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24 Oct 2021 - 2:00 a. m.

La necropolítica de Jair Bolsonaro

No solo son las 600.000 muertes que dejó el coronavirus, los brasileños viven días en los que hay una política de muerte. Así lo dice Carol Pires, periodista que participó en el pódcast “Retrato Narrado”, cuya primera temporada está dedicada al polémico mandatario.
El 14 % de la población en Brasil está desempleada y 19 millones de personas pasan hambre.
El 14 % de la población en Brasil está desempleada y 19 millones de personas pasan hambre.
Foto: AFP - Agencia AFP

En las tiendas de los barrios periféricos de Brasil se han vuelto a ver los carteles que anuncian la venta de huesos para acompañar un plato de sopa; no hay carne, solo huesos. El 14 % de la población está desempleada y 19 millones de brasileños están pasando hambre. “Vivir en Brasil es bastante frustrante”, dice la periodista Carol Pires, quien participó en el pódcast Retrato Narrado, de la Revista Piauí y Spotify, en el que hizo una investigación que empezó en 2019 con la intención de conocer el origen y el recorrido político de Jair Bolsonaro.

Y es que el país que ella conoció cuando dio sus primeros pasos en el oficio se mostraba como uno capaz de cumplir con “su destino de grandeza”, pero todo se deshizo. Ahora lo que se ve es muerte. La pandemia, la política proarmas, la ausencia de acciones frente a la falta de alimento y la destrucción de la Amazonia han llevado a que en las calles se vean muros con mensajes que dicen: “Bolsonaro, genocida”. En Brasil, según ella, hay una necropolítica.

Una comisión del Senado brasileño presentó esta semana un informe sobre la gestión de la pandemia del mandatario, que lo señala de haber cometido delitos contra la humanidad, que segaron la vida de 600.000 brasileños. El documento recomienda procesar a Bolsonaro y a 65 personas por “omisiones intencionales que sometieron a la población a privación de medicamentos, actos de exterminio, privación de derechos fundamentales, persecución y corrupción en la compra de vacunas”. También se hallaron graves indicios sobre una red de activistas de ultraderecha que, en supuesta combinación con funcionarios del Ministerio de Salud y de la propia Presidencia, difundieron en forma masiva información falsa, minimizando la gravedad de la pandemia, en línea con el discurso mantenido por Bolsonaro.

En el informe hay acusaciones serias. ¿Qué puede pasar con Bolsonaro?

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Muy probablemente, el informe va a ser aprobado en el Senado, pero Bolsonaro controla al procurador general de la República y tiene el apoyo del presidente de la Cámara de Diputados, y esas son las autoridades que podrían hacer algo en su contra. Sin embargo, ninguno lo va a hacer. Mi sensación es que mientras esté en el cargo, no va a pasar algo con él. Ahora bien, una vez salga de la presidencia podría recibir muchas denuncias y ahí sí habría una posibilidad de condena.

Estamos a un año de las elecciones. ¿Cree que Bolsonaro tratará de mantenerse en el poder para poder blindarse?

Él ha dicho que solo hay tres opciones de futuro: que gane la presidencia, que salga preso o su muerte. Con ello dejó la sensación de que no va a aceptar la derrota. Hace unos meses el clima político en Brasil estaba muy caliente, pues Bolsonaro estaba manejando su discurso antidemocrático a niveles estridentes, incluso convocó una parada militar con tanques de guerra para pasar frente a la Plaza de los Tres Poderes y eso se interpretó como una amenaza de golpe. Sin embargo, en las últimas semanas ha bajado el discurso y ha dicho que el sistema judicial es parte de la democracia. Está con una narrativa más conciliadora porque, tal vez, ha calculado que tiene más probabilidad de recuperar votos siendo más amistoso.

Bolsonaro ha regado noticias falsas sobre la pandemia y el coronavirus. ¿Cuál fue la peor declaración?

