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Cartas de Ucrania: La Tercera Guerra Mundial es solo un sábado cualquiera en Zaporiyia

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Svitlana Taratorina*, especial para El Espectador
23 de mayo de 2026 - 05:20 p. m.
Una niña saluda desde un autobús en el que ha llegado a Zaporiyia, en abril de 2022. Esta ciudad del centro este de Ucrania es la ciudad a donde llegan la mayor parte de personas que huyen de Mariúpol y las localidades cercanas controladas por el ejercito ruso. EFE/Manuel Bruque
Una niña saluda desde un autobús en el que ha llegado a Zaporiyia, en abril de 2022. Esta ciudad del centro este de Ucrania es la ciudad a donde llegan la mayor parte de personas que huyen de Mariúpol y las localidades cercanas controladas por el ejercito ruso. EFE/Manuel Bruque
Foto: EFE - Manuel Bruque
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Con motivo del cuarto aniversario de la invasión a gran escala de Rusia en Ucrania, me preguntaron: ¿cómo ha cambiado su percepción de la guerra en estos años?

Debo confesar que me quedé pensativa. Y pensar bajo condiciones de frío extremo dentro del hogar, sin electricidad y con el sonido de las sirenas —al que en pocos minutos se unen las explosiones— es, convengamos, una tarea difícil. Incluso para mí, alguien que se especializa en escapar hacia mundos imaginarios.

Escribo ciencia ficción y valoro este género, en particular, por la oportunidad de refugiarse en una realidad donde el bien siempre triunfa, o por la posibilidad de saborear una trama aún más compleja para luego cerrar las páginas y suspirar: “al menos lo mío no es así”. Me refiero a la narrativa postapocalíptica que tanto ama Hollywood; después de todo, ¿qué puede ser más interesante que observar la supervivencia de un héroe en un mundo roto?

Mucho más difícil es lidiar con la realidad de la que no se puede huir.

Recuerdo que en octubre de 2022 entrevisté al brillante autor Joe Hill. Toda su familia, y muy especialmente su padre, Stephen King, han apoyado firmemente a Ucrania en nuestra lucha. Ambos escritores son maestros del postapocalipsis.

Conversamos en octubre de 2022. En aquel periodo, los rusos comprendieron que estaban perdiendo en el campo de batalla y comenzaron a bombardear la infraestructura civil. Además de los ataques diarios, nos enfrentamos a fenómenos de los que antes solo habíamos leído en los libros. Los ucranianos supieron por primera vez lo que era un blackout: qué significa quedarse durante largas horas sin luz ni calefacción.

Le conté a Joe Hill que me distraía de las explosiones afuera de mi ventana leyendo su novela postapocalíptica, The Fireman (Fuego). El libro trata sobre una terrible epidemia que envuelve al mundo. Como en toda novela de este género que se precie, la enfermedad destruye la civilización: las ciudades quedan desiertas por el colapso de la infraestructura, los sobrevivientes se dividen en bandas agresivas y los pacíficos se esconden…

Pues bien, le dije a Joe Hill que leía su novela sentada con mi hijo de 6 años en una tienda de campaña que armé justo en medio de la sala (la tienda cumplía varios propósitos: distraer a mi hijo, conservar el calor y amortiguar el estruendo de las explosiones tras las paredes). Le confesé que su texto me consolaba e incluso me divertía. Esto último claramente lo desconcertó. Después de todo, es una novela de terror. Se supone que debe asustar o, al menos, servir de advertencia.

No llegué a explicarle que los horrores imaginarios no se comparan con los reales. Él estaba en la comodidad de su sillón; yo, al otro lado de la pantalla. Recalcar eso habría sido poner en una situación incómoda a un autor tan generoso y empático, quien concedía esa entrevista precisamente para apoyarnos. Así que me centré en el texto y le señalé algunas imprecisiones que había detectado.

—En su libro —le dije—, describe un campamento de civiles escondido en un bosque invernal. Tienen generadores, ¿pero no cree que el ruido y los gases de escape delatarían su ubicación? Los generadores rugen sin piedad.

Por la desconcertada reacción de Joe Hill, comprendí que jamás lo había pensado. A decir verdad, hasta antes de 2022, yo tampoco. Había escuchado generadores domésticos antes, pero es imposible imaginar el estruendo en el que se funden cuando deben suministrar electricidad a una ciudad entera.

—Además —añadí—, la falta de luz en las ciudades no es solo oscuridad; son las estrellas.

Al inicio de la invasión a gran escala, en Kyiv vivían 4,5 millones de personas. El resplandor de las farolas, las ventanas y la publicidad nos impedía ver el cielo nocturno. Pero con el blackout, el firmamento se volvió alto y vibrante, como la bóveda de una catedral. Recuerdo cómo, en los primeros meses de tinieblas, salía por la noche y miraba las estrellas sabiendo que toda Ucrania estaba sumida en la penumbra. Sabía que, en ese instante, todos los ucranianos contemplábamos los astros lejanos, agradeciendo en silencio a nuestros defensores, enviando aliento a quienes fueron forzados a dejar sus hogares y recordando a los que la guerra se llevó.

La guerra se ha vuelto parte de la cotidianidad, pero en lugar del miedo, ha llegado la rabia y el deseo de sobrevivirles, aunque sea por un día más. Nuestra indignación es “postapocalíptica”: está orientada a la supervivencia, no a la destrucción. Es lo que nos impide rendirnos; lo que nos impulsa a reparar, a reconstruir lo bombardeado, a ayudar al ejército, a pedir apoyo al mundo y, sobre todo, a vivir. ¡Vivir a pesar de todo!

Vivir rompiendo todas las expectativas. Plantar cara a un gigantesco Estado terrorista gritándole al enemigo, al mundo y a nuestra propia debilidad: “no les daremos el gusto”.

¿Saben lo que dicen los ucranianos sobre la Tercera Guerra Mundial, que hoy parece estar más cerca que nunca? Que es solo un sábado cualquiera en Zaporiyia. Si necesitan temple, nosotros se lo compartiremos, junto con la experiencia de cómo derribar drones iraníes Shahed. Pagamos un precio muy alto por este conocimiento. Nuestros cementerios están colmados de banderas que marcan las tumbas de combatientes y de entierros recientes de civiles asesinados por las bombas. En cada ciudad hay huellas de impactos de misiles.

¿Pero saben qué? Seguimos llenos de esperanza. Somos inquebrantables. Se lo hemos demostrado a nosotros mismos y al mundo entero. Recordaremos a todos los que nos apoyan. Y cuando llegue el verdadero postapocalipsis, sepan que los ucranianos los ayudaremos a sobrevivir. Esto último es, por supuesto, una broma de una escritora de ciencia ficción, pero como decimos en Ucrania: con las bromas es mejor no bromear.

* Svitlana Taratorina es una escritora ucraniana de ciencia ficción y fantasía, autora de las novelas Lazarus y La casa de la sal.

“Cartas de Ucrania” es un proyecto de la campaña de solidaridad latinoamericana ¡Aguanta Ucrania! en conjunto con PEN Ucrania, UkraineWorld y Instituto Ucraniano

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Por Svitlana Taratorina*, especial para El Espectador

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