Colombia comparte con Brasil 1.644 kilómetros de frontera, casi todos en plena Amazonía, y buena parte de lo que pase en esa selva se decidió en las urnas del vecino. Los brasileños eligieron, en segunda vuelta, entre el presidente Luiz Inácio Lula da Silva y el senador Flávio Bolsonaro. La elección era clave para el futuro de la lucha contra el narcotráfico, la minería ilegal y la tala en una frontera que ya es una de las rutas de la cocaína que sale de Colombia, Perú y Bolivia.
Enfoques distintos para las prioridades de Bogotá
Para el gobierno de Abelardo de la Espriella, los dos candidatos representaban relaciones muy distintas. Flávio es su aliado ideológico. En una videollamada tras la primera vuelta, le prometió un “régimen muy duro” contra el narcotráfico.
“Cuando un delincuente de Colombia esté en Brasil, será un gran placer para mí detenerlo y entregárselo, así como quiero que usted entregue a los bandidos brasileños”, le dijo. “El verdadero cambio es derrotar a la izquierda”, agregó mostrando su preferencia.
Pese a esto, Lula, aliado durante el gobierno de Gustavo Petro, ha apostado siempre por el pragmatismo. Hace dos meses felicitó rápido a De la Espriella y dijo que la amistad entre los dos países “trasciende ideologías”. Su asesor internacional, Celso Amorim, también destacó que “ellos (los colombianos) nos necesitan y nosotros los necesitamos”. Ahora, el próximo embajador colombiano en Brasil, cuyo nombramiento sigue en pausa, tendrá que mostrar que el gobierno colombiano puede ser pragmático también y dejar de lado los favoritismos ideológicos.
La frontera del crimen
En la zona de Leticia y Tabatinga, las redes que mueven cocaína por los ríos amazónicos ya se metieron en la minería ilegal y la tala. Frederico Brandão, profesor de la Universidad Federal de Pará, recuerda el asesinato del periodista Dom Phillips y del indigenista Bruno Pereira en 2022, en el Vale do Javari, muy cerca de la triple frontera con Colombia y Perú.
“Fue un momento simbólico del avance de los grupos criminales en la Amazonía y de la total incapacidad del Estado”, dice.
Flávio prometía mano dura, con más monitoreo satelital de la selva y declarar terroristas a las bandas. Brandão desconfía de ese enfoque: “La estrategia militar en la Amazonía no es nueva. Los militares no tienen vocación para la crisis ambiental, y no funcionó”. Pero tampoco absuelve a Lula: “No todo ha sido bien hecho, lejos de eso. El combate al crimen organizado en la Amazonía no ha sido suficiente y sigue avanzando”.
Un vecino con menos contrapesos: ¿qué cambia?
En todo caso, Colombia tendrá al otro lado de la frontera un Brasil más inclinado a la derecha. “El Congreso está aún más a la derecha que en 2022”, dice Brandão. Ticiana de Oliveira Alvares, directora técnica del Ineep, un centro de estudios sobre petróleo y energía, coincide: “Hoy hay una mayoría más consolidada en la Cámara y en el Senado”.
Y ese giro pesa sobre la selva. En los primeros tres años de Jair Bolsonaro se talaron 3,4 millones de hectáreas de Amazonía brasileña, frente a 2,1 millones en el mismo periodo de Lula.
La deforestación brasileña no se queda en Brasil. La Amazonía regula las lluvias de buena parte del continente, y Alvares advierte que el mayor riesgo es para la comida: “Los riesgos para la seguridad alimentaria son mucho mayores”. Brasil es un gran exportador de alimentos para la región.
La cooperación amazónica tampoco está garantizada. Brandão recuerda que Colombia, con Petro, participó en la COP30 de Belém y en los intentos por revivir la Organización del Tratado de Cooperación Amazónica. Con Lula, esa agenda debe sortear la distancia ideológica con la Casa de Nariño.
Para Alvares, una agenda energética común con Colombia depende de cómo se gobierne en Brasil de ahora en adelante: si permanece la transición energética como motor de integración regional de la que hablaba Lula.
Brandão, por otro lado, pide no esperarlo todo de los presidentes. “Independientemente de lo que pase en el escenario macro, hay que seguir con la agenda de cooperación y de preservación del bosque y de las personas que viven de él”, concluye. La Amazonía no distingue entre gobiernos de izquierda o de derecha, ni entre un lado u otro de la frontera: como sea, Bogotá y Brasilia tendrán que sentarse a hablar.
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Marco(t2vy2)•26 de octubre de 2026 – 07:48Por supuesto que la Amazonía no va a hacer distinciones, pero los efectos de la deforestación sí los notamos. La agenda del fascismo en Latinoamérica consiste en pasar por encima de una zona intocable, y la excusa para hacerlo es una lucha vetusta contra las drogas cuyo efecto es dejarles el negocio solo a unas mafias selectas.