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Entre las versiones de la biografía del primer japonés que viajó a Colombia para quedarse, Yuzo Takeshima (1899-1970), destaca el resumen de cinco páginas en español que me hizo llegar hace años el ejecutivo de una multinacional nipona como idea para un documental. (Recomendamos más columnas de Gonzalo Robledo sobre Japón).
Se trata de una bienintencionada recopilación de elogios escrita por Sumiyoshi Shirakawa, hombre de negocios que trabajó junto a Takeshima durante doce años “de 8 de la mañana a 9 de la noche, a veces hasta medianoche”. (Aquí puede ver una exposición sobre la inmigración japonesa de la Universidad de los Andes).
La autenticidad del texto, escrito en uno de los primeros teclados digitales, está avalada por sus expresiones peculiares y una serie de errores ortográficos improbables en la época de los correctores automáticos.
Según el autor, Takeshima compró tierras para los primeros inmigrantes japoneses en “la Pampa de Kauka” (por Valle del Cauca) y durante la Segunda Guerra Mundial fue internado “como paisano del enemigo” en el campo de concentración de “Fusagasca” (por Fusagasugá).
Además de llamarlo “genio de negocio” y “genio de idiomas”, Shirakawa subraya la adoración de Takeshima por Colombia, originada en sus años universitarios cuando leyó y tradujo María, una de las más conocidas novelas latinoamericanas del siglo XIX, escrita por el autor vallecaucano de padre inglés Jorge Isaacs.
Junto a un guionista japonés buscamos argumentos que justificaran un documental para explicar una epopeya migratoria ignorada por el público televisivo nipón.
Empezamos con Takeshima seducido por las descripciones paisajísticas de Isaacs, inspiradas en los extensos terrenos de su padre terrateniente cultivados por “esclavos bien vestidos y contentos”.
Takeshima llevaría tres migraciones japonesas (en 1929, 1930 y 1935) a aquella tierra prometida donde transcurre la obra que, en su traducción al inglés lleva el subtítulo A South American Romance (Un romance sudamericano).
Además de romántico, Takeshima es descrito como un hábil empresario con un prodigioso don de gentes y una sagaz capacidad para desenvolverse en su país anfitrión.
Cuando el autor, sorprendido, le pregunta cómo logró que el Gobierno colombiano le autorizara un negocio con el recién abolido sistema de trueque (US$2 millones en café por el equivalente en radios transistores japoneses), recibe una respuesta que califica de zen: “He podido porque lo prohibieron”.
La idea del documental se quedó en eterno remojo por la aparición de un sonado caso de japoneses que, atraídos por la promesa del Gobierno nipón de ir a un “paraíso caribeño”, viajaron con sus familias a República Dominicana y se encontraron con tierras estériles que les depararon vidas miserables a ellos y sus descendientes.
Era una historia tan triste, que la epopeya de la emigración a Colombia resultó insuficiente para saciar el hambre de tragedia que las televisiones del mundo padecen.
* Periodista y documentalista colombiano radicado en Japón.