En 2025 perdió todas las elecciones en las que compitió, en varios casos derrotada por la versión más extrema de la derecha. Es decir, la izquierda democrática vivió un verdadero “annus horribilis”. Pero recién entrado 2026, una nueva oportunidad se le está presentando. Curiosamente, una oportunidad no planeada, sino más bien producto de los errores de esa misma derecha radical.
Al frente de ellos, las bravuconadas de Donald Trump, que tienen impacto global. Cada explosión de sus misiles en Irán infla el costo de vida de los países gobernados por sus aliados, que en Latinoamérica no saben cómo lidiar con esto más que con la fórmula de recortar programas sociales. ¿Será un punto de inflexión de la ola derechizadora que recorre a la región?
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Por ahora, Javier Milei en Argentina y José Antonio Kast en Chile, los máximos referentes de la ultraderecha del sur global, caen en su popularidad en las encuestas en un efecto inversamente proporcional al aumento del precio del petróleo por la escalada bélica de Trump e Israel. Milei ya llegó a un 61 % de desaprobación, según la encuesta de LatamPulse, mientras que Kast, con menos de dos meses en el poder, tiene solo un 38 % de aprobación.
En Europa, en tanto, ya se empiezan a ver señales en las urnas. El húngaro Viktor Orbán, inspiración de Trump y amigo de Vladimir Putin, fue derrotado a principios de abril. A su vez, otros políticos de derecha intentan distanciarse de Trump, convertido en un activo tóxico. Es el caso de la italiana Giorgia Meloni, que terminó apoyando al papa León XIV en sus críticas al estadounidense.
Como para aprovechar el momentum, la izquierda parece haberse dado cuenta de que algo tiene que cambiar, tanto en su discurso como en sus acciones. Por eso el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, justamente uno de los líderes mundiales que ha enfrentado en forma más directa a Trump, convocó la cuarta cumbre progresista en Barcelona. Como invitados de más alto nivel, varios líderes latinoamericanos se convirtieron en las estrellas de la reunión. Estuvieron la mexicana Claudia Scheinbaum, el brasileño Lula da Silva, el colombiano Gustavo Petro, el uruguayo Yamandú Orsi y el expresidente chileno Gabriel Boric.
Steven Forti, académico en la Universidad Autónoma de Barcelona y autor del libro Extrema derecha 2.0: qué es y cómo combatirla, recalca la jugada del destino que hizo caer el encuentro a menos de una semana después de la derrota de Orbán. Dice que, más allá de los discursos y las fotos, esa circunstancia subrayó el intento concreto de la izquierda por rearticularse “con propuestas en favor de la democracia, en contra del autoritarismo y en contra de los tecnooligarcas”. Pero, recalca, “veremos si es realmente un punto de inflexión o si es un paréntesis”.
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Es que en Barcelona se escucharon algunas reflexiones que denotan esta actualización y revisión que está haciendo el progresismo. “La democracia no es un estado natural de las cosas. Tenemos que cuidarla, es frágil”, dijo Boric. El expresidente chileno viene de una dura derrota de su coalición de centro izquierda, que además le dio paso a un aliado de Trump: el ultraconservador José Antonio Kast.
Mientras tanto, Lula da Silva declaró que la reunión no era “anti-Trump”, pero a la vez lanzó varias frases al magnate. “No podemos despertarnos todos los días por la mañana e ir a dormir por la noche siempre con el tuit de un presidente de la república amenazando al mundo, declarando guerras”, dijo.
Felipe Enero Segovia, analista en políticas y asuntos internacionales de la Universidad de Santiago de Chile, escribió en una columna del medio Cooperativa que Barcelona fue “un laboratorio de recomposición progresista”. Para Enero, la cumbre marcó un giro desde una política reactiva ante Trump y sus símiles locales, a la configuración de una propuesta. Se trata de “reconstruir el orden internacional, fortalecer la democracia liberal, reactivar el crecimiento económico y reducir la desigualdad”.
