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9 Jun 2021 - 2:00 a. m.

Perú: un salto al vacío

La presidencia del país se define en un agónico conteo voto a voto entre Keiko Fujimori y Pedro Castillo. El peligro de denunciar fraude en un país totalmente dividido y cansado de la clase política y la corrupción.
Pedro Castillo, candidato de izquierda, sigue punteando el conteo de votos en Perú, que aún no termina.  / AFP / Luka GONZALES
Pedro Castillo, candidato de izquierda, sigue punteando el conteo de votos en Perú, que aún no termina. / AFP / Luka GONZALES
Foto: LUKA GONZALES

El suspenso se alarga en Perú: aunque falta apenas cerca del 3 % de votos por escrutar y Pedro Castillo, maestro de escuela rural, aventaja ligeramente a su rival, Keiko Fujimori, la Oficina Nacional de Procesos Electorales de Perú (ONPE) aún no declara un ganador. ¿Qué falta?

Este miércoles se espera que se conozca el nombre del nuevo presidente de Perú, luego de que sean contabilizados todos los votos del exterior, en donde Keiko Fujimori podría revertir la tendencia. Hasta el martes, la candidata de Fuerza Popular tenía el 66,17 % de los votos del extranjero frente al 33,83 % de su rival. Sin embargo, la tendencia general parecía irreversible a favor de Castillo, quien lidera con poco más del 50,2 % de los votos frente al 49,79 % de su adversaria.

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Las esperanzas de que la segunda vuelta electoral terminara con las convulsiones políticas del último quinquenio en Perú se esfumaron con el resultado tan ajustado y las denuncias de fraude que irresponsablemente lanzó Fujimori, al mejor estilo de Donald Trump: sin pruebas.

Con un agravante, las calles del interior del país, en donde bullen el hartazgo y la desconfianza, pueden estallar en cualquier momento si los candidatos le siguen apostando a poner en duda un proceso electoral, cuyo trabajo ha sido inobjetable: observadores internacionales felicitaron el trabajo de las autoridades electorales peruanas. Keiko Fujimori está cayendo en el desespero, resaltan analistas, pero le piden cumplir el compromiso que invocó cuando pidió que se cumpliera con el recuento durante el tiempo que fuera necesario. “No fue una sorpresa que los datos estén tan ajustados, dado el grado de polarización que exige estar calmado”, señalaba en un programa de televisión Alexandra Ames, analista de la Escuela de Gestión Pública de la Universidad del Pacífico.

“Un país polarizado, dividido y enfrentado estaba recuperándose lentamente y acatando con paciencia el llamado a la calma que formularon ambos candidatos. Pocos conatos de protesta fueron controlados, sin llegar a mayores. Lamentablemente, por la noche se rompió la calma alcanzada. La piedra del fraude ha sido lanzada”, señaló en un editorial el periódico La República.

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Y es que Keiko Fujimori está reviviendo la pesadilla de 2016, cuando cayó ante Pedro Pablo Kuczynski por apenas 40.000 votos en una final de infarto. La diferencia es que esta vez quedó en evidencia la profunda división de Perú: dos países opuestos representados por candidatos con planes que no coinciden en nada. Como si quisieran gobernar dos países distintos.

“Castillo es un mar de contradicciones, carga a impresentables en la mochila y su propuesta económica aterroriza. Pero Keiko dispuso de la televisión de señal abierta a su antojo y eso solo se había visto en los últimos años del fujimorato. Eso también asusta”, decía en un programa de televisión peruano el analista político Gonzalo Banda.

Una vez se conozca el resultado, lo que ha de venir es la calma. El 28 de julio, cuando comience el nuevo gobierno, se verá el resultado del salto al vacío que dio Perú: no habrá período de gracia con el que suelen comenzar los nuevos gobiernos, pues con un resultado tan apretado, sin mayorías en el Congreso y con una sociedad tan golpeada por la pandemia y la crisis económica, el nuevo ocupante del sillón de Pizarro tendrá que moverse con inteligencia y rapidez para legitimar su triunfo frente a la mitad de país que no votó por él y que no está dispuesto a perdonarle el más mínimo error, señala en su editorial el diario El Comercio.

En las calles de Perú se dice que el oficio más peligroso es ser presidente: dos ya pasaron por la cárcel, uno sigue preso y condenado, otro está pendiente de extradición desde EE. UU., uno más se suicidó para evitar ir tras las rejas y dos están bajo investigación.

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“Quienes entraron en esta competencia lo hicieron a sabiendas de que las dificultades espinosas venían con el cargo al que estaban aspirando”, recordaba el periódico El Comercio.

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