, sonriendo ligeramente con los labios pegados, y asintiendo o negando con la cabeza. El otro, el que salió primero, dice llevar más tiempo que el resto habitando la casa, cinco meses. Se dedica a la chatarra, a juntar botes. Su mujer está anexada y por ello no ha podido bautizar a su hija pequeña, quien lleva unos días en casa de su cuñada. Hace unos meses, cuando llegó a ocupar la vivienda, entonces vacía, una persona que ya se fue para arriba (al decirlo levanta la cabeza al cielo) se lo dijo: hay cuerpos enterrados en el patio. Pero él, les dice a los uniformados, no lo cree.

Reitera que no puede asegurar nada y que, aunque fuera cierto, se enteró por un chisme, información que le dieron al llegar y con la que personalmente no tiene nada que ver. Aun así, agrega, llevó a un párroco para quelimpiarala casa, pues su hija tenía muchas pesadillas y no podía dormir por las noches. Desde la visita del cura, las pesadillas cesaron. Él también las tenía. Además, la devoción a suflaca, la santa muerte, lo llevó a desarrollar un don. Puedever cosas, más de lo normal, y por ello, según le indica su facultad metafísica, intuye que en algún momento sí hubo muertos enterrados ahí, pero que ya no están.

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Los cuerpos de las personas localizadas en las fosas rondaban entre los 2 y 6 meses enterrados.Después de un reporte anónimo, el colectivo independiente de búsqueda forense “Las Escarabajo”, llegó al lugar el domingo 21 de junio, después de estar prospectando por varios lugares en el interior del sitio, fue localizada la primer fosa en el interior de un cuarto en obra negra, por lo que informaron del hallazgo a Fiscalía, pero en la espera de la orden de cateo, tardaron todo el día para ingresar y solo poder llevarse los restos completos de un hombre joven quien habría muerto atado de pies y manos. La mañana del lunes 22 se regresó al sitio, ahora sí asegurado por Fiscalía; con diferentes equipos de trabajo en conjunto de Las Escarabajo, Fiscalía en Desapariciones, Comisión de Búsqueda Estatal y resguardo de GN-Sedena, fueron localizadas tres fosas más, en el interior de caballerizas y corrales. En otro patio y habitaciones de la casa fueron localizadas prendas de vestir, zapatos, algunas figuras de santos, pero el lugar tenía rastros de haber sido vandalizado en semanas recientes. Según información anónima, el lugar estuvo tomado por un grupo criminal durante un par de años y habrían salido meses atrás; el dueño, migrante en los Estados Unidos, había denunciado el hecho, pero todo siguió igual. Los cuerpos de las personas localizadas en las fosas rondaban entre los 2 y 6 meses enterrados, entre el mas antiguo y el más reciente. Durante todo el lunes se procesaron los lugares por parte de la Dirección General de Servicios Periciales y el área de Desaparición de la Fiscalía. Las madres, esposas y hermanas buscadoras documentaron sobre todo las prendas y características físicas posibles para poder compartir con otros familiares y redes sociales, para así, esa información pueda ayudar a reconocer a alguna de las personas localizadas y así poderles identificar. El lugar quedó bajo resguardo de la autoridad para continuar con las investigaciones y búsqueda de personas en el lugar. FOTO: ADOLFO VLADIMIR /CUARTOSCURO.COM
Foto: Adolfo Vladimir - Adolfo Vladimir

II

“Nosotros les llamamos albercas. Las mandamos a hacer cuando tenemos varios cuerpos ya destazados. El tamaño del hoyo depende de para cuántos sea. Los avientas, los tapas y vámonos.”

Sobre la mesa hay una gramera y un arma corta. Una Glock negra. La habitación está casi en penumbras, apenas iluminada por un retazo de luz que se cuela por el hueco de una ventana sin cristal en la pared gris. El muchacho se sienta al tiempo que deja en la mesa una bolsa de marihuana y unos sobrecitos azul celeste de cristal. Lleva puesta una gorra negra que lleva al frente la leyenda: “Fuerzas Especiales C.J.N.G” y a un costado: “Gente del M”. Abre la bolsa y le acerca la marihuana al periodista. Por lo menos pesará un kilo. El espacio se inunda con el aroma cafetoso de la planta.