Él empezó diciendo que el coronavirus no pasaba de una “gripinha”, y repitió otras versiones de esa misma afirmación. Después, empezó a hacer propaganda de medicinas que no sirven para atacar la COVID-19, como cloroquina e ivermectina. Incluso, salió frente a la presidencia con cajas de dichos medicamentos; es decir, actuó como un publicitario de medicinas sin eficacia, siguiendo el discurso de Donald Trump. También les hizo bullying a aquellos que no salían a las calles: los tachaba de “maricas”. Además, su red de apoyo comenzó a decir que los gobernadores habían inventado la COVID-19 para controlar a la gente, que las medidas de restricción a la circulación eran una estrategia antidemocrática, que eso sí era un intento de golpe.

En la primera temporada del pódcast “Retrato Narrado” usted exploró el origen del fenómeno Bolsonaro. ¿Qué hizo que llegara a ser el personaje que es?

Bolsonaro ha sido siempre el mismo. Desde el día uno en la política ha repetido, por décadas, los mismos discursos. No es que él haya cambiado su postura para crecer entre los electores, fue Brasil el que lo hizo y empezó a escuchar esos discursos de otra manera. Si antes lo entendían como un radical, cuando el país empezó a sentir rabia contra la clase política y por la Lava Jato, que creó la sensación de que la política siempre es corrupta, además de la persistencia en la sensación de inseguridad urbana, se creó la oportunidad para que su discurso rabioso, violento, de rompimiento y de solución rápida tuviera sentido.

¿Cuál es su mayor derrota?

Creo que Bolsonaro es su peor enemigo. Es un hombre que no tiene un proyecto político. Tiene un conjunto de cosas que no le gustan y quiere destruir, pero no tiene un proyecto sobre qué quiere poner en su lugar. Por ejemplo, él viene de una ciudad muy pequeña de São Paulo, que no se ha desarrollado económicamente como lo han hecho otras partes del estado, teniendo alrededor muchas reservas ambientales e indígenas. Bolsonaro, equivocadamente, ve estos espacios como un impedimento para el desarrollo económico de su ciudad, por lo que como presidente ha entendido la Amazonia y demás recursos naturales como una barrera para la economía. Por ello, desmontó las leyes de protección ambiental. Asimismo, ha debilitado los programas sociales, como la transferencia de renta, porque los asocia con el gobierno de Lula da Silva.

¿Qué capítulo del pódcast sobre Bolsonaro recuerda más y por qué?

El pódcast buscó situar a Bolsonaro en la realidad política y social de Brasil. Cuando despuntó como candidato a la presidencia, sabíamos muy poco de él. Así, salía una nota sobre su tiempo de diputado, otra sobre su niñez y, después, una de sus nuevos aliados en la campaña presidencial, y para alguien que no es periodista es muy difícil dar sentido a esa información que hemos vivido de manera vertiginosa en los últimos años. En ese orden de ideas, el pódcast llegó en un momento de confusión, cuando la gente no entendía de dónde había salido ese hombre y por qué fue electo con un discurso antidemocrático y emisor de discursos violentos.

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Al ser criado en una ciudad por donde pasó un guerrillero de la dictadura, Bolsonaro optó por seguir al ejército y entrenarse en él bajo los principios del régimen, incluyendo la persecución a la izquierda y la tortura a los enemigos políticos. Con esa mentalidad entró a la política. Durante mucho tiempo su discurso no hizo eco porque vivimos un buen momento para la democracia, así como de inversión en programas sociales y organización de la economía, pero cuando la gente se cansó del Partido de los Trabajadores, llegó la inseguridad y la Lava Jato y ascendió la derecha avergonzada, asociada con la dictadura, y Brasil entró en una crisis en la que el discurso de Bolsonaro empezó a ser interpretado como una solución. Por eso no puedo hablar de un único capítulo, sino de todo el pódcast.

¿Cuál ha sido el daño más grande que Bolsonaro le ha hecho a Brasil?

Con su discurso ha dejado un país más mal educado, más agresivo, menos empático. Esa idea de que la violencia es pedagógica, que es muy equivocada, es algo que será difícil de corregir porque es un asunto cultural, no es una regla o una ley que el próximo gobierno pueda cancelar. Esto es una cuestión comportamental que será difícil cambiar. La historia recordará a Bolsonaro como un triste síntoma de un país que estaba enfermo.

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