Entre los temas estuvo, por ejemplo, el papel de las plataformas digitales, campo fértil para el populismo y la polarización. Esas redes sociales le permitieron a la ultraderecha seducir a muchos votantes en un contexto en el que los gobiernos progresistas no pudieron cumplir promesas para mejorar las condiciones de vida, justamente de la clase media. Sobre todo a los más jóvenes, que sufren la falta de trabajo y vivienda a pesar de tener la mayor formación académica de la historia. Pedro Sánchez sostuvo en la cita que “internet no entiende de fronteras y, por lo tanto, o avanzamos juntos o no avanzará nadie. O fijamos reglas comunes o las impondrán por nosotros, porque el espacio digital o es democrático o no será”.
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En su columna “Optimismo progresista y letra muerta”, publicada en El País, el analista Alfredo Joignant reconoce que la cumbre de Barcelona llegó en el momento ideal: “La combinación de un Trump en llamas, el notable protagonismo de Pedro Sánchez en el concierto internacional y el fin de Orbán hicieron posible que emergiera, por primera vez en muchos años, un ánimo de optimismo en el progresismo global”.
Para Joignant una de las mayores victorias de la cumbre es asumir el propio concepto de “progresismo”, que se había convertido en una mala palabra. Advierte que los discursos de izquierda “se estaban transformando en una lengua muerta, un poco como el latín solo citado por eruditos y no por personas vivas, en donde la repetición de fórmulas y palabras suenan cada vez más antiguas, ajenas a la realidad, sin posibilidad de coincidir con el sentido común de las personas reales”.
Brasil y Colombia juegan su propio Mundial
Este año es clave para saber si el progresismo logra mantener gobiernos que le aseguren seguir liderando la mayor parte de la población latinoamericana. El 31 de mayo tendrá lugar la primera vuelta presidencial en Colombia, donde el izquierdista Iván Cepeda se mantiene primero en las encuestas. Y el 4 de octubre se disputará la primera vuelta de la presidencial de Brasil. Ahí Lula da Silva está en un empate técnico con el hijo del exmandatario ultraderechista Jair Bolsonaro. Colombia y Brasil suman 256 millones de habitantes, más población que el resto de los países sudamericanos unidos. En ambas naciones podría jugar a favor de los candidatos de izquierda la antipatía contra el neoimperialismo estadounidense de la era Trump.
El periodista brasileño Víctor Farinelli, subeditor del medio Opera-Mundi, sostiene que en el caso de Lula, recibió un Brasil “destrozado” económicamente, pero logró estabilizarlo. Para Farinelli, un triunfo de la derecha en su país sería sinónimo de un triunfo de la “autocracia estadounidense, que está intentando sujetar Latinoamérica de forma bastante agresiva”.
Por su parte, el analista colombiano Javier Garay sostiene que los contextos internos son los que más pesan para los votantes. “Pareciera, y esto ha venido pasando por lo menos desde la pandemia, que los electores están cansados de quienes tienen el poder en un momento dado. ¿Y eso qué quiere decir? Que las sociedades en la actualidad no están percibiendo los cambios y los fenómenos desde líneas ideológicas, sino desde líneas mucho más prácticas en términos de solución de problemas”, dijo a CONNECTAS.
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El profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad Externado manifiesta que en el caso de Colombia se ve, por ejemplo, un hartazgo de parte de la población con la figura de Gustavo Petro, aunque este mes llegó a su nivel más alto de popularidad desde 2022 (46 % de aprobación, según los cálculos de La Silla Vacía).
En Barcelona, Petro intentó encumbrarse en entrevistas con su característico tono profundo lleno de frases grandilocuentes. “Estos días estamos intentando construir en esta ciudad una especie de faro colectivo que dé luz al mundo actual”, dijo en una conferencia.
Garay sostiene que “Petro lo que busca es ser un líder de la izquierda latinoamericana. Incluso yo diría que un líder global del progresismo. Ahora bien, ¿eso hace que necesariamente vaya a convertirse en eso? No sé, porque creo que Da Silva es el líder natural de la izquierda en América Latina”.