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“Esta es de Colima. Como esas tierras son húmedas, ahí sacamos mucha marihuana… mire, huélala”.

Del patio contiguo llegan los ladridos de un perro cachorro, amarrado a un árbol. El muchacho se para, sale por la puerta y desata al animal. El cachorro, le dice al periodista, fue un regalo de su patrón.

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“Esta también me la dio el patrón —dice señalando la Glock. Es la que nos cuida. Me la regaló para darme la propia seguridad. Ahí con él traemos armas largas, erres. Y esta corta pues es la que traigo para cuando vengo a casa o descanso, para no andar cargando con el R”.

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Mató por primera vez a los 19 años. Su tío ya trabajaba para las cuatro letras, y lo introdujo al mundo del sicariato y el tráfico de drogas. Está por cumplir treinta y no sabe con exactitud el número de personas a las que ha asesinado, pero está seguro de que son más de 100. Al tío lo mataron hace unos años en Zapopan, cuando iban a levantar a un empresario; los escoltas le pegaron más de diez balazos. No consume drogas, o al menos no es un consumidor asiduo, solamente fuma marihuana y, ocasionalmente, inhala periquito. Su madre sabe a lo que se dedica, pero no conoce los detalles, él no se los explica y ella no se los pregunta, se limita a darle sus bendiciones cada vez que la visita. Él, de vez en cuando, parte el pastel con ella, le manda una parte de los cuarenta mil pesos mensuales que recibe de nómina, el sueldo de un comandante. Su inspiración, le dice al periodista, es algún día ser un capo grande como el “apá” Mencho, quien, está convencido, vive; su muerte fue fingida, y está escondido en algún lugar de la sierra.

—¿Cómo hacen para desaparecer a la gente?

—Pues si el pescado es chiquillo, vamos en una camioneta, pero si sabemos que también es vago, vamos en más. Al menos ocho personas. Si está adentro del domicilio tumbamos la puerta y nos metemos por él. Nos lo llevamos a una casa de seguridad, y ahí determina el patrón qué hacemos, si lo desaparecemos o lo soltamos.

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El timbre de su voz es engañoso, transmite una mansedumbre e inocencia que no se corresponde con lo que relatan sus palabras.

“Cuando nos da la orden el patrón de que le demos para adelante, se pasa al procedimiento de destazarlo y compactarlo para que quede lo más chico que se pueda y, como te digo, tenemos varias albercas, fosas clandestinas, y pues ahí se avientan”.

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La escena es una paradoja. El muchacho relata paso por paso el procedimiento para cortar en pedazos a una persona. El perro da vueltas bajo la mesa. El muchacho hace una pausa de unos segundos para acariciar al cachorro, que mueve la cola juguetón. Luego baja la mirada y le sonríe con dulzura. Para destazar, dice, la persona debe de estar esposada de pies y manos. Todo se lleva a cabo bañándose con él, en una regadera, para evitar el sangrerío. Señala el orden de los cortes: primero la cabeza, después los hombros, los pies, las rodillas. Sigue acariciando al perro.

No cualquiera se anima a destazar. “Es una de las primeras partes que se dan como diestra a los que van llegando: mochar. Para que te hagas más sanguinario”.

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—¿Sientes remordimiento?

—Con las primeras muertes sí sentía arrepentimiento, pero se te va haciendo costumbre. Si es encargo de los jefes lo tienes que hacer, no puedes dar paso para atrás. A veces sí da lástima porque te topas con la familia, una vez me tocó uno que en cuanto abrimos la puerta estaba cenando con sus hijas. Pero por algo estamos en este ambiente, porque nos gusta. Nacimos un poco locos. A veces es tu desestrés matar a alguien.

El cristal en las bolsitas celestes sobre la mesa tiene la marca de la plaza: un sello negro con el rostro de Nemesio Oseguera, el Mencho. Según el muchacho, si sorprenden a alguien con cristal sin la etiqueta distintiva, se procede a levantarlos para extraer de ellos toda la información: si venden o consumen, de dónde lo sacaron, quién se los vendió. Si ellos mismos lo venden, entonces no hay fianza, los matan por chapulines, por brincarse las reglas y no respetar la plaza.

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“Sale mucho en las noticias cada tanto, de levantones, muertes, robos, secuestros. Pero pues es entre la misma gente de aquí, o nosotros con el gobierno porque no nos dejan trabajar a gusto”.

