¿Cómo convencer de lo maravilloso de nuestra cultura, nuestra geografía y nuestra inventiva a los millones de japoneses que asistirán a la Exposición Universal de Osaka en 2025? (Recomendamos más columnas de Gonzalo Robledo sobre Japón).
Esta es la pregunta que se hacen 161 países y regiones que participarán en el evento que durará seis meses, a partir de abril del año próximo, en la segunda ciudad más importante del archipiélago nipón.
Iniciadas tras la revolución industrial, a mediados del siglo XIX, las primeras exposiciones eran olimpiadas tecnológicas que mostraban por primera vez al mundo adelantos como el caucho vulcanizado, el teléfono o la corriente alterna, además de inventos transformadores de costumbres, como la cafetera, la salsa de tomate o, más recientemente, la pantalla táctil.
Una sección poco conocida, abolida hace años, exhibía nativos de países colonizados que eran invitados con el pretexto didáctico —hoy políticamente incorrecto— de mostrar a los visitantes culturas atrasadas.
Los países que se lo pueden permitir construyen edificios opulentos que a veces se enfrentan con sus más enconados rivales, como sucedió en la exposición de París de 1937, donde convivieron frente a frente el pabellón alemán con la cruz gamada nazi y el ruso con el símbolo de la hoz y el martillo.
La ostentación arquitectónica y la tecnología han dado paso a la ecología, según me explicó en una entrevista Oki Sato, diseñador del pabellón japonés para la Expo Osaka 2025.
“Para mostrar tecnología está internet y las ferias especializadas”, dice Sato, en referencia a la miríada de congresos que tienen lugar cada día en algún rincón del mundo dedicados a presentar la incesante aparición de avances tecnológicos.
Motivados por el propósito de cumplir con los Objetivos de Desarrollo Sostenible, Japón y muchos otros países construyen sus pabellones en madera, adornan con plantas y prometen reciclar todo el material una vez terminado el evento.
Para Osaka 2025, los diseñadores de los pabellones occidentales aprenden que el idioma japonés se puede leer y escribir en ambas direcciones, de derecha a izquierda y viceversa, e incluso de arriba hacia abajo, y que las reglas de composición nipona son distintas.
Mientras en Occidente la estética visual se rige por la proporción áurea (la regla rectangular de composición renacentista que domina desde la pintura hasta el cine), los japoneses tienen su propia medida, llamada la proporción de plata, basada en un cuadrado.
Con la excepción de Estados Unidos, que delega en empresas privadas el gasto de su participación, el dinero usado en los pabellones suele salir de las arcas públicas. El único barómetro del resultado es el número de visitantes que, escasos de tiempo y saturados de novedades, le ponen un precio muy alto a su atención.
* Periodista y documentalista colombiano radicado en Japón.