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Violencia política en EE. UU.: una bomba difícil de desactivar


Antes del ataque contra Donald Trump, EE. UU. ya había entrado en un nuevo periodo de violencia política. Urge que los dos partidos bajen la temperatura del país; sin embargo, sectores, sobre todo republicanos, parecen enfocados en usar este atentado como arma política.


Camilo Gómez Forero

15 de julio de 2024 - 06:00 a. m.
El expresidente estadounidense Donald Trump es sacado del escenario por el servicio secreto después de un incidente durante un mitin de campaña en Butler, Pensilvania, EE. UU.
Foto: EFE - DAVID MAXWELL
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Mucho antes del sábado, cuando el expresidente Donald Trump resultó herido levemente en un ataque armado en un mitin político en Pensilvania (EE. UU.), al tiempo que una persona falleció y otras dos resultaron gravemente lesionadas, la violencia política en Estados Unidos ya era un problema que despertaba pánico en la mayoría de la población. En mayo, dos tercios de los adultos temían que una ola violenta hundiera al país en el caos total tras las elecciones de noviembre, según una encuesta de Reuters e Ipsos. Más preocupante aún: uno de cada cinco estadounidenses pensaba que esa violencia resolvería las divisiones políticas, según un estudio de PBS, la NPR y Marist Poll. Entonces, ya había suficientes pruebas de que algo marchaba muy mal.

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El asalto al Capitolio del 6 de enero de 2021, llevado a cabo por fanáticos republicanos, donde murieron al menos cinco personas; el ataque con un martillo contra el esposo de Nancy Pelosi, expresidenta demócrata de la Cámara de Representantes, en 2022, y el intento de secuestrar a Gretchen Whitmer, gobernadora demócrata de Míchigan, ideado por paramilitares de extrema derecha en 2020, son algunos ejemplos de cómo la escena política en Estados Unidos volvió a ser insegura.

Ahora sumamos el intento de asesinato a un candidato presidencial, como si fuera de nuevo 1968, y el peor ataque desde el que sufrió Ronald Reagan, en 1981. Tras el tiroteo del sábado contra Donald Trump, Peter Spiegel, columnista de The Financial Times, recordó cómo era la escena en los años 60: Martin Luther King y Robert Kennedy fueron asesinados, grupos radicales de izquierda ponían bombas en el país para incitar una revolución y cientos de afroamericanos eran asesinados en las calles por extremistas de derecha; todo se había salido de control.

Estados Unidos nunca ha sido ajeno a la violencia política. Es algo que parece repetirse cada cierto tiempo. Sin embargo, el problema central con el ciclo de violencia actual es cómo están reaccionando sectores de una de las fuerzas políticas. Son dos asuntos claves relacionados con la memoria del Partido Republicano. El primero es el de la retórica.

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“Hoy nos tenemos que creer lecciones de que el deterioro del debate público y la retórica violenta en Estados Unidos es culpa de los demócratas”, se queja el periodista español Emilio Doménech, experto en política estadounidense.

Tras el ataque del sábado, los miembros más extremistas de los republicanos han acusado a la “retórica demócrata” de incitar y provocar los disparos contra su líder. Uno de ellos fue el congresista Mike Collins, de Georgia, quien le pidió al fiscal del condado de Butler, Pensilvania, donde ocurrió el tiroteo, que “presente cargos de inmediato contra Joseph Biden por incitar a un asesinato”. “Joe Biden dio la orden”, escribió Collins.

La congresista Lauren Boebert también culpó a Biden de los disparos. Su reacción no solo es irresponsable, pues le echa más combustible al fuego en un momento tan tenso, sino que es muy apresurada: el sospechoso de disparar contra Trump, abatido el mismo sábado e identificado como Thomas Matthew Crooks, de 20 años, no era demócrata, sino republicano, o al menos eso decía el registro. Según el FBI, actuó solo y es un caso en investigación. Ni siquiera sabemos si había motivación política o si fue algo distinto, como en el caso de Ronald Reagan —cuyo atacante buscaba llamar la atención de una actriz—. Pero Collins también está desconociendo que, contrario a la de los demócratas, la violencia ha sido un elemento clave de la retórica electoral de su partido, no del rival, y hay cientos de pruebas que lo respaldan.

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En las elecciones de 2022, la hoy representante Marjorie Taylor Greene lanzó dos anuncios en los que se la veía disparando con rifles de asalto contra su enemigo: la izquierda. También se le escuchó decir que Nancy Pelosi debería ser “ejecutada” por “traición”. En lugar de desestimar este tipo de comentarios, los republicanos guardaron silencio o los reprodujeron.

Cuando Paul Pelosi, esposo de Nancy, fue atacado con un martillo, figuras republicanas no solo no se solidarizaron con los demócratas, sino que se burlaron de la agresión. El hijo de Trump, Donald Jr., por ejemplo, recreó la escena del ataque para su disfraz de Halloween de 2022, mientras que dos gobernadores republicanos se rieron a carcajadas sobre la seguridad de la casa de Pelosi, cuando su esposo estaba en el hospital. Y cuando se descubrió el plan para secuestrar a la gobernadora Whitmer, el expresidente Trump dijo que “tal vez no era un problema”. En palabras del escritor republicano Dan McLaughlin, los republicanos solo piden unidad cuando son las víctimas.

Con más de 393 millones de armas circulando en el país e historias de ciudadanos que les disparan a sus vecinos solo porque sospechan que son del partido rival —como fue el caso Kristen King, quien fue asesinado por su vecino porque este pensó que era demócrata—, sería difícil decir que el país está listo para contener un nuevo ciclo de violencia. Los demócratas, por un lado, retiraron toda la publicidad política contra el expresidente y condenaron masivamente el ataque. Sin embargo, de la otra orilla no cesan los señalamientos.

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“La premisa central de la campaña de Biden es que el presidente Donald Trump es un fascista autoritario al que hay que detener a toda costa. Esa retórica condujo directamente al intento de asesinato del presidente Trump”, dijo J. D. Vance, senador de Ohio.

Las declaraciones de Vance son claves, pues aparece en la lista corta de Trump de nombres para su fórmula vicepresidencial. Esta semana, en el inicio de la Convención Nacional Republicana, que comienza este lunes y en la que Trump participará con condiciones de seguridad reforzada, se irá definiendo quién lo acompañará, pero también se verá qué clase de perfil adopta el partido para la recta final de campaña: si intentarán reducir la temperatura por la violencia política o avivarán la tensión y usarán el ataque como arma política.

Según Lawrence Gumbiner, exdiplomático y analista estadounidense, ahora hay “una cultura donde todo del otro lado es malo y todo de mi lado es bueno. Por eso están encendiendo más el extremismo. Van a tratar de culpar a Biden por este incidente. Y al mismo tiempo desde la izquierda tratarán de culpar a Trump por su retórica y la cultura de las armas. La gente quiere llamar la atención más con el extremismo que con la calma y el centrismo”.

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Veremos cómo impactará el ataque en el apoyo a Trump en las encuestas. La historia nos muestra ejemplos, como el apuñalamiento a Jair Bolsonaro en septiembre de 2018, que terminó de fortalecerlo en las encuestas sobre su rival, Fernando Haddad, en octubre, aunque la tendencia ya era notable. El atentado contra Chen Shui Bian, en Taiwán, un día antes de las elecciones, pareció ser determinante para remontar la ventaja que llevaba el candidato Lien Chan. Pero el asesinato de la laborista Jo Cox pareció no alterar la tendencia del brexit en Reino Unido en 2016. Ni la muerte de Fernando Villavicencio hizo que su partido llegara a la segunda vuelta en Ecuador, aunque acentuó las prioridades para el votante ecuatoriano. Todo depende del contexto, y es muy pronto para determinar cómo afectará este episodio las elecciones de noviembre.

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