—¿Cómo es que alguien te presta su patio para enterrar gente?, ¿Cómo funciona eso?

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—Creo que la necesidad es una de las cosas que lleva a hacer eso. Les echas muertitos pero pues les echas también su concreto. Les ofreces tanta cantidad de dinero: “oiga señor, no va a pasarle nada, le pone cemento y ya no pasa nada”, y pues aceptan, por la necesidad. Por eso hay mucho desaparecido aquí, la gente si se presta para eso en sus patios o en terrenos que tienen lejos.

III

—Yo saqué bolsas de basura y cobertores quemados de ahí.

El hombre señala un punto de su patio. Las madres, fatigadas, han cavado y vuelto a tapar cuatro hoyos, castigadas por la ígnea luz de finales de mayo. Dilucidan. Mientras era interrogado por algunas de ellas, dicen, el hombre señaló un punto específico del patio como el lugar en dónde habrían enterrado los cuerpos, ahí a un lado de un ducto de drenaje. Un Guardia Nacional está de testigo, afirma una de las madres. Pero los uniformados no se meten en la discusión, se limitan a ocupar su posición afuera del inmueble, con los fusiles al frente, oteando las inmediaciones, vigilando.

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-Ya te metiste en broncas. Le voy a hablar a la fiscalía mejor. Ya me enfadé. Si no dices la verdad te va a ir peor.

-¡Le estoy diciendo que de ahí saqué bolsas!… y está más hondo.

-¿Y cuerpos?

-De eso sí no saqué nada

-¿Y por qué le diste ese punto a la señora? Si sabes algo pues mejor dilo.

-Porque a mí me dijeron eso cuando llegué aquí. Yo sabía que tarde o temprano esto iba a pasar.

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El hombre se defiende. Es consumidor, sí; tanto él como el otro muchacho fuman crico, la verdad sí, pero no es un delincuente, se dedica a recolectar chatarra, y no se mete en los asuntos de esa gente. Además, lo repite, la persona que le dijo de los muertos enterrados cuando llegó ya está muerta. Les explica que, al enterarse del rumor escarbó y sacó unas bolsas, dice que no sabe lo que tenían adentro, que él piensa que ropa, y que, sin revisarlas, se deshizo de ellas. Las madres discuten, algunas piensan que el hombre quiere desviar información para ganar tiempo, otras le dan el beneficio de la duda, piensan que, aún queriendo ayudarlas, no puede dar más información por miedo a las represalias de esa gente, de quienes controlan la plaza.

-Ya le van a hablar a la fiscalía, y como estás dando puntos falsos, te vas a ir detenido.

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Vea también: Desapariciones en México: qué pasa con las mujeres y los hombres captados por los cárteles

Hace unos momentos, mientras descansaban refugiándose en la sombra de un árbol frente a la casa, según una de las madres, un hombre pasó en una motocicleta, gritándoles: perras, ahorita les voy a aventar a la plaza. Una de las camionetas de la Guardia se fue tras él. No lo encontraron. Indira habla con el periodista, le dice que en las incontables búsquedas que su colectivo ha hecho en el sector, han encontrado cientos de cuerpos, bolsas de cuerpos seccionados.

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Indira le dice al periodista: “Antes la gente se hubiera asustado de vivir en una casa donde tienen cuerpos. Es muy común en esta zona que rentes una casa y no sabes si es un cementerio. Pero la gente ya lo ha normalizado porque es muy común y porque el estado no hace nada, no hay sanciones para la gente que delinque, y no hay investigaciones reales. Y más con esto del Mundial, están invirtiendo bastante en maquillar, en que se vea bonito y que se diga que Jalisco es un lugar seguro, pero nosotras no tenemos nada que celebrar”.

El niño, que no da dejado de jugar y participar en las excavaciones, se acerca a una de las madres y le habla de una mujer que lo espanta. Una muchacha que se aparece y lo asusta en las noches. Todas lo miran con ternura. El niño les señala el punto donde mira al espíritu emerger de la oscuridad. Es en la esquina del patio, a un costado de la puerta, cerca del lugar que señalaba el hombre. Las madres entonces se deciden, y comienzan a cavar el quinto hoyo de la jornada.

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