A pesar del tono de la reunión de Barcelona, donde Sánchez no invitó a los regímenes autoritarios, estos siguen presentes en un escenario complejo. De hecho, de regreso al continente, Petro viajó a Venezuela y se convirtió en el primer mandatario de un país democrático que visita a la dictadora encargada del chavismo, Delcy Rodríguez. Justamente, las cercanías históricas de la izquierda regional con las dictaduras también juegan en contra para convencer a los votantes más de centro. “Más allá de Boric en Chile, que ha sido contundente en la defensa de la democracia, los demás líderes son poco transparentes o definitivamente apoyan esos regímenes como el de Venezuela, el de Cuba, y en menor medida el de Nicaragua (...). Incluso Lula ha sido muy cercano y ni hablar de Gustavo Petro”, dice Garay.
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Durante la cumbre de Barcelona Lula sostuvo: “Hay que parar con ese bloqueo a Cuba y dejar que los cubanos vivan su vida. No es posible que nos quedemos en silencio ante eso”. Palabras parecidas pronunció la mexicana Claudia Scheinbaum: “Hasta la fecha creemos, hablando de esa pequeña isla del Caribe, que ningún pueblo es pequeño, sino grande y estoico cuando defiende su soberanía y el derecho a la vida plena”. No hubo palabras contra el autoritarismo del régimen a pesar de que el foro se llamaba “En defensa de la democracia”.
Farinelli defiende esas posturas. “Nadie pide que los gobiernos de derecha se alejen de gobiernos autócratas como Estados Unidos y Argentina, por ejemplo”, dice. Además pide tener en cuenta el contexto: “Cuba está amenazada por un ataque militar norteamericano, que incluso ha sido anunciado por Trump en esos términos (...). Ante esa situación no solo países gobernados por la izquierda, sino también por la derecha, han demostrado solidaridad”.
En el caso de Venezuela, explica que el propio Estados Unidos normalizó sus relaciones. Y en cuanto a Nicaragua, “no conozco ningún gobierno de izquierda de la región que defienda a rajatabla el gobierno de Ortega. Más allá de las relaciones que uno debe mantener con un país, aislar completamente termina resultando en un castigo al pueblo y no al gobierno”, argumenta Farinelli.
Liderazgo y principios
Steven Forti sostiene, además, que en un panorama de partidos muy debilitados, la política está “hiperpersonalizada”. “Funciona mejor un líder fuerte que sabe comunicar muy bien y eso explica el éxito de figuras como Pedro Sánchez, o del alcalde de Nueva York, Zohan Mamdani”, asegura Forti. Aunque agrega que para el éxito del progresismo es fundamental “tener un arraigo territorial, estar presente en las luchas”.
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Sobre este punto, asegura que la izquierda progresista se ha mantenido en los últimos años en una actitud defensiva y “temerosa de lo que está pasando en el mundo. Pero debe retomar la iniciativa política, entender que si bien el contexto es efectivamente muy complejo, hay posibilidades para cambiar el rumbo y para utilizar este posible punto de inflexión”.
El académico reconoce que la ultraderecha ha sabido reconocer las demandas de gran parte de la ciudadanía. En este sentido, Forti asegura que el progresismo debe enfocarse en “políticas sociales valientes que reduzcan las desigualdades y que piensen tanto en la clase trabajadora, como los trabajadores informales, así como en la clase media”.
Durante la última década las luchas de la izquierda progresista se asociaron a las identitarias, como el feminismo, los derechos LGBTI y el indigenismo. Mientras tanto, la ultraderecha se adueñó del discurso antiélite (Milei la llamó la casta) y se volvió, incluso, “orgulloso” de posturas machistas, antidemocráticas o intolerantes. Como si la barbarie fuera “popular”.
¿Entonces, la izquierda progresista debe renunciar a sus principios para ganar en las urnas? El filósofo Pau Luque Sánchez, profesor de la Universidad Autónoma de México, escribe en su columna “La vergüenza, la izquierda y Trump” que el problema no está en las ideas, sino en la forma cómo las está defendiendo. “Cuando leo que la izquierda tendría que ser más antinmigración o menos feminista me dan ganas de saltar por la ventana. La izquierda no tiene que cambiar de ideas, tiene que cambiar de actitud. Debe abandonar la soberbia moral con la que defiende sus ideas. Y debe dejar de intentar avergonzar a los demás por no tener sus mismas ideas”. ¿Lo conseguirá?
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