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Cuarenta años de Chernóbil: la guerra contra la radiación y, ahora, contra la invasión rusa

Un hombre cuenta cómo vivió la noche de la catástrofe nuclear y, en consecuencia, también la muerte de muchos de sus compañeros. Con su hijo desaparecido en el frente de batalla desde 2023, dice que ha vivido dos guerras: una contra la radiación y otra contra Rusia.

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25 de abril de 2026 - 04:54 p. m.
Nikolái Soloviov estaba de turno la noche del 26 de abril de 1986, cuando explotó el reactor 4 de Chernóbil. Él vio a varios de sus compañeros morir por la radiación.
Nikolái Soloviov estaba de turno la noche del 26 de abril de 1986, cuando explotó el reactor 4 de Chernóbil. Él vio a varios de sus compañeros morir por la radiación.
Foto: AFP - GENYA SAVILOV
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Nikolái Soloviov libró su “primera guerra”, contra la radiación, en 1986 en la central nuclear de Chernóbil. Cuatro décadas más tarde, “la otra guerra”, esta vez contra la invasión rusa de Ucrania, le arrebató a un hijo.

Él, aficionado al rock duro, conserva de su juventud el pelo largo, aunque ahora está canoso. La noche del peor accidente nuclear de la historia, el 26 de abril de 1986, era “mecánico de turbinas” en la unidad 2, a unos cientos de metros del reactor 4, que explotó durante una prueba.

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“Sentí como un terremoto. Las turbinas seguían girando, un ruido muy fuerte, y no oí la explosión”, describió este hombre de 67 años. Las alarmas sonaron. Entonces, se dirigió hacia el reactor número 4. De camino se cruzó con un compañero irradiado que vomitaba, con otro que transportaban en una camilla y con otro más desplomado sobre su ordenador, con la cabeza entre los brazos. Todos murieron poco después.

La magnitud de la catástrofe saltó a la vista. Vio “el cielo” a través del agujero causado por la explosión. En los pasillos, torrentes de agua emanaban de las tuberías rotas. Los bomberos intervinieron en el reactor humeante. “No dejaron que el fuego se propagara”, contó Soloviov. Casi todos esos socorristas fallecieron, quemados por la radiación.

Al amanecer habló con sus compañeros del tiempo que les quedaba de vida. “Dos semanas”, dijo uno. Nikolái Soloviov volvió a fumar un cigarro cubano. Lo había dejado cinco meses antes, pero “mejor morir joven y guapo”, bromeó.

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El día después de la explosión en Chernóbil

Su turno terminó y el equipo de día tomó el relevo. Se fue en autobús a Prípiat, la ciudad donde se alojaban los empleados, a tres kilómetros de la central.

En las calles, la gente seguía con su rutina. Lo único diferente eran los camiones que rociaban las aceras con un “detergente” espumoso. Al llegar a casa, le dijo a su mujer que se atrincherara. Durante días, las autoridades soviéticas ocultaron la catástrofe que debilitó a la Unión Soviética más de lo que ya lo estaba.

Soloviov permaneció en la central durante la “liquidación”, la construcción del primer sarcófago y, posteriormente, del segundo, dañado en 2025 por un ataque con un dron ruso. También estuvo en 1991 durante un grave incendio en la unidad 2.

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La central produjo electricidad hasta el año 2000 y desde entonces varios equipos trabajan en su interior para garantizar la seguridad. Soloviov se convirtió en ingeniero. Se quedó porque el trabajo era “interesante”, con salarios altos y “muchas vacaciones”.

En su opinión, la prueba de 1986 era “peligrosa”, pero la dirección insistió en llevarla a cabo para ganarse la simpatía de las autoridades soviéticas. Considera que “sólo la Unión Soviética” tenía los medios para llevar a cabo las operaciones de “liquidación”, en las que participaron cientos de miles de personas y otras tantas fueron evacuadas.

Soloviov vio a decenas de conocidos suyos morir de cáncer. De su equipo de noche, solo cuatro empleados, de un total de 22, siguen vivos. En 2005, un polémico informe de la ONU estimó en 4.000 el número de muertos confirmados o futuros en Rusia, Ucrania y Bielorrusia. Un año más tarde, la oenegé Greenpeace calculó que fallecieron 100.000 personas.

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Perdió a su hijo en otra guerra: la de Ucrania

Nikolái estuvo expuesto a fuertes dosis de radiación. Atribuye su supervivencia a “su buena salud”, la práctica de deporte, su carácter sereno y sus genes: “Hay que dar gracias a Dios y a mis padres”.

Vive en su casa de campo cerca de Slavútich, una ciudad fundada en 1986, a 120 km al norte de Kiev, para acoger a los desplazados.

En el museo local dedicado a Chernóbil ahora se exponen restos de drones rusos derribados. “Eso es la otra guerra”, comentó él. En la plaza central de Slavútich habla de su primera guerra “atómica” contra el veneno invisible e inodoro de la radiación.

“Aquí, la gente dice ‘antes o después de la guerra’ al referirse al 26 de abril de 1986. Y ahora se dice que ya estamos viviendo la segunda guerra de nuestra generación”, explicó.

La noche del 23 al 24 de febrero de 2022 partió hacia la central. Nunca llegó porque los dos puentes que conducían a ella estaban destruidos. El Ejército ruso tomó Chernóbil y la ocupó durante un mes.

El hijo menor de Nikolái Soloviov se alistó en las fuerzas ucranianas. En septiembre de 2023 fue dado por desaparecido en el frente. Esta desgracia dejó a Soloviov sin fuerzas para trabajar y se jubiló